Durante febrero, Mónica y yo nos reuníamos en casa alrededor de las siete de la noche para meternos a la cama. No buscábamos, sin embargo, arreglar nuestra relación de pareja, ni tener jornadas maratónicas de sexo, como tampoco solucionar algún problema de sueño. Al principio, la razón de nuestro comportamiento obedecía al frío de los primeros días del mes y, luego, a que nos volvimos adictos a la serie de televisión Breaking Bad, que ha ganado un montón de premios desde su estreno en el 2008 hasta su quinta temporada, que concluyó en Estados Unidos en el 2013.

Lo primero que me enganchó de la serie fue un sentimiento personal y desconcertante: el protagonista, Bryan Cranston (en el papel de Walter White) es idéntico físicamente a mi padre a la edad del personaje: alrededor de 50 años. El tal Bryan se parece más a papá que mi hermano Antonio que anda arriba de los 50 o yo que ando abajo de los 50 , tanto como si se tratara de su gemelo, con la salvedad que mi progenitor tiene en la actualidad 80 y tantos años.

Otra cosa: mi padre en sus mocedades fue actor; yo, en mi adolescencia, quise ser actor, pero Ludwik Margules, director del Centro Universitario de Teatro en ese entonces, en mi examen de admisión, me dijo con su acento polaco-mexicano:

Jovencito, usted no sirve para actor.

Lo cual no quita que alguien de la familia sí tuviera talento para la actuación, así se apellide Cranston y no Fernández, o, tal vez, y sólo digo tal vez, sí se apellide Fernández y no Cranston, charla que no he podido tener con mi padre, primero, porque corro el riesgo de que me desherede por mis malos pensamientos y, segundo, porque el viernes próximo lo van a operar, y mi mamá y mis hermanas me matan si le doy un disgusto.

Lo que a Mónica la enganchó de Breaking Bad fue cómo un pobre diablo, tan bueno que raya en la estupidez, profesor de química fracasado y cajero de una lavandería de autos para completar el gasto de su familia, Walter White, una vez que se entera que padece cáncer y no tiene dinero para la quimioterapia ni para heredar a su progenie, de pronto, cuando es tocado por el poder, poco a poco se convierte en un personaje tan malo que también raya en la estupidez, capaz de cometer cualquier crimen para mantener su nueva vida.

Pero la transición ética de héroe a villano, así como el desarrollo de los otros personajes de la serie, no es acartonado ni maniqueo, sino que cada identidad está trabajada en una narrativa que muestra de manera natural la condición humana en sus diferentes matices, y expone cómo en un pueblo tranquilo, armónico y en apariencia perfecto de Estados Unidos, en este caso Albuquerque, Nuevo México, cualquier vecino normal esconde en sí a un psicópata que, por sentimientos de sobrevivencia y trascendencia, puede volverse un monstruo.

Otra cuestión que engancha al televidente es que cada capítulo se presenta como un cuento, ya sea con un final cerrado y sorpresivo, según la tradición literaria que nace con Edgar Allan Poe; ya sea con un final abierto y desconcertante, como la planteaba Antón Chejov y que tiene, como máximo representante, a Raymond Carver; anécdotas que, en serie, conforman una novela, que privilegia la creación del personaje o personajes por encima de la historia. Pero en el caso de Breaking Bad, al combinar ambos géneros, el cuento y la novela, logra que las ficción encuentre puertas y ventanas en lo que parecieran ser laberintos sin salidas.

La puesta en escena de este melodrama de humor negro es sencilla: narra cómo Walter White se convierte en cocinero de una droga químicamente pura lo que ello signifique en un 99 por ciento llamada metanfetamina azul, en la que los demás personajes, su esposa, que pasa de ser una mujer dominante a dominada; su hijo adolescente e hija que nace a la mitad de la serie, su cuñada cleptómana e histérica, su cuñado que trabaja para la DEA y un antiguo alumno, socio de White, además de las mafias estadounidenses y los cárteles mexicanos, sirven de contrapunto de una serie de televisión altamente adictiva.