Más allá de hablar de una enfermedad que puede llevar a la muerte, el cáncer cervicouterino se considera un indicador de pobreza, inequidad social y de género, “es un problema social muy serio”, aseguró la doctora Patricia Ortega González, jefa del Laboratorio de Citopatología del Hospital General de León, de la Secretaría de Salud, en el marco del Día Nacional del Cáncer Cervicouterino, que se celebró el pasado fin de semana.

Esto se explica porque el cáncer cervicouterino es un padecimiento prevenible, “en teoría, ninguna mujer debe morir por ello”, señala la especialista; hay países del primer mundo donde este tipo de cáncer pasó al séptimo lugar, mientras que en países de Latinoamérica o África todavía es el segundo cáncer con mayor prevalencia, en muchos casos, relacionado con el número uno, que es el cáncer de mama.

Incluso, está comprobado en trabajos científicos que las comunidades más aisladas, con menos desarrollo económico, social y cultural son las zonas donde tenemos un mayor índice de cáncer cervicouterino. Para México, es hablar del sur del país, pero curiosamente en la zona de Tijuana y el norte en general ha repuntado mucho este tipo de cáncer, en muchos casos, relacionados con el tema de la migración, “es un fenómeno interesante y digno de análisis”.

En México, desde el 2006 representa la segunda causa de muerte por cáncer en la mujer, donde la tasa anual de incidencia es de 23.3 casos por cada 100,000 mujeres, afectando principalmente a mujeres de 49 a 59 años. De acuerdo con Globocan, el observatorio global del cáncer de la Organización Mundial de la Salud, durante el 2018 en México se registraron 7,869 casos.

“Hablamos de falta de recursos, servicios de salud accesibles, pero sobre todo educación a la mujer”, confirmó la doctora Ortega González, ya que esta neoplasia tiene una cualidad muy importante, la causa necesaria para tenerlo es el contagio del virus de papiloma humano (VPH), que es una enfermedad de transmisión sexual.

El segundo punto para su desarrollo, y no menos importante, es que para que este virus logre hacer un cáncer que haga que una paciente muera, necesitamos entre 20 y 30 años, lo que nos debería permitir una serie de medidas de prevención primaria y secundaria que permitan controlar la enfermedad en 100% de los casos.

En México, la Secretaría de Salud ha diseñado e implementado desde 1976 el Programa de Prevención y Control del Cáncer Cervicouterino, dentro del cual se encuentra el tamizaje con pruebas de biología molecular para VPH de alto riesgo y citología cervical a mujeres con resultado positivo a prueba de VPH, y pruebas de colposcopia a mujeres con citología anormal.

Aunque México es uno de los pioneros en utilizar pruebas de alta tecnología, y que desde el 2008 está integrada en su panel de pruebas para prevenir esta enfermedad, ventaja que se podría aprovechar, aún tenemos altos índices de esta enfermedad.

En entrevista con El Economista, la especialista compartió que la política pública al respecto ha logrado cosas muy positivas; sin embargo, no ha sido posible que el programa tenga resultados suficientes. “Hoy, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud, sólo una de cada dos mujeres entre 25 y 64 años se realiza la prueba. Uno de los problemas más importantes es la cobertura, actualmente estamos en 60%, para que un programa se pueda decir exitoso, se requiere de 80 por ciento”.

Por lo anterior, la doctora Ortega González aseguró que el mensaje en el día del cáncer cervicouterino fue claro: “Difundir entre todas las mujeres mexicanas este recurso que se tiene disponible para detectar a tiempo”.

Afirmó que es una pena que los reactivos se echen a perder porque las mujeres no acuden a los distintos servicios de salud, ya sea por falta de recursos, pena, tabúes de la sociedad, entre otros. “Sabemos que la salud de la mujer no es una prioridad en los hogares mexicanos, ésta se deja al último, ciertamente no es fácil cambiar el panorama; en paralelo no ha habido una suficiente difusión del problema”.

La prueba

De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud, el tamizaje, seguido del tratamiento de las lesiones precancerosas identificadas, es una estrategia costo-efectiva de prevención.

El tamizaje ayuda a disminuir la incidencia y mortalidad, y debe realizarse en mujeres de entre 25 a 64 años para identificar oportunamente lesiones precancerosas y/o cáncer cervicouterino. Las pruebas de detección de lesiones en el cuello uterino consisten en citología cervical y detección del VPH. Ambas son gratuitas y están disponibles en todas las instituciones del Sistema Nacional de Salud.

“Lo que se trata es recoger células y material del cuello del útero para analizarlo posteriormente. Es una prueba sencilla y con pocas contra indicaciones”.

La doctora Ortega González aseguró que hay gente que ha dado la vida en este programa, “antes la mortalidad estaba al doble, se tiene un fondo de protección contra gastos catastróficos para la enfermedad y la introducción de pruebas de alta tecnología ha ahorrado recursos, hemos avanzado, pero nos falta sobre todo sensibilización a la mujer y cobertura”. La especialista pidió no minimizar este problema, pues todas las mujeres estamos expuestas a este cáncer.

Gracias al tamizaje, la tasa de supervivencia es de cinco años a nivel mundial y ha logrado alcanzar cifras de 60 a 70%, ya que se detecta en etapas tempranas; el cáncer cervicouterino es uno de los cánceres con mejor pronóstico de tratamiento. Asimismo, la tasa de mortalidad ha disminuido 65% en las últimas cuatro décadas en países con programas de tamizaje establecidos y estandarizados.

Por último, pidió también que los hombres tomen un papel decisivo en las acciones, pues ellos son portadores y transmisores, ante ello se recomienda una vida sexual responsable e incluso la vacunación como protección a su pareja, tal como sucede en países desarrollados.

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