Durante la infancia viví muchas tardes con mi abuela paterna, doña Pepita, maestra de escuela y aristócrata gallega desheredada por su familia a virtud de haberse fugado con un rojo, mi abuelo Marcial, a la postre, jefe de carabineros en Galicia en aquella lejana guerra civil en la que Francisco Franco se hizo dictador de España.

Mi abuela, pese a que su amor por mi abuelo había logrado vencer a la educación católica, apostólica y romana recibida en casa, nunca abandonó la devoción por el cruzado y la certeza del más allá. Así, con la creencia de hacerse de un lugar en el cielo, quería un nieto cura, al que le contaba la vida y milagros de Santiago de Compostela, al que con la complicidad de mi madre y la débil oposición de mi padre lo sedujo para que hiciera la primera comunión, instruyéndolo de una y mil maneras para el sacerdocio.

Ya de niño, ya de adolescente, tuve varias crisis de fe. Aunque en realidad nunca entendí por qué Dios era Dios y, nosotros, su creación. Qué azar misterioso distribuía de forma arbitraria los poderes celestiales y terrenales. Y me entraba la duda y el miedo de que mis pensamientos fueran las mismas razones del diablo que, por cuestionarse éstas y otras preguntas, fue condenado a los más terribles tormentos. En resumen, sentía que Dios era un dictador peor que Franco, cuando éste representaba la idea del mal tanto en la casa como en el colegio.

Ya en la universidad, cursando la carrera de Filosofía y con varios amigos novicios de la orden dominica, me di a la tarea de estudiar a fondo las teologías de San Agustín, San Anselmo y Santo Tomás de Aquino, en especial sus pruebas sobre la existencia de Dios. Sin embargo, todas esas tentativas requieren de una fe previa para dejarse seducir con su retórica que, en el universo de las sensaciones, funciona igual que la literatura: dan placer (Borges escribió que no hay mayor placer que el del pensamiento) y no se sabe por qué, pero si el lector no sufre dogmas y prejuicios, siempre tendrá la convicción de que la sustancia gozosa que lo envuelve proviene del ámbito de la ficción, no de la epifanía.

Tales preámbulos son necesarios para contar la anécdota de un viejo amigo, Fernando Sampietro (Sam Pietro para temas teologales), que se suicidó antes de llegar a la edad de Cristo y que hace muchos años filmó, con una cámara Súper 8, un corto en el que se demuestra la existencia de Dios, material cinematográfico que junto con otros muchos filmes de su autoría hoy se encuentra perdido (o escondido, dicen las malas lenguas) quién sabe dónde.

El guión de aquel corto es más bien sencillo y un antecedente a lo que 20 años después se conocería como reality show. En la parte de atrás del Club Asturiano de Tlalpan, en el pequeño parque que hay entre los campos de futbol El Molinón y El Campín, Sam Pietro encendió su cámara, puso a rodar la cinta y él se colocó frente al lente, de cuerpo entero, para decir:

Si Dios existe, que me parta un rayo antes de fumarme un cigarrillo.

Acto seguido, Sam Pietro, nervioso, sacó una cajetilla de cigarros Del Prado y unos fósforos. Intentó prender un cerillo, pero el temblor de las manos se lo impidió; hizo lo propio con otro y nada. Al tercer intento logró por fin el fuego y, justo cuando encendía el cigarrillo, se escuchó un tremendo trueno en lo alto del cielo. Sam Pietro no pudo reprimir un gesto de pánico, aunque, hay que reconocerlo, aguantó a pie firme la posible ira del Todopoderoso y, con gran rapidez y atropelladamente, se fumó el cigarrillo, logrando además de salir vivo de la temeraria apuesta, la única prueba irrefutable y nada milagrosa de que Dios existe.

Ni así me convertí en cura.