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Arte e Ideas

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Bailar es resistir

De cómo y por qué la vida nocturna mexicana es sui generis y necesaria para la salud mental.

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Gabriela Pulido captura la esencia de la vida nocturna en el México de loas años 40 y 50.

A la historiadora Gabriela Pulido Llano (Ciudad de México, 1970) le gusta salir de noche. Aficionada al jazz, se ha recorrido buena parte de los barecitos del centro donde tocan esa música.

“Desde muy chava yo salí de noche. Me encantaban las tardeadas del New’s, o del Medusa’s”, dice Gabriela para empezar a explicar su interés por la vida nocturna. Pero ésa no es la única razón por la que la historiadora se ha dedicado al tema. También hay razones biográficas —su padre fue artista de carpa— y de urgencia histórica: en la noche de la Ciudad de México hay claves para entender costumbres y morales nuestras.

Su libro se llama El mapa rojo del pecado: Miedo y vida nocturna en la Ciudad de México 1940-1950. La era posrevolucionaria y la llegada de la modernidad a México ejercieron fuerzas que se encontraban en la noche de cabaret y prostíbulo.

En la noche, sea el cabaret, el antro o la carpa se daban actos de resistencia. En la carpa se hablaba con libertad de los políticos, las situaciones de entonces. Salir a bailar era retar el orden: bailar es resistir.

“Yo digo que la vida nocturna es fundamental porque en la noche nos quitamos las máscaras del día, sale a relucir otro yo, la sociedad se libera, queda al descubierto la doble moral. Salir de noche es una forma de resistencia: a las convenciones, las costumbres impuestas, los modos de ser recataditos”, dice la historiadora.

En su libro analiza las distintas caras de la vida nocturna y cómo, gracias a la prensa de nota roja y grupos de poder, se empezó a relacionar a ésta con el crimen y “la mala vida”.

Gabriela: “Todas las películas de rumberas de la época de oro del cine nacional lo manifiestan. 
En los cabarets sólo hay vicio y perdición. Fue en los 50 que comenzó lo que podemos llamar una cultura ‘higienista’, la de perseguir y tratar de acabar con los bares, cabarets y prostíbulos de la época. No era una prohibición en sí, pero sí una forma de persecución”.

Es fascinante la información de nota roja que recoge el libro. 
Para Pulido Llano los periodistas son grandes narradores que a veces inventan escenas o las agrandan por cuestiones de efecto. Por eso su fuente documental favorita son los periódicos y eso se nota en El mapa rojo del pecado.

La relación entre nota roja y vida nocturna dio a luz esto que todavía vivimos hoy que es el miedo a salir de noche, a pensar que en el club o el antro nos van a drogar, raptar, violar. Al respecto, Gabriela habla del caso de Mara Castilla, la joven recientemente asesinada en Puebla cuando salía de un bar: “¿Cómo vamos a negarles a nuestros jóvenes el derecho a salir? 
Juzgar a Mara por haber ido a pasar el rato con sus amigos es un acto de gran crueldad”.

Sobre la noche de la década de los 40 y 50: “A los antros iba gente de todas las clases sociales, de todas las razas, de todos los gustos. Había para todos. Estaba el Ciro’s que era al que iban los políticos (como Miguel Alemán cuando era presidente) y la gente de dinero, pero también existían lugares como El Quid, el bar gay más famoso de la era al que iba gente de todo tipo, políticos también por supuesto. La escena gay siempre ha existido, así como ahora existe en la Zona Rosa”.

El libro

El mapa rojo del pecado es un libro que, además de riguroso, es muy entretenido. Abundan los personajes: los cómicos de la legua, los bailadores de danzón, los pachucos, las rumberas, las ficheras, las prostitutas (que pasaron de épocas de permisividad, donde mostraban un carnet que las acreditaba como “legales”, a una era de clandestinidad y ataque por parte de las autoridades).

Gabriela Pulido Llano recorre todos los espacios nocturnos de la época y tiene una deliciosa recopilación de caricaturas, crónicas y recortes de prensa que dan cuenta de esta relación entre lo nocturno y el peligro. 
“Como si todos tuviéramos que quedarnos en nuestras casas, casarnos, parir y ser una gran familia mexicana”, ironiza.

concepcion.moreno@eleconomista.mx

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