De prohombre se calificaba hasta hace unas décadas a aquél que teniendo la libertad positiva de tomarse un día para recuperarse de un resfriado común —por tomar un ejemplo de entre el vasto catálogo de enfermedades— decidía acudir a su trabajo y soportar sobre sus hombros la maldición bíblica de “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Con leyes y valores laborales a su favor, la gesta de este empleado era algo más cercana a la épica, y su acto lo elevaba por encima de la media y la mediana de los trabajadores. Este héroe trágico y ejemplar fue posible en tiempos en que los derechos laborales y su efectividad no habían sido erosionados por los vientos de la flexibilidad laboral.

En la actualidad, aquello que era una singularidad ahora es una norma. Lo que antes era una virtud, ahora es una condición mórbida que aqueja a la masa de empleados global, y recibe el nombre de “presentismo laboral” —traducción equívoca al español de “presenteeism”, pues el término fue acuñado originalmente en inglés—, cuya definición básica es “ir a trabajar cuando uno está enfermo”.

Como ejemplo, en Reino Unido —país cuna de los derechos laborales—, 83% de los empleados reportaron haber asistido a trabajar mientras se encontraban enfermos, una prevalencia mayor al 24% registrado en 2010 según una encuesta de salud y bienestar en el trabajo realizada por el Chartered Institute of Personnel and Development de Reino Unido.

Un artículo publicado en el sitio del World Economic Forum (WEF) advierte que las pérdidas económicas y en productividad para las empresas por la incidencia de presentismo entre sus empleados pueden superar a las del ausentismo laboral.

El artículo cita una encuesta telefónica realizada a lo largo de un año a 29,000 empleados estadounidenses titulada “Auditoría de productividad estadounidense”, cuyos resultados llevaron al cálculo de que el costo del presentismo en Estados Unidos es de más de 150,000 millones de dólares al año. Esto se determinó al considerar el tiempo de productividad perdido debido a los efectos de la enfermedad que llevaron a los empleados a ralentizar o postergar sus tareas en el trabajo.

El presentismo laboral es más costoso que la ausencia del empleado.

Dos estudios realizados por el journal de la Asociación Médica Americana revelaron que la pérdida de productividad en el trabajo debido a una enfermedad y/o depresión era tres veces más costosa que la generada por el ausentismo entre los empleados.

Los expertos en administración de recursos humanos ven con preocupación el aumento en los índices de presentismo por las consecuencias que trae para la productividad de las empresas y sus ganancias. Entre las posibles causas, atribuyen este fenómeno a la calidad de la relación existente entre empleado y el empleador. Bajo esta lógica, bastaría intervenir estas relaciones para optimizarlas, y entonces maximizar los índices de productividad.

Pero las causas podrían no ser así de simples.

Distinto del workaholism —condición en la que el empleado se autoexplota en aras de la realización de un ideal de prestigio y éxito social—, el presentismo se caracteriza por el miedo y la angustia del empleado a las posibles consecuencias de no asistir al lugar de trabajo por causa de la enfermedad, entre ellas el despido.

En términos formales, las leyes laborales le reconocen el derecho a ausentarse del trabajo por enfermedad, y la coerción de un jefe puede ser sancionada.

En un ecosistema laboral dominado por los contratos temporales, la inseguridad y el temor constante a perder el trabajo, el empleado se ha visto obligado a cambiar de mentalidad, una en la que el estrés y el miedo a perder el nivel de vida han sustituido a las ganas de disfrutar del tiempo libre o a tomar el tiempo que por ley le corresponde para recuperarse de una enfermedad.

Estas condiciones no afectan sólo a los trabajadores de una empresa en particular, ni de un sector productivo puntual, ni mucho menos a los de un grupo de países. Son las condiciones laborales dominantes en todo el planeta. Incluso, se ha propuesto que dado este panorama del trabajo, es necesario pensar que existe una nueva clase social surgida de estas condiciones: el precariado.

Propuesto por Guy Standing, el precariado es un colectivo surgido del déficit político y el fin del Estado del bienestar, que al dejar en su lugar políticas creadas para encubrir una relación laboral en la que los gobiernos inclinan la balanza en favor de los empleadores. Esto ha permitido contratos de servicios, honorarios u obras que, con sistemas de pago a destajo, por tareas, piezas o peso y con la tercerización, eluden la aplicación de las normas laborales vigentes en casi todos los países y logran de hecho imponer jornadas de trabajo indefinidas. El resultado es una masa de empleados en una relación asimétrica con los empleadores y con una calidad de vida baja.

¿Armonizar las relaciones empleado-empleador sería la solución al presentismo? No. Dado lo expuesto, es necesario cambiar las relaciones laborales.

Siguiendo con Standing, este propone “políticas provenientes del precariado y que representen los intereses del precariado”. El precariado es, sigue Standing, una clase que “quiere la transformación de las estructuras y que quiere fortalecerse lo suficiente para acabar con las condiciones que la hacen definirse a sí misma, y en consecuencia abolirse a sí misma como clase”, dijo en una entrevista reproducida por el medio Sin Permiso.

Así, la cura al presenteeism, al karoshi, al workaholism, al estrés laboral y a otros fenómenos del mecado laboral como los bullshit jobs y otros males que aquejan a la masa laboral mundial en la actualidad puede que no se resuelvan con la voluntad de hierro de un prohombre, pero sí con la organización colectiva de todos aquellos aquejados por estos males.

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