Ahora que vamos saliendo de la temporada de los pañuelos sucios y dolores estomacales, no está de más saber identificar a los responsables: las bacterias y los virus. Estos microorganismos nos provocan enfermedades, aunque cada uno con su propio estilo, por lo que es momento de iniciar nuestra aventura microscópica.

Conociendo a los bichos

A diferencia de nosotros, las bacterias son organismos unicelulares procariontes, es decir, que no poseen núcleo celular y su ADN —ácido desoxirribonucleico— está en forma circular, además de que tienen pared celular. La mayoría de las bacterias no necesita vivir dentro de otro organismo, pues tiene mecanismos productores de energía y de material genético necesarios para su desarrollo y crecimiento; sin embargo, también existen las de vida intracelular, las que necesitan de otros seres vivos.

Estos organismos conforman dos de los tres dominios taxonómicos: bacteria y archæa. El primer dominio reúne a las bacterias —valga la redundancia— que habitan en el suelo, el agua y dentro de los seres vivos, mientras que el segundo —las arqueobacterias—, describe a aquellas que se desarrollan en ambientes extremos, como a altas presiones en las profundidades del océano o en lagos sulfurosos, de ahí que también se les conozca como extremófilas.

Para ser chiquitas, son tremendas

Ahora bien, las bacterias también se clasifican principalmente por tres criterios: por su morfología —cocos, bacilos y espirilos—; por tinción —Gram positivas y Gram negativas, siendo las últimas patógenas—; y por requerimiento o no de oxígeno —aerobias, anaerobias y facultativas—. Es decir, que así como hay cocos Gram positivos aerobios, también existen bacilos Gram negativos anaerobios o espirilos Gram negativos facultativos, y así sucesivamente.

Algo que conocemos bien es la rapidísma reproducción que tienen estos microorganismos, la cual evidentemente no es sexual, sino más bien se trata de un mecanismo de intercambio de genes. La reproducción bacteriana se lleva a cabo por un proceso conocido como fisión binaria, la cual consiste en la duplicación del ADN para una posterior división del mismo, resultando entonces dos bacterias hijas. Y según el tipo de bacteria, la reproducción puede suceder cada 10, 20 o 30 minutos, esto significa que en tan sólo 16 horas puedan engendrarse ¡5,000 millones de bacterias!

Simbiosis bacteria-humano

No es de sorprender que haya bacterias viviendo en nuestro interior. Estas bacterias benignas se encuentran en la piel y a lo largo del sistema digestivo, de hoyo a hoyo. Por ejemplo, el género Streptococcus normalmente se le asocia con enfermedades; sin embargo, la especie S. thermophilus es benéfica, ya que ayuda a la digestión de los carbohidratos. Por otro lado, los géneros Staphylococcus, Corynebacterium y Micrococcus, ayudan a proteger a la piel de agentes patógenos.

No obstante, el otro lado de la moneda, tenemos a las bacterias nocivas, las cuales son muchas menos en comparación de las buenas. Estas villanas producen las enfermedades porque secretan diversas toxinas, las cuales pueden dañar células o invadir directamente los tejidos. Un ejemplo es la toxina botulínica, producida por Clostridium botulinum, que en dosis mínimas se utiliza como tratamiento médico o estético —el conocido botox—, pero en dosis más altas provoca la muerte instantánea.

Los microzombies

Del otro lado del microscopio, llegamos con los virus, estas cositas que aún provocan dolores de cabeza, figurativa y literalmente hablando, a la comunidad científica, ya que sigue sin haber acuerdo para clasificarlos como seres vivos o no. La razón de este debate es por ciertas características que presentan: si bien el virus tiene su propio material genético, forzosamente necesita infectar a una célula para que ésta le haga la chamba para reproducirse. O sea, parece como si los virus se encontraran en una “hibernación lujuriosa”.

Incluso hasta su morfología es muy extraña, porque pueden ser helicoidales, icosaédricos o complejos. Eso sí, al igual que las bacterias, a los virus se les clasifica de dos maneras, una dada por el Comité Internacional de Taxonomía de Virus, idéntica a la clasificación taxonómica que conocemos. Mientras que la otra fue propuesta por el Premio Nobel de Fisiología o Medicina, David Baltimore, donde se divide a los virus en siete grupos de acuerdo con la naturaleza de su material genético: ADN o ARN.

Crueles y sin piedad

Pues sean fulanos o perenganos, todos los virus provocan en las células hasta tres tipos de infecciones: lítica, que es la destrucción y muerte de la célula; persistente, que es la permanencia del material genético del virus, pero sin destruir a la célula, por lo que ésta continúa reproduciendo al virus en su interior por un largo periodo de tiempo; y latente, en la que existe un retraso en la infección y los síntomas aparecen esporádicamente.

Sin embargo, al meterse con el material genético ajeno, los virus pueden incitar mutaciones en las células, volviéndolas cancerosas; por ejemplo, el virus del papiloma humano —de la familia Papillomaviridae— puede provocar cáncer cervical o de piel. Pero las células no son las únicas víctimas virulentas, por si fuera poco también existen los virus bacteriófagos —contra bacterias— y los virófagos —contra otros virus—. Esto implica que también existen virus no tan gachos, al menos no contra nosotros. 

Los antibióticos no son milagrosos 

Como se pudo dar cuenta, las bacterias y los virus son muy diferentes entre sí, ya que cada uno tiene su propio estilo para ocasionar enfermedades. Los antibióticos únicamente atacan a las bacterias y hay de dos tipos: bactericidas, los cuales matan o destruyen por completo a las bacterias, y los bacteriostáticos, que únicamente evitan que sigan creciendo y reproduciéndose, por lo que le dan chance al sistema inmunológico de terminar el trabajo sin joder a las células.

Como todo en exceso es malo, tomar antibióticos de manera irresponsable por recomendación de la vecina puede generar efectos secundarios como alergias o simplemente fortalecer a la bacteria hasta llegar a un punto en el que el antibiótico ni cosquillas le va a hacer, mientras usted seguirá enfermo y sin dinero. Ahora bien, si se quiere chingar a un virus, necesita de un antiviral específico porque los virus se defienden muy bien.

Tomate y jitomate, no es lo “mesmo”

Finalmente, recordemos que hay enfermedades virales y bacterianas, que a veces presentan los mismos síntomas; por ejemplo, la gripe es una infección viral que provoca dolor de garganta, mientras que la faringitis es una infección bacteriana aunque también presenta dolor de garganta. He ahí la importancia de ir con el doctor y no automedicarse a lo bestia.

Sandra Mora Muñoz es estudiante de la carrera Química Farmacéutica Biológica en la UNAM, por lo que se le da hablar sobre estos “bichitos”. También es fanática de los mundos mágicos de Disney y de Harry Potter.