Los bebés en la casa hogar seguían muriendo de forma misteriosa y nadie sabía por qué.

Las autoridades sanitarias se habían asegurado de que el grupo de recién nacidos y lactantes tuviera alimentación nutritiva, ropa limpia, aseo diario y cuidados médicos de rutina; sin embargo, las cifras de mortalidad eran altísimas y poco faltó para que la Directora accediera a la insistente solicitud de algunas empleadas para que fueran a hacerles una limpia.

Incluso en los oscuros pasillos de la casona corría la voz de que un manto diabólico había sido tendido sobre aquellas pobres criaturas abandonadas por sus propias madres.

Corría la década de los años 30 del siglo XX cuando llegó a México, por vez primera, René Spitz -psiquiatra y psicoanalista estadounidense de origen judío vienés. Su objetivo científico era estudiar la alarmante mortalidad infantil registrada en la Casa Cuna de Coyoacán, donde iban a dar hijos de madres solteras y mujeres pobres sin familia. Aun cuando el perspicaz observador, discípulo de Freud, sabía de antemano que nada sobrenatural estaba ocurriendo, no le fue nada fácil convencer a las autoridades sobre su hipótesis acerca del origen de las muertes. A pesar de la buena alimentación, la higiene y los medicamentos disponibles, lo que encontró fue un problema mayúsculo de salud mental que hasta el momento nadie había advertido. Spitz creó el concepto de depresión anaclítica referido a los estragos por la privación emocional temprana. Este observador clínico indicó que cuando el ser humano -en las primeras etapas de vida- pierde o carece de la presencia íntima de otro ser humano adulto capaz y dispuesto a brindarle todo el amor, la alegría y la confianza necesarios, sufrirá intensa y duraderamente.

Al principio, sobreviene la fuga del alma en la cual el bebé deprimido va distanciándose de su entorno. Si las cosas no cambian, pronto dejará de responder a estímulos normales; no comerá y tampoco llorará cuando sienta hambre, frío, calor o dolor. Al irse desconectando, su expresión emocional se apagará en medio de una inquietante indiferencia hacia todo y hacia todos. Al final, el bebé -con una salud física aparentemente buena- muere por la depresión.

Hoy, la ciencia está mostrándonos algunas evidencias. Recientemente, la revista Molecular Psychiatry publicó una investigación realizada por un prestigiado hospital de Boston con 100 niños sin padres en Rumania. La mitad, cuyas edades fluctuaban entre los seis meses y los tres años, estaba viviendo en instituciones públicas y, la otra mitad, en hogares sustitutos.

Cuando los niños cumplieron entre seis y 10 años, los investigadores observaron detalladamente el núcleo de sus células. Los que habían estado institucionalizados tenían cromosomas con alteraciones significativas (acortamiento de telómeros), en comparación con quienes habían sido adoptados. Pero además dicha diferencia en la estructura de los cromosomas resultó proporcional al tiempo vivido en la institución antes de los cinco años de edad.

Aun cuando quedan algunas dudas, está claro que la adversidad y el desamparo emocional son capaces de poner en peligro nuestra vida al dañar la salud mental.