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Capital mental: Lo irracional de la economía y el cerebro
Investigaciones recientes demuestran que en procesos de decisión complejos, la habilidad para sintonizar el pensamiento y las emociones de manera equilibrada aumenta la probabilidad de éxito. La razón y la pasión no son fenómenos mentales contrapuestos

"La ideología económica ha justificado y sustentado la tendencia hacia el egoísmo y el hiperindividualismo en las sociedades avanzadas".
Bianca Jagger, 2008
Si a mediados del siglo XIX el historiador inglés Thomas Carlyle, apasionado defensor del esclavismo, escribió que la economía era una ciencia sombría/deprimente (dismal science), en tiempos recientes sobran quienes argumentan que esta disciplina ha servido fundamentalmente para hacer más opulentas a la minorías a expensas de la miseria y desesperación de las mayorías.
Hace tan sólo una década las neurociencias incursionaron en los terrenos de la economía, aportando hipótesis y evidencias basadas en la biología, la psicología y la psiquiatría. El resultado ha sido una nueva ciencia: la neuroeconomía .
El interés que está generando es impresionante, entre otros motivos, porque ha puesto en duda algunas ideas sobre el quehacer económico que parecían inamovibles.
¿Acaso no se supone que debemos mantener siempre una actitud objetiva, racional y calculadora a la hora de decidir nuestros asuntos económicos más importantes?
Sin embargo, en estudios de imágenes cerebrales con tecnología sofisticada (resonancia magnética funcional, tomografía por emisión de positrones) de personas que parecen vacías emocionalmente, a menudo se han observado alteraciones en la estructura anatómica o en el funcionamiento de su corteza prefrontal. El origen de estas lesiones o trastornos puede ser variable y sirve para explicar su incapacidad para conjugar los sentimientos con los pensamientos.
Investigaciones recientes demuestran que en procesos de decisión complejos, la habilidad para sintonizar el pensamiento y las emociones de manera equilibrada aumenta la probabilidad de éxito. La razón y la pasión no son fenómenos mentales contrapuestos dado que normalmente están integrados en el cerebro humano.
Por otra parte, la neuroética ha planteado algunas preguntas inquietantes. ¿Qué tan legítimo resulta la utilización de tecnologías neurocientíficas para descifrar nuestra mente a la hora de decidir qué nos gusta y cuáles son los resortes motivacionales de una acción determinada? Evidentemente, la pregunta tiene implicaciones filosóficas, jurídicas, económicas y políticas. El asunto tiene también tintes futuristas al conjurar imágenes de espionaje y control social ante la posibilidad de leer la mente de cualquier individuo.
En realidad esto no es posible en la actualidad, aún cuando ya puedan estudiarse ciertas funciones y características del órgano cerebral, que no de la mente. Mientras que la privacidad de la consciencia, de la que dependen el conocimiento, la memoria, el razonamiento y la toma de decisiones, siga fuera del escrutino tecnológico, la decodificación mental será muy improbable, excepto en Hollywood.
En experimentos en los que hay que tomar decisiones poniendo a prueba el egoísmo o la generosidad, se ha visto que generalmente, la mayoría de la gente siente disgusto cuando se da cuenta que está siendo tratada injustamente e incluso prefiere decidir en contra de sus propios intereses económicos y de una supuesta racionalidad, con tal de manifestar su indignación ante el abuso. Estas reacciones emotivas se reflejan claramente mediante la activación de las regiones dorsolaterales de la corteza cerebral en condiciones de desaprobación moral.
Con este tipo de estudios los neurocientíficos demuestran que la economía no puede, ni debe, ser una disciplina promotora de inequidad social, puesto que el cerebro está diseñado para seguir evolucionando hacia el equilibrio, la justicia y la supervivencia.