“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. / El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; / es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; / es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego...”. Este es un fragmento del poema sin nombre  que Jorge Luis Borges puso al final de su ensayo “Nueva refutación del tiempo”, escrito en los años 40 y antologado más tarde en el libro Otras inquisiciones (1952).

En este ensayo, entre otros preceptos, Borges argumenta que “el tiempo es como un círculo que girará infinitamente: el arco que desciende es el pasado, el que asciende es el porvenir; arriba, hay un punto indivisible que toca la tangente y es el ahora”.

Pero hay maneras de marcar el ahora, y de intentar, de manera inexpugnable, rescatar el pasado y anticipar el futuro. Son artilugios por medio de los cuales romanceamos con la idea del tiempo inabarcable: la relojería.

Del 20 al 22 de octubre tiene lugar el Salón Internacional de Alta Relojería (SIAR) México 2020, con sede en el hotel St. Regis Mexico City, donde se dan cita 36 casas manufactureras de artilugios de lujo para medir el tiempo, entre las que se encuentran A. Lange & Söhne, Piaget, Roger Dubuis, Greubel Forsey, Jacob & Co., Ulysse Nardin, Girard-Perregaux, IWC Schaffhausen, Buben & Zörweg, Laurent Ferrier y Vacheron Constantin, entre otras.

No cabe duda, el trabajo de relojería es un arte que requiere de talento, precisión, oído, redefinición constante del buen gusto y visión de mercado. Cada pieza de relojería exhibida en el primer piso del hotel en el Paseo de la Reforma es un trabajo artístico, y así lo presumen los agentes de ventas y responsables de marcas, listos desde las ocho de la mañana para mostrar las cualidades, los rasgos de autor, los caprichos irreplicables de cada uno de estos objetos del deseo, celosamente exhibidos en urnas bajo llave.

Parece increíble que dentro de estas pequeñas porciones de oro rosa, titanio, cristal de zafiro, ónix, carbón, cerámica o silicio e incrustaciones de diamantes cabe una maquinaria tan compacta, tan precisa, provocadora, capaz de condensar la paradoja: a un tiempo sobria y extravagante.

Romance del Tourbillon

“¿Qué es lo que quiere el mercado mexicano?”, se le pregunta a distintos entusiastas agentes de ventas. Las marcas deportivas son la predilección en esta geografía. Y en SIAR hay propuestas para la demanda.

“En estos momentos lo llamado sport elegance está muy de moda. Una de las características principales de esas colecciones es que tienen sistemas de cambios de correa muy rápidos. Normalmente en México el perfil del cliente es muy sport, es lo que está creciendo últimamente, con grandes complicaciones: el tourbillon, el calendario perpetuo y las esferas azules están teniendo más demanda”, compartió Juan Carlos Lainez, responsable en México de la marca suiza Vacheron Constantin, que el año pasado cumplió 265 años de operaciones.

Hay una especie de vínculo con el pasado, como si los pioneros maestros relojeros no se hubieran equivocado, pero la innovación se da con los alcances de los nuevos materiales.

Ulysse Nardin, por ejemplo, busca satisfacer a los apasionados de la mar: veleristas o buceadores, por ejemplo, con cronómetros, medidores de profundidad marítima y otros artilugios relacionados. Jacob & Co. no distingue entre alta relojería y alta joyería e incluye la mayor cantidad de complicaciones posible: piezas únicas hechas con cajas de cristal abovedado que revelan toda la maquinaria, cilindros musicales de hasta 120 notas y diamantes facetados en 188 cortes que giran junto con el mecanismo.

La casa Trilobe prescinde de las manecillas y, en cambio, usa tres anillos giratorios: para horas, minutos y segundos, en cada uno de sus relojes. Con esto, la casa propone “poner el tiempo en movimiento”.

Si hubiera que señalar una similitud en la mayoría de los diseños, esta tendría que ser la perseverancia del tourbillon, ese objeto que en el siglo pasado fuera el artilugio que evitaba las microinclinaciones por el magnetismo y la gravedad que paulatinamente alteraban la precisión de la maquinaria, pero que con la nueva tecnología han quedado obsoletos, en la mayoría de los casos, aunque no marginados dada la belleza de su presencia, siempre inquieta.

ricardo.quirogam@eleconomista.mx