Emiliano Zapata Salazar nació en San Miguel Anenecuilco, el 8 de agosto de 1879, cuando la patria era diferente. Destinado a ser un héroe, uno de los más carismáticos y queridos de la historia del siglo XX mexicano, toda su vida estuvo aparejada a lo mítico, lo mesiánico. Federico Gamboa, viejo porfirista, escribió en su diario una predicción que hoy es innegable realidad, cinco días después de la desaparición del caudillo: “Zapata, con el tiempo y a pesar de sus grandes errores, se domiciliará a perpetuidad en la leyenda nacional”.

Además de los previsibles enconos y los enemigos descubiertos y encubiertos, Zapata fue un hombre que fascinaba a todos. Para bien y para mal. Muchas historias se tejieron respecto a su persona. No faltó quien hiciera cálculos y mirara a los cielos para decir que la causa de todas sus gracias y su horrible desgracia era la posición que habían tenido las estrellas la noche de su nacimiento: de los 10 planetas (porque en esos tiempos todos, hasta Plutón, estaban en el firmamento) tenía siete en signos de tierra y había nacido bajo el sino de la Luna negra. Un día en que la Luna se encontraba tan cerca del Sol que no podía ser vista desde la Tierra, un día que estaba totalmente ausente en el cielo y había quedado oculta por el resplandor solar. Todos los que lo adoraron pensaron que quizá aquel sol era Emiliano, con ese brillo suyo que lo eclipsaba todo. Y que el hecho de tener tanta ascendencia del elemento tierra en su carta astral era la explicación de toda su ideología.

Enrique Krauze —historiador tan serio que jamás explicaría nada basándose en el firmamento— tiene, sin embargo, una teoría basada en designios de alta y ecológica espiritualidad. Acerca de ello escribe: “Zapata no peleaba por ‘las tierritas’ —como decía Villa— sino por la madre tierra, y desde ella. Su lucha se arraiga porque su lucha es arraigo. De allí que ninguna de sus alianzas perdure. Que Zapata no quiere llegar a ningún lado: quiere permanecer. Su propósito no es abrir las puertas del progreso sino cerrarlas: reconstruir el mapa mítico de un sistema ecológico humano en donde cada árbol y cada monte estaban allí con un propósito; mundo ajeno a otro dinamismo que no fuera el del diálogo vital con la tierra”.

Hizo la Revolución con todo y contra todos, fue llamado apóstol y no se doblegó ante nadie. Pero el mismo día en que abandonó por un segundo la precaución de la desconfianza fue traicionado y muerto. Así lo atestigua nuestra historia.

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Además de su bien merecida fama por haber sido clave en la consumación de la Independencia, segundo presidente de la República y sin duda uno de los más importantes héroes que nos dieron patria, Vicente Guerrero, que también nació en agosto —el día 9 pero de 1782—, tuvo una vida afortunada, si se quiere, pero también llena de malos encuentros con sus consabidas decepciones.

No sabemos si fue su gran corazón o una notable ingenuidad los que lo hicieron creer siempre en la palabra de la gente. Baste recordar el famoso abrazo que se dieron Iturbide y él en Acatempan, que en un principio parecía que consumaba alegremente la guerra de Independencia y le daba un carácter casi afectuoso a la reyerta. Fue como una lección y poner el mejor de los ejemplos. Una lección sobre cómo hay que perdonar y convertir en amigo al enemigo. Hoy, la referencia a tal episodio histórico es equívoca y supone una traición. (No me diga que alguna vez no ha sentido, cuando lo estrechan, que le están dando el abrazo de Acatempan. Algo así como un beso de Judas).

Guerrero tenía una ética política tan impresionante que después de darse cuenta de que Iturbide le había mentido, y que en realidad su alma ambiciosa lo animaba a ser monarca, lo respetó como emperador lo más que pudo. Después, cuando le llegó el agua a los aparejos, se reunió con su amigo Nicolás Bravo para combatirlo. A la caída de Iturbide pareció que las turbulencias de su alma se iban a despejar: Guerrero fue nombrado miembro suplente del Supremo Poder Ejecutivo que encabezó Guadalupe Victoria y encabezó el llamado partido yorkino, bandera del partido popular, antecedente de los liberales. Sin embargo, un movimiento en contra de Victoria solicitó de nuevo su intervención. El jefe de aquellos rebeldes era nada menos que Nicolás Bravo, que no conforme con haberse tornado en su enemigo, también era la cabeza del partido escocés, cuna de los conservadores. Guerrero, haciendo de tripas corazón y otra vez decepcionado del inexistente y supremo valor de la amistad tuvo que batirlo y acabar con él en Tulancingo.

El final de la vida de aquel que había dicho con absoluta convicción que “la patria es primero” también fue el final de un rosario de traiciones. Ya estando Bustamante en el poder, Guerrero comenzó a ser una molestia para muchos. Andaba navegando por las costas del estado que después llevaría su nombre y se topó frente a frente con un marino genovés llamado Picaluga, en realidad un asesino a sueldo. Picaluga fingió hacerse su amigo de inmediato, dijo que lo admiraba y compartió sus puntos de vista. Un mal día el marino lo invitó a cenar a su barco, un bergantín llamado El Colombo.

Dicen que Guerrero no sólo no cenó. Antes de llegar a la mesa fue aprehendido y conducido abajo, junto a las ratas. Después Picaluga lo entregó al general González que lo fusiló en Cuilapan la mañana del 14 de febrero de 1831, día, por cierto, más tarde sería celebrado como el del amor y la amistad.

Quizá a Guerrero le faltó dureza y malicia en su independiente corazón o haberse dado cuenta de que —tanto en los amigos como en la humanidad entera— cuando el espíritu es chico, ni Dios es grande.

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Vicente Riva Palacio ni nació ni se murió en agosto. Pero seguro tenía cierta predilección por este mes, porque en agosto se inauguró la flamante estatua de Cuauhtémoc, erigida bajo sus instancias, en el paseo de la Reforma. Aunque la idea había sido de su gran amigo Francisco Sosa (periodista, liberal, entusiasta de las efemérides quien había sugerido adornar con 77 estatuas de personajes históricos la gran avenida) la ocasión fue gran felicidad personal. Aquel día de agosto, Vicente Riva Palacio admiró la obra en bronce de Miguel Noreña que incluía los nombres de los tlatoanis indígenas que defendieron al imperio azteca y volvió a conmoverse ante los bajorrelieves alusivos a la prisión y al tormento de Cuauhtémoc. Tuvo una sensación agridulce: gran felicidad personal por la dimensión de la estatua: cinco metros de alto, un inmenso placer él que amaba las alturas —son famosos los dos propósitos que tenía Riva Palacio: Componer una décima en la cúpula del arruinado templo de Loreto sostenido de una viga y subir hasta lo más alto de la Catedral para almorzar— pero también una sensación de infortunio y dolor al comprobar que los héroes mexicanos, desde el primero y hasta el último, habían pagado con la vida la defensa de la patria. Y mire que todavía no se tenía memoria, ni se conmemoraba en las efemérides, que justo un día como hoy, el 13 de agosto, pero de 1521, la gran ciudad de Tenochtitlan había caído traicionada y desaparecido para siempre.