Muñecas de barro, tela y cartón, juegos de feria móviles, elaborados en madera, tela y papel; calaveras, diablitos, animales de granja y exóticos; veleros, barcos, trenes, helicópteros; ollas, tazas, cazuelas pequeñísimas. Incluso la reproducción en madera y pasta de una panadería tradicional con todo tipo de piezas de pan trabajadas a una considerable miniatura.

A partir de hoy se encuentra abierta para el público una nueva exposición en la Galería 526 del Seminario de Cultura Mexicana.

Lleva por nombre Mi pequeño mundo. Juguetes mexicanos. Colección Silvia Molina y está pensada a partir de la memoria, de la infancia, pero también en la recuperación y conservación de los juguetes artesanales creados en su mayoría en las últimas décadas, valorados por la creatividad en su fabricación, la minuciosidad de los detalles y su colorido.

Exhiben unos 500 juguetes procedentes del Estado de México, Guerrero, Guanajuato, Jalisco o Morelos; todos seleccionados del acervo de la escritora Silvia Molina, también directora del Seminario de Cultura Mexicana y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, quien conversa con El Economista sobre la tradición de los juguetes en cuestión y la necesidad de acercarlos a las nuevas generaciones.

“Tenemos muchas escuelas cercanas y hemos estados invitando a los maestros y a los niños a que vengan a ver la exposición. Muchas de estas artesanías son verdaderas obras de arte, porque están muy bien hechas, traen la impresión del artesano”, adelanta.

No hay juguete que no destaque por sus colores o por el brillo de su material. Los vestidos de las muñecas son floridos, los animales tallados en madera son exóticos y llamativos, las frutas parecen frescas en un puesto de mercado en miniatura y los luchadores portan su distintiva máscara sobre un pequeño ring de madera. El detalle manual de cada figura invita a revisar cada figura con detenimiento.

“Hay ruedas de la fortuna que traen muñecos con todo el vestuario de la zona. Los mecanismos son muy sencillos pero muy pensados. Hay una ingeniería en ellos que puede ser a partir de una liga que detona la fuerza de un mecanismo muy completo”, explica la autora.

Habrá juguetes para jugar

Para la muestra, además, se han instalado dos espacios en los que los visitantes podrán interactuar con juguetes tradicionales de distintos tipos, orígenes y tamaños, desde instrumentos musicales hasta una lancha que flotará sobre una tina con la ayuda de una vela de cera.

“Hay dos mesas para juegos y trajimos unos tapetes para el patio donde los niños se pueden sentar a disfrutar de juegos de puntería hasta caballitos de palo. Tendremos canicas para que los niños puedan, al menos, tenerlas en sus manos, pues se trata de que los niños no nada más vean sino que tengan los juguetes en sus manos”, opina.

La exposición presenta en sus muros extractos de textos de la también ganadora del Premio Xavier Villaurrutia 1977, por La mañana debe seguir gris y del Sor Juana Inés de la Cruz, en 1998, por El amor que me juraste. “El montaje lo hizo Mariana Morales. Ella tomó de mis textos para niños algunos párrafos que acompañas estas escenas en las mesas. Yo no intervine porque tengo otra visión de los juguetes y es interesante ver cómo otra gente la ve”.

Sostiene que los juguetes mexicanos, además de la diversidad de sus colores, expresan el espíritu de la región de la que provienen. Asegura que evitar la desaparición de la tradición artesanal de los juguetes es un panorama complejo, pero la mejor manera de conservarlos debe ser a través de lo que se aprende en familia.

“Los padres deberían ir a los mercados a ver qué juguetes hay, a las tiendas de artesanías. Fonart tiene muy bonitos. Hay que comprarlos y tenerlos en casa”, sugiere y confiesa que en la infancia tenía habilidad para el trompo y las canicas. “Antes queríamos a nuestros juguetes porque nos daban la oportunidad de participar”.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx