Lectura 5:00 min
Dime qué estás leyendo Y te diré lo que tienes que decir
Si es inevitable contestar a la pregunta, no hay manera de cambiar de tema o, de plano, tienes ganas de entrar en una discusión libresca o literaria hay que considerar un par de cosas.
Para empezar hay que hacer una precisión. Si es inevitable contestar a la pregunta, no hay manera de cambiar de tema o, de plano, tienes muchas ganas de entrar en una discusión libresca o literaria hay que considerar un par de cosas, por lo menos.
La primera: si realmente estás leyendo algo, no hay nada más sencillo que hablar con la verdad. (Te atrapó el libro de cómo no morir en el intento siendo una persona deleznable, la última de Corín Tellado, el Libro Vaquero, cómo ser millonario).
También puedes inventar que has regresado siempre regresado, por favor a una etapa en la que te ha dado por releer a los clásicos y la pasas alternando entre El Quijote y La Guerra y la Paz o, de plano después de una asesoría perfecta, por favor , aprenderte el título con su consabido autor de los libros más recientes de los escritores en boga o las obras básicas del último Premio Cervantes, el Nobel, el de Lenguas Romances o los que reseña la revista Letras Libres. Si no, se pueden revisar los apuntes de Español de Secundaria o escurrir el bulto grácilmente. Aunque también la improvisación y la fuga son un arte, sin duda.
Pero el hecho es que desde Sócrates la pregunta y la respuesta han sido un recurso innegable para ascender al conocimiento. Su método era sencillo y eficaz. El griego inventor de la dialéctica, precursor de uno de los pensamientos éticos forjadores de toda la filosofía solía conversar con otros pensadores, artistas, poetas y sabios, fingiendo saber poco o nada y cuando platicaba con la gente lo preguntaba todo. Solamente así, sus errores y aciertos, sus bondades y maldades, su desdicha o su grandeza salían a la luz. Y por añadidura, provocaba que ellos mismos lo descubrieran. Habla para que yo te vea , era una de sus frases favoritas del filósofo (y una verdad pocas veces superada).
A lo largo de la Historia pasando de la filosofía a la ciencia, de las altas letras al periodismo más puro y después al libelo y al chisme, cómo no, los cuestionarios han sido el termómetro y el método para conocer a las personas. Cuenta la leyenda que en 1892 Marcel Proust se prestó a responder a su amiga Antoinette Faure una suerte de encuesta personal. Con el tiempo, pasó a llamarse Cuestionario de Proust y se ha utilizado mucho para que muy distintos personajes se autodefinan. De su origen y particularidades se ha dicho mucho. Incluso se han cambiado las preguntas. Los más leídos léase los mejor entendidos aseguran que la semilla de El Cuestionario de Proust se halla en el libro de André Maurois, Proust: Retrato de un genio pero, en realidad, nadie sabe.
Varias opiniones coinciden, sin embargo, en que Proust lo respondió por primera vez a los 13 años y volvió a repetirlo siete años después con algunas preguntas cambiadas. El test era un divertimento en los elitistas salones del París del siglo XIX y hoy circula en diferentes versiones. Las preguntas y respuestas a ese primer cuestionario fueron las siguientes:
¿Cuál es, para usted, el colmo de la desdicha?
Estar separado de mamá.
¿Su idea de la felicidad completa?
Vivir cerca de todos aquellos que amo, con los encantos de la naturaleza, una cantidad de libros y partituras y, no lejos, un teatro francés.
¿Cuál es su personaje histórico favorito?
Un término medio entre Sócrates, Pericles, Mahoma, Musset, Plinio El Joven y Agustín Thierry.
¿Sus heroínas favoritas en la vida real?
Una mujer genial que lleve la existencia de una mujer corriente.
¿Su músico favorito?
Mozart.
¿La cualidad que prefiere en un hombre?
La inteligencia, el sentido moral.
¿Quién le habría gustado ser?
Puesto que no tengo que plantearme la cuestión, prefiero no resolverla. Sin embargo, me habría gustado mucho ser Plinio El Joven.
¿El rasgo principal de su carácter?
La necesidad de que me amen y, para precisar, la necesidad de que me acaricien y consientan mucho más que la necesidad de que me admiren.
¿La cualidad que desearía en un hombre?
Los encantos femeninos.
¿Su ocupación preferida?
Amar.
¿Sus poetas favoritos?
Baudelaire y Alfred de Vigny.
¿Cómo le gustaría morir?
Mejor y amado.
En este punto de la lectura que está usted realizando ahora, la tranquilidad puede inundar su alma y aliviar a los que atormentan cuando alguien les pregunta por sus libros y lecturas. Piense que todo fuera como eso. Nadie, últimamente, ha puesto a nadie a responder a nadie el Cuestionario de Proust . Y mire que es mejor saber algunas de las preguntas que todas las respuestas.
BVC