La anécdota la leí hace más de una década en un artículo publicado por Rafael Calva Pratt en el periódico Unomásuno. Luego, me parece que la volví a leer en un libro de ficción de Ignacio Trejo Fuentes. La semana pasada, con motivo de la muerte de Neil Alden Armstrong, Juan Marcelino Ruiz la recordó en su muro de Facebook. En todo caso es una historia bien conocida en Estados Unidos, ya como mito urbano-espacial, ya como suceso real.

La leyenda dice que cuando Neil Armstrong era niño, cierto atardecer en el que jugaba beisbol con un amigo a las afueras de su casa de Ohio, se les fue la pelota al jardín trasero de la familia Gorsky. Neil saltó entonces la valla y, cerca de la ventana de la habitación matrimonial, escuchó que la señora Gorsky le decía a su marido:

¡Sexo oral!... ¿Quieres que te haga sexo oral? Pues te haré sexo oral el día que el hijo de nuestros vecinos camine por la Luna.

Neil recogió la pelota, abandonó en silencio el jardín y continuó jugando con su amigo como si no hubiera escuchado aquella respuesta. Tiempo después, con 15 años de edad, Armstrong se inscribió en un curso de piloto aviador en su natal Wakaponeta, que sería el principio de su exitosa carrera como astronauta.

Un breve resumen de su vida lo sitúa como becario de la Marina de Estados Unidos, ingeniero en aeronáutica por la Universidad de Purdue, bombardero en la guerra contra Corea y miembro del Comité Consultivo Nacional para la Aeronáutica, antecesora de la agencia espacial estadounidense NASA, en la que en 1962 obtuvo una plaza de astronauta para, finalmente, convertirse en el comandante de la misión Apolo 11, la primera en mandar a tres hombres a la superficie lunar.

Así, el 21 de julio de 1969, Neil Armstrong imprimió la primera huella humana, la suya, sobre la fina arena lunar y dijo su frase famosa:

That’s one small step for man, one giant leap for mankind (Es un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad).

Después, mientras que Michael Collins se quedaba en la nave espacial, Neil Armstrong y Edwin Aldrin estuvieron alrededor de dos horas y media en la Luna haciendo experimentos, tomando fotografías y recogiendo rocas para ser estudiadas una vez de regreso a la Tierra.

Tras una larga caminata, se dice que Armstrong, antes de subir de nuevo al módulo espacial, murmuró:

Good luck, Mr. Gorsky (Buena suerte, señor Gorsky).

Frase que causó conmoción en la NASA porque, en su momento, nadie sabía el significado de dichas palabras que fueron interpretadas como un mensaje secreto que el primer hombre que pisaba la Luna le daba a la entonces Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas en plena Guerra Fría con Estados Unidos.

Se cuenta que a su regreso a la Tierra, Neil Armstrong fue interrogado decenas de veces sobre qué había querido decir, a lo que el astronauta sólo sonreía para eludir la posible respuesta.

El 5 de julio de 1995, sin embargo, se dice que en Tampa, Florida, un periodista volvió a cuestionar al astronauta en torno al tema, a lo que Armstrong respondió que ya podía revelar el secreto, pues tanto la señora como el señor Gorsky habían muerto sin dejar descendencia, por lo que procedió a contar aquella anécdota infantil.

En la NASA no existe registro de aquellas palabras dichas en la Luna.