Noviembre no es un mes de salidas y paseos. Del entretenimiento y las diversiones bajo techo, sí, y desde hace mucho. Inaugurando la tradición de convertir a noviembre es el mes de los espectáculos, hay importante antecedente: María Conesa, la Gatita blanca, estrenó su primera zarzuela en noviembre de 1907 en el flamante Teatro Nacional, que había sido reinagurado también en noviembre, después de haber sido el Teatro Imperial de Maximiliano. Aquel recinto se convirtió en el lugar al que acudir durante muchos años, ofreciendo al público de la Ciudad de México desde tandas, zarzuelas y teatrales diversiones hasta películas, cuando el cine, un nuevo y moderno invento, se convirtió en espectáculo favorito. Muy pronto el llamado séptimo arte tendría un papel protagónico en el gusto, el entretenimiento y la educación sentimental del público mexicano.

De la literatura, ni hablar. Nosotros nunca hemos sido como los rusos. No tenemos tal sentido del decoro. Cuando Ana Karenina, de la novela de León Tolstói —adúltera por excelencia, heroína de los sueños más largamente acariciados por todas aquellas que se sienten encarceladas— le dice a su marido la triste verdad de su adulterio, lo primero que se le ocurre hacer a Alexis Alexandrovich Karenin es empezar a hablarle a su mujer en francés, idioma que indicaba lejanía. Al final de la tragedia, Ana, vestida de pieles y con manguito como Greta Garbo en la película, camina por una estación —digna, lenta— y se tira al tren que va pasando. El marido engañado —lo hemos odiado durante toda la novela— sufre mucho, pero, sin duda y para muchos, la afrenta recibida por su infiel esposa, bien valía un suicidio.

Con el marido de Emma Bovary —adúltera francesa, hija de Flaubert, de temperamento más caliente— no sucede lo mismo. Desde la primera página nos queda bien claro que es idiota desde sus años de escuela, que no cambiará nunca, que usa gorrita y no pasará de ser un médico de pueblo. Mientras, Emma sueña con asistir a los bailes de corsé y guantes, se escapa a la mitad de la noche en camisón, corre a través del bosque para verse con su amante y miente cada dos párrafos. Esta pecadora, para acabar con su vida, elige el arsénico. Se escurre a la botica del vecino y muere entre líquido, aullidos y estertores indecorosos en la cama de su casa, en una de las mejores escenas escritas que hayan salido de pluma alguna.

Varias lecciones extrajeron los lectores de ambos libros: el que la hace la paga, no hay placer sin sufrimiento, no hay asunto que nos interese más que el que tiene que ver con el matrimonio del amor y la muerte, detestamos a las víctimas y no hay mejor manera de fijar ojos que estar mirando como se cocina un engaño.

Pero pasó el tiempo y las lecciones de los grandes clásicos de la literatura fueron sustituidas cuando el público mucho tiempo miró la vida a través de la gran lupa del también clásico, melodrama del cine de oro mexicano.

Nosotros preferimos el honor al decoro. Piénselo.

Usted es un hombre de bien que, gracias a su esfuerzo y vocación para el trabajo, ha logrado formar y mantener una familia. Después de 13 años de matrimonio, su mujer —a la que nota más delgada, se ha cortado el pelo y ahora cocina puras carnes frías— se sienta una noche en la sala y le dice que lo está engañando con su mejor amigo. Usted, que no sabe hablar francés, para restaurar su dignidad herida, no podría hacer más que alguna de estas cosas:

A) Llorar a gritos, riéndose a veces, como cuando Pedro Infante llora por su hijo quemado en Pepe el Toro.

B) Decir que no tiene la menor importancia, ya que usted lleva 15 años de feliz amasiato con su secretaria, la Chaparrita.

C) Ir a buscar a su exmejor amigo para sacarle los ojos con una pistola en la mano.

D) Replicar algo así como “deja de decir estupideces y tráeme mis puros”.

E) Cambiar de domicilio al rincón de una cantina.

Pero la vida es otra, no tan ideal. Lo más probable es que hubiera algunos gritos leves, llanto, una larga conversación freudiana sobre en qué hemos fallado y qué fue lo que nos pasó y en el último de los casos tal vez el perdón, o el divorcio.

Hace mucho que entendimos que por más que uno quiera ser Arturo de Córdova ya no hay mujeres como María Félix, arrodilladas como diosas pidiendo golpes de amor. Nuestras reacciones ya no abrevan de la más melodramática película mexicana por más que muchas veces usted hubiera querido lanzar el dramático grito de “¿qué voy a hacer con mi vida?” como Columba Domínguez en La Malquerida? ¿Cuántas otras, lector querido, ha querido usted agarrar de la solapa a su hijo —ese genio de 21 años que no puede terminar la preparatoria— y darle una buena zarandeada como la que le acomoda Fernando Soler a Pedro Infante en La oveja negra? ¿No es verdad que a veces preferiría que su mujer tuviera el cuerpo de Dolores del Río, la chispa de Ninón Sevilla, la languidez de Andrea Palma y la simpatía de Vitola?, ¿tener tres hijos que se apellidaran García y una abuelita como Sara, la del chocolate?

Como eso no sucede, no sucederá nunca, quizá habremos de elevar nuestra baja pasión a una categoría siquiera la mitad de intensa que la película Azhares para tu boda. Porque si nuestra vida fuera una película mexicana y no esta real y cotidiana tragedia, el castigo no vendría envuelto en un sobre del SAT, encontraríamos de inmediato el recibo de la luz perdido, cruzaríamos los llanos a caballo en vez de embotellarnos en el segundo piso del Periférico, y con un trío le llevaríamos serenata a la perfecta víctima de nuestra propia conciencia.

Ya no tenemos amigos para cantar a dúo “¿Qué te ha dado esa mujer?”. Todo se parece menos a sí mismo y mucho más a su caricatura. Así que la próxima vez que lo ataque esa sensación que debería parecerse más a la tristeza y es igualita al fastidio, haga un drama. Grite, lance frases cáusticas, azote las puertas, suba corriendo las escaleras, mire directamente a los ojos a sus enemigos, bese los zapatos de la dueña de su corazón y prométale a su mamacita que ahora sí le va a construir su casa. Y ya para entretenerse este mes de noviembre, intente mirar o vuelva a ver, aquellas cintas clásicas del cine mexicano que hoy ya son como el histórico museo de nuestros sentimientos.

Después de ello se dará cuenta que llorar no es privativo de las películas de Ismael Rodríguez. Además de un alivio, un acto exhibicionista, un mojado instante de descontrol, las lágrimas son una sencilla manera de enfrentar las pequeñas desgracias de este mundo. Muy bien lo supo Marga López, esa adorable enemiga que todos llevamos dentro.