Lectura 5:00 min
Cuando Hannah Arendt me explicó qué onda (I)
Hacía falta un corazón inhumano para considerar que ese asesino no era un monstruo. O no. Quizá hacía falta una mente brillante para ver entre las grietas de la superioridad moral israelí y entender.
¿Entender, qué? Que no hacía falta exculpar a Eichmann para desentrañar la verdadera naturaleza de los pecados del régimen nazi, para entender que la maldad más absoluta requiere de personas que entreguen su capacidad de pensar a los poderes.
Recuerdo la primera vez que leí sobre Adolf Eichmann. Como tantas veces en mi infancia, fue en un artículo del Selecciones del Readers Digest.
Yo atrapé a Eichmann , algo así se llamaba el Gran Reportaje de ese mes. Lo narraba un miembro del equipo del Mossad que capturó a Eichmann en Argentina. Para precisar, el tipo que tackleó a Eichmann para meterlo en una vagoneta y llevarlo a Israel: el agente Peter Malkin, autor del libro Eichmann in my hands.
El artículo era emocionante, digno de Misión Imposible. Un apartado contaba los crímenes terribles de los que el exnazi Eichmann era responsable. El principal organizador de la Solución Final, su deber era asegurarse de que los trenes llenos de gente llegaran sin falla a mataderos con nombres de antibiótico: Auschwitz, Treblinka, Sobibor.
No recuerdo con claridad el texto, pero estas tres escenas no se me olvidarán nunca:
1. Eichmann en Argentina con su hijo menor. Un tren pasa cerca de su casa y Eichmann le señala los vagones al niño. Los trenes, siempre tus trenes , piensa Malkin mientras observa con binoculares.
2. Malkin le lleva comida a Eichmann, ya prisionero. Resulta que Eichmann sabe algo de hebreo y quiere charlar. Malkin pregunta: Abba, imah, ¿reconoce estas palabras? . Eichmann niega. Malkin: Así gritan los niños judíos cuando los separan de sus padres.
Seguro las oyó muchas veces afuera de los campos . Eichmann calla conmovido, para sorpresa del agente.
3. Un fragmento tomado del diario de guerra de Eichmann: frente a una fosa recién cavada, una madre que no quiere soltar a su bebé. De un solo tiro Eichmann los mata a ambos. Los sesos del niño ensuciaron mi abrigo .
No sé si los sucesos aparecían en este orden dentro del artículo pero se me quedaron grabados así. Un padre de familia que alguna vez, sin mayor conmoción, se limpió los sesos de un niño de la ropa. Ése fue Adolf Eichmann: un monstruo.
Mi mente de niña, asqueada y curiosa morbosa , no lo entendía. Los monstruos no juegan con sus hijos ni quieren charlar. Los monstruos matan porque aman el mal y no paran hasta que un héroe los detiene.
Había una foto de Eichmann en su uniforme de la SS. La visera de la gorra me gustaba: recién pulida, enmarcaba la mirada de un impaciente que no tiene tiempo para fotos. Incluso en esa imagen tomada cuando, ya sabía yo, el desgraciado mataba niños , el hombre no me asustaba. Los asesinos seriales, como Jeffrey Dahmer, ésos sí que dan miedo. ¿Un soldado de gorrita? Pffft.
(Me acordé de esto cuando el escándalo por la portada de agosto de la Rolling Stone: un retrato de Dzhokhar Tsarnaev, el terrorista del maratón de Boston. Tsarnaev es un chavo guapo de pañuelo al cuello. Los criminales casi nunca se ven como criminales y esa foto sacada de Facebook lo demuestra).
No recuerdo más de Yo atrapé a Eichmann . Obviamente, Malkin se consideraba héroe a sí mismo y a sus compañeros del Mossad. A Hitler ya no lo podían agarrar, pero Eichmann era un buen sustituto para hacerle justicia a 5 millones de víctimas.
El Estado de Israel condenó a Eichmann a muerte; por supuesto, no sin antes someterlo a un juicio de reality show. Eichmann, dentro de una jaula de cristal, contestaba acusaciones incontestables. Usaba jerga burocrática: La orden 3, fracción C, por el artículo 12-22, me ordenaba llenar trenes. Mi trabajo era llenar trenes y asegurarme de que llegaran a su destino , como si no comprendiera las acusaciones en su contra.
Tenía gripa, como se ve en los videos del juicio. Un empleado de gobierno que se suena la nariz: Eichmann se ve estúpido y ligeramente repulsivo, el tipo de anciano que lee fotonovelas pornográficas tomándose un Nescafé.
El mundo entero vio ese juicio. Nadie estaba del lado de Eichmann (los que protestaron en contra de la ilegalidad de secuestrar sujetos y sacarlos de su país de residencia no cuentan: una cosa es una cosa). Así como tu espada degolló mujeres, así tu madre será degollada , escribió el premier israelí a la esposa de Eichmann cuando ésta pidió clemencia, porque nada mejor que la justicia bíblica para capturar el momento.
Hacía falta un corazón inhumano para considerar que ese asesino, por poco impresionante que se viera, no era un monstruo.
O no. Quizá hacía falta una mente brillante para ver entre las grietas de la superioridad moral israelí y entender.
¿Entender, qué? Que no hacía falta exculpar a Eichmann para desentrañar la verdadera naturaleza de los pecados del régimen nazi, para entender que la maldad más absoluta requiere de personas que entreguen su capacidad de pensar a los poderes que les rodean.
Eso no lo hacen los monstruos bíblicos. Eso lo hace gente común todos los días.
Y la que se dio cuenta de ello, viendo en Jerusalén el juicio de Eichmann, fue Hannah Arendt.
Hannah Arendt me explicó qué onda.
concepcion.moreno@eleconomista.mx