Si usted es de los que se suma a los escarnios públicos cuando una persona es expuesta en las redes sociales, ya sea un funcionario público que se lo merece ; un prepotente empresario (#Lordmelapelas); el tema de Arne, el city manager; o Ninel Conde hablando de surimis, vale la pena leer este libro de Jon Ronson, que nos hará reflexionar sobre lo correcto e incorrecto de estos castigos ejemplares .

Corría el 2012, cuando Ronson descubrió que alguien en Twitter había usurpado su identidad. Poco después, descubre que fue parte de un experimento de un profesor de la Universidad de Warwick: se había creado un spambot (o infomorfo) que usaba información de la red y la reconvertía bajo la identidad de Jon Ronson. Sea lo que fuera, Jon se sentía incómodo, pero no conseguía que el académico eliminara a su otro yo, hasta que Ronson consiguió entrevistar a dicho profesor y lo expuso en Youtube, en donde el usurpador recibió decenas y decenas de insultos. Se había hecho justicia.

Lo que Ronson relata en su libro nos recuerda al reciente caso de #Lordmelapelas, cuando el 11 de febrero, el city mánager de la delegación Miguel Hidalgo, Arne Aus den Ruthen , transmitió por Periscope un operativo para retirar vehículos que se encontraban en la banqueta de la avenida Reforma y se enfrentó a la negligencia de los agentes policiales que lo acompañaban y a la prepotencia del empresario Raúl Libien. Muchos se sintieron bien exponiendo e insultando a #Lordmelapelas.

También Ronson se sintió bien al hacer lo que hizo: la turba iracunda lo había secundado y había cumplido su cometido de retirar a su spambot de la red; sin embargo, conforme a Ronson encuentro otros casos de escarnio público en los que gracias a las redes sociales se exponen casos de delitos, plagios o escándalos: va descubriendo que ese mundo virtual no es realmente un espacio de democracia y justicia; de hecho, Ronson explora y compara este fenómeno con los actos de escarnio público del siglo XVIII, y se pregunta por qué dejaron de hacerse.

Lo que Ronson descubre es que esa práctica de exponer y humillar a supuestos infractores se volvía un acto brutal que se alejaba de la justicia y el trato digno que todos merecemos.

Los casos que Ronson examina nos hacen ver, más allá de toda justicia, que los resultados de estos actos no nos alejan de esas prácticas brutales donde se pisoteaban los derechos de los condenados.