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Antonieta, viva la música de Ibarra
La música que hizo Federico Ibarra para esta ópera y la interpretación que de ella hacen los cantantes y la orquesta, bajo la dirección de Enrique Barrios, merece ese público y mucho más, es magnífica. Además, la puesta en escena le hace justicia.

La ópera Antonieta se estrenó con un enorme éxito del público el pasado fin de semana. Las tres funciones gratuitas y abiertas al público llenaron sus listas de asistencia desde días antes. Ante ese dato, esta reseña, que pudo salir publicada el viernes por estar hecha a partir de una función del miércoles 27, no lo hizo con el fin de no desanimar a una sola de las personas que integran ese público.
Y es que la música que hizo Federico Ibarra para esta ópera y la interpretación que de ella hacen los cantantes y la orquesta, bajo la dirección de Enrique Barrios, merece ese público y mucho más, es magnífica. Además, la puesta en escena le hace justicia.
Sin embargo, no se puede comentar Antonieta sin indicar las enormes incoherencias y desatinos del guión de Verónica Musalem.
La música de Federico Ibarra suele ser tenebrosa, oscura, tremenda y, desde la escena inicial, el suicidio de Antonieta Rivas Mercado en la Catedral de Notre-Dame, nos queda claro que para esta historia, que es fantasmagórica de principio a fin, es el estado de ánimo adecuado. La puesta en escena, con la imagen dominante de la cruz y los integrantes del coro encapuchados que terminan echando el cadáver a la calle, le hace justicia.
Pero Ibarra tiene un registro mucho más amplio y también domina un espectro luminoso. Así, por ejemplo, en la fiesta que da Porfirio Díaz para develar el Ángel de la Independencia levantado por el arquitecto Antonio Rivas Mercado, un alegre vals afrancesado tiene delicados toques de burla. El cambio hacia la furia revolucionaria que interrumpe la fiesta es magistral.
Las oportunidades perdidas
Al trabajo de Verónica Musalem es posible aplicarle esa frase hecha que se usa en inglés: No perdió oportunidad de perder una oportunidad . Y es que, qué barbaridad, tenía la historia, el personaje, los detalles y todo se le escapó.
Toda la fuerza de la primera escena, el suicidio en la que es posiblemente la catedral más famosa del mundo, se disipa. A lo largo de la ópera no vemos que Antonieta tenga un solo conflicto con su propia religiosidad. Al contrario, toda su lucha y su vida se trivializan.
A manera de jueces, aparecen los espectros de la política, el amor y el arte. los cuales acusan una y otra vez a Antonieta, cuyo mérito principal es haber sido una gran mecenas, de que todo, el amor, su participación en la política y las artes, lo consiguió sólo gracias a su dinero y que cuando éste se acabó, se acabó todo lo demás.
Vasconcelos usó el dinero de Antonieta para hacer su campaña política; cuando a ella se le acaba el dinero, él la olvida ¡y los fantasmas le echan la culpa a ella! ¿Dónde quedaron tus ideales? , le preguntan. Cómo dónde. Se acabó su fortuna por defenderlos y resulta que era ella la advenediza. Increíble.
Como increíble es que ella, ante la imposibilidad de conseguir el divorcio de pronto diga: Las mujeres como yo no estábamos hechas para vivir en libertad , cuando es evidente que ella, que pasó a la historia con el apellido de su padre y no con el de su marido, luchó y consiguió una dosis de libertad extraordinaria para las mujeres de la época y, sobre todo, porque en la escena que se relata nos queda claro que Antonieta sí estaba hecha para la libertad, pero que la sociedad se la impedía.
En fin. Un desastre.
mlino@eleconomista.com.mx