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Arte e Ideas

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El falso caso de las especies extintas

Hace más o menos tres décadas, Alfredo y Carlos Cuarón, ambos sobrinos del padre de la criminología mexicana, Alfonso Quiroz Cuarón, y yo, nos adentramos en las selvas tabasqueñas para descubrir lo que entonces ya era un ecocidio: la desaparición en tales sitios del mono aullador y del venado cola blanca.

Hace más o menos tres décadas, Alfredo (hoy biólogo conservacionista) y Carlos Cuarón (hoy cineasta), ambos sobrinos del padre de la criminología mexicana, Alfonso Quiroz Cuarón, y yo, nos adentramos en las selvas tabasqueñas para descubrir lo que entonces ya era un ecocidio: la desaparición en tales sitios del mono aullador y del venado cola blanca.

En esos días Alfredo escribía una tesis sobre dichos animales y él fue quien nos invitó a que lo acompañáramos. Yo, so pretexto del viaje, conseguí que la revista México Desconocido me comprara el posible reportaje que surgiera de la aventura, mientras que Carlos tomaría las fotografías al respecto.

Nuestra manera de operar era sencilla. Llegábamos a un poblado cercano a la selva, conseguíamos a un guía local y, a la mañana siguiente, desde temprano caminábamos jungla adentro hasta antes del anochecer, ya que dormíamos en un hotel cualquiera y, al otro día, repetíamos el ejercicio en otra selva más al sur del estado.

Cierta vez en la que buscaba temas para mi reportaje, le pregunté al guía si la carne del mono aullador se come.

Sí, joven me contestó y, por cierto, es muy rica, riquísima.

¿A qué sabe? pregunté intrigado.

Tiene un regusto entre carne de puerco y carne humana.

¡Ah! exclamé con aires de suficiencia antropofágica, ya sin ganas de preguntarle cuándo y dónde se había zampado a un congénere.

Pero si quiere, joven, nomás encontremos a los monos (yo ya no sabía si así le llamaba a los simios o a los hombres), me descabecho a uno y nos lo comemos a las brasas. ¿Qué le parece?

Me parece que usted es un gourmet dije y con el rabillo del ojo alcancé a ver que Alfredo estaba furioso.

¿Un qué, joven?

Un bon vivant, alguien que sabe comer como Dios manda, un… y, mientras continuaba con mi perorata de sandeces, el rostro de Alfredo estaba por estallar, de manera que decidí escindir la conversación por lo sano : ¡Ssshhht! exclamé , ¿me pareció escuchar algo?, creo que oí un aullido.

El grupo guardó silencio y, para mi sorpresa, el guía corroboró mi mentira:

Es por allá y por allá fuimos.

Esa jornada no tuvimos suerte y, una vez en la alberca del hotel, se me acercó Alfredo para decirme el sermón de la montaña. Me increpó mis intereses culinarios y me pidió que no volviera a insinuar que tal o cual carne de un animal salvaje podría ser un gancho para atraer turismo.

Si los lugareños ven en esa comida una fuente de ingresos extra, en poco tiempo desaparecerán las dos clases de monos nativas de México: el araña y el aullador.

Durante la travesía, sin embargo, no encontramos monos aunque cierta mañana escuchamos sus aullidos a lo lejos como tampoco venados cola blanca. Vimos, sí, cómo unos lugareños cazaban a un jabalí y cómo, en venganza, un mosquito me inoculó dengue.

Una vez de regreso en el DF, Alfredo no decretó la extinción del aullador ni del cola blanca, pero sí su inminente extirpación de las selvas de Tabasco (tal como sucede con el rinoceronte negro de África, que está extirpado en algunos países, pero no extinto como especie) y yo no publiqué reportaje alguno en México Desconocido porque Carlos (que iba de mi fotógrafo) se peleó con el editor en jefe de la revista.

Desde entonces no he regresado a Tabasco, pero me imagino que, en la poca selva que se conservaba, ahora hay casas de interés social tipo las que construían o compraban a precios ridículos los hermanos Bibriesca y compañía.

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