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Arte e Ideas

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El Pilar de Saramago

Pilar del Río, esposa de José Saramago, traducía inmediatamente al español las dos páginas que cada día escribía el Nobel de Literatura 1998.

Son las cuatro de la tarde y los relojes de la casa que durante años compartieron José Saramago y Pilar del Río se detienen. Hasta los prosistas ateos tienen sus propios rituales: es la hora en que nos citamos por primera vez , escribió Saramago: detenerlo a las cuatro es como si el reloj marcara la hora en que el mundo empezó . No es gratuito: bastan dos minutos, acaso menos, enfrente de ella para darse cuenta que Pilar del Río no es cualquier mujer.

Pero sobre todo, uno se da cuenta por qué, para Saramago, no fue solo su esposa: Pilar, además de ser íntimamente mi Pilar, es también mi pilar , escribió el portugués.

Aquí en Guadalajara he saludado un montón de amigos. Nadie me ha dado el pésame; nos hemos dado las gracias , confiesa la periodista española a este reportero, inmediatamente después de que el escritor argentino Juan Gelman la saluda con afecto, y se despiden. Pilar del Río tiene 60 años pero luce jovial y bella, elegante. Hace unos meses murió el amor de su vida pero ella no siente su ausencia: a él lo veo a cada momento, en mucha gente , dice.

El ruido la distrae: aire acondicionado, un grupo de empresarios que hablan con alta voz integrado, mujeres que piden agua a una recepcionista que no atiende en el lobby sino en una zona especial en la parte más alta del lujoso hotel Hilton, de Guadalajara. Como ella prefiere hablar de cerquita a su interlocutor y en un tono más dulce, se levanta de su asiento y nos conduce a una zona menos lujosa pero más tranquila.

Ahí nos confiesa: No me encuentro un sujeto digno de atención particular para decir qué fue para mí Saramago pero sí puedo generalizar: tenemos una gran suerte de haber sido contemporáneos de Saramago , dice.

Como de película

Próximamente se estrenará el documental José y Pilar coproducido por Fernando Meirelles y Pedro Almodóvar. En ella se relata el proceso de escritura de una de las últimas novelas de Saramago, El viaje del elefante (2008), que trata sobre un paquidermo que recorre toda Europa para ir a Viena, en donde es espectáculo tres días y cuando muere dos años después, en el abandono total, le cortan las patas para hacer paragüeros y con los huesos de sus caderas unas sillas.

Qué triste fin para unas patas que han cruzado los Alpes, decía Saramago. A él le parecía que era una metáfora de nuestra vida: si no la vamos llenado de sentido es absurda .

Sus novelas y su vida ya han dado material de película. Pero la historia de cómo se conocieron también podría filmarse: Yo lo conocí porque me habían gustado sus libros y fui a agradecérselo porque soy una persona educada y agradezco los libros que me enriquecen, que me hacen ser mejor. Yo había leído Memorial del convento y El año de la muerte de Ricardo Reis, que eran los libros que se habían editado en español. Me le acerqué un poco temblando y le di las gracias. El me dijo: de nada. Cómo fue para él este encuentro, de alguna manera está descrito en La balsa de piedra .

Pero Saramago no la soltó y la invitó a salir: Fuimos a leer unos poemas a la tumba de Pessoa . Aquella cita se dio el 14 de junio de 1986. La fecha la recuerda porque, después de la muerte de Saramago, ella colaboró con el poeta Fernando Gómez Aguilera y la Fundación César Manrique facilitándoles materiales para la exposición titulada La consistencia de los sueños, que cuenta también con formato libro editado por Alfaguara.

En aquel proceso, ella tomó la agenda de su marido de 1986, y encontró una flor marchita que indicaba la fecha en que se conocieron. El 24 aniversario de que nos conocimos los celebramos tres días antes de su muerte , platica.

Escritura a dos idiomas

Es de todos conocido que la simultaneidad con la que se publicaban las novedades del autor tanto en portugués como en español, se debe a que Saramago tenía en su mujer a su traductor personal: la diferencia con cualquier otra traducción es que sé lo que él pensaba , dice Del Río.

Saramago nunca escribía más de dos páginas por día; decía que ahí se agotaba su capacidad, aunque aparte escribía en el blog y escribía muchísimo en correspondencia: tenía empeño en contestar todas las cartas que recibía. El se levantaba y leía los periódicos tranquilamente. Su tiempo de trabajo literario era por la tarde y por la noche. Como salíamos poco de casa, hacíamos cosas tan anodinas y tan normales como ver la televisión o leer o charlar o recibir amigos , relata.

Las dos páginas que cada día escribía me las daba y yo las traducía al español. Luego, al día siguiente, él corregía algo y yo tenía que rectificar lo corregido por él en portugués. Era un trabajo en simultáneo, el de la escritura y el de la traducción; de tal manera que él acaba de escribir un libro, por ejemplo El viaje del elefante a las cuatro de la tarde y yo a las ocho ya lo tenía traducido .

Solo interferí dos veces en su escritura: una para decirle que un contestador automático no puede sonar si no hay luz, porque él nunca había puesto un contestador automático, y otra con una palabra en [Espacio de no separación] La caverna: el terminaba con la palabra portuguesa 'billete', que para nosotros es 'entrada', y yo le dije: 'billete también significa entrada pero a mi no me gusta porque parece que se habla de dinero: voy a poner entrada'. Y él me contestó: 'me gusta más, lo voy a cambiar yo también'. Esa es mi gran aportación a la obra de Saramago , comparte Pilar.

aflores@eleconomista.com.mx

 

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