Por su obra extensa, la profundidad de sus ideas, su solidez y altura intelectual, por haber sido poeta, embajador, narrador, dramaturgo y ensayista  amparado a todos los escritores mexicanos del siglo XX y a muchos de sus pensadores, poco importa celebrar en el día preciso o no, el cumpleaños de Alfonso Reyes. Baste saber que  fue el 17 de mayo de 1889 cuando llegó a este mundo y hay que leerlo y festejarlo siempre.

Nacido en Monterrey, Nuevo León, Alfonso fue hijo de Bernardo Reyes, general glorioso y malogrado: héroe de la Intervención Francesa y después asesinado en la Decena Trágica. Con una vocación muy distinta a la de su padre desde muy niño halló en el estudio su consuelo y su propósito. Encantado de literatura, arte y pensamiento hizo sus primeros estudios en su ciudad natal y después llegó a la capital para inscribirse en la  Escuela Nacional Preparatoria. Allí junto con otros ilustres jóvenes que compartían con él la afición por Grecia, la filosofía y el interés en trazar el intelecto del México moderno, formó el Ateneo de la Juventud. En 1910 publicó su primer libro y a partir de ese momento su producción nunca se detuvo. Su sed de conocimiento, tampoco. Reyes obtuvo el título profesional de Leyes a los 23 años, fue secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios, creador de la cátedra de Historia de la lengua y literatura española y de la Casa de España -antecedente del Colegio de México- , después fundaría el IFAL y también  el Colegio Nacional.

Tamañas hazañas en el magisterio, la educación y la gestión cultural no le fueron suficientes. Su ingenio la creación literaria ininterrumpida y su reflexión crítica no lo dejarían soltar la pluma. Poesía, cuento, ensayo, antologías, estudios, artículos, notas, briznas y hasta un minutario de cocina, se multiplicarían en párrafos y páginas  y en los 36 tomos que firman sus Obras Completas.  No por nada confesó un buen día:

“El arte de la expresión no me apareció como un oficio retórico, independiente de la conducta, sino como un medio para realizar plenamente el sentido humano. Escribo: eso es todo. Escribo conforme voy viviendo. Escribo como parte de mi economía natural. Después, las cuartillas se clasifican en libros, imponiéndoles un orden objetivo, impersonal, artístico, o sea artificial. Pero el trabajo mana de mí en un flujo no diferenciado y continuo”.

Alfonso Reyes. Foto: Especial

Alfonso  Reyes nació un poco a trasmano en una América y fue la bisagra de un México que nunca sería como el de su juventud e infancia pero se constituyó en pieza fundamental de unión entre los dos. Heredero de las culturas occidentales, no juró devoción a ninguna de ellas. Le tocó el español como lengua materna, pero no le bastó y, tuvo que adquirir el hábito de otras. (“A veces lamento hablar en español –decía- escuchado desde la otra orilla debe ser algo incomparable, lleno de chasquidos y latigazos, terrible carga de caballería de abiertas vocales, por entre un campo erizado de consonantes clavadas como estacas”)  Por un tiempo hubo de sufrir el exilio y como Joyce, se las arregló para convetir la nostalgia en un arma para descubrir que la sabiduría daba más goces que la patria, y sus libros, escrituras y escritos eran como su familia, su nación y el mismísimo universo.

Una de las frases favoritas de Reyes, porque era de Goethe, uno de sus autores más preciados, fue “Acuérdate de vivir” y así lo hizo. Reyes disfrutó siempre de la buena mesa, el buen vino, las tertulias, los amigos en su casa y las conversaciones infinitas. Sabía que a veces, la vida es tan amarga que abre las ganas de comer, y entre sarcástico y melancólico contaba de todos los platillos que había comido en sus viajes. Porque también se ufanaba de tener muy buen diente. Un apetito que igualaba al placer que le provocaban los libros de su infinita biblioteca.

“Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como comer –decía- porque las palabras nos ayudan a organizar la realidad e iluminan cualquier caos que se presente”. Era un convencido de la literatura, la comida y todo acto de alimentación requieren tiempo, planeación, estrategia y cocimiento. Y que el hombre se nutre no solamente para asegurar su crecimiento y desarrollo, sino también por placer.

Llamado en sus tiempos “el regiomontano universal”; Alfonso Reyes es figura imprescindible en la cultura de toda Hispanoamérica y llamado con justicia el Maestro de México. Tanto así, lector querido, que para animarnos a los goces del conocimiento, bastaría cualquiera de sus párrafos. El que sigue, para hoy y por ejemplo, la lección número X de su verdadera y original “Cartilla moral”:

“Cuando un hombre que vive en un jardín ignora los nombres de sus plantas y sus árboles, sentimos que hay en él algo de salvaje, que no se ha preocupado por labrar la estatua moral que tiene el deber de sacar de sí mismo. Igual diremos del que ignora las estrellas de su cielo y los nombres de sus constelaciones”.