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¿Te robaron el teléfono? El riesgo no es el aparato, sino la llave a tu vida digital
Los smartphones concentran fotos, documentos, datos bancarios y accesos a
múltiples cuentas. Perder tu dispositivo tras un robo va mucho más allá de un golpe al bolsillo: es una amenaza directa a tu privacidad y seguridad.
Robo de celular.
Perder un celular dejó de ser un problema relacionado únicamente con el costo del dispositivo. En México, durante 2024 fueron robados o extraviados 2.2 millones de smartphones, de acuerdo con The Competitive Intelligence Unit (The CIU), lo que representó un impacto económico estimado de 10,200 millones de pesos para los usuarios.
Pero el valor de un smartphone también está en lo que contiene: fotografías, contactos, conversaciones, documentos, información financiera y cuentas de servicios digitales conviven actualmente en un mismo equipo.
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De acuerdo con una encuesta realizada por Kaspersky, en América Latina, 70% de las personas consultadas almacena fotografías y videos personales en su celular, mientras que 54% guarda datos de contacto y 43% documentos personales. La información financiera también forma parte de ese ecosistema: 38% almacena información bancaria y 30% información relacionada con compras.
El teléfono también funciona como repositorio de comunicaciones y credenciales: 42% guarda mensajes e historial de chats, 39% contraseñas y datos de inicio de sesión y otro 39% cuentas de redes sociales. Además, 30% almacena conversaciones con herramientas de inteligencia artificial.
Encuesta realizada a 1200 personas en América Latina (Colombia, México y Brasil).
La pérdida puede no solo ser económica
Juan Manuel Aguilar Antonio, investigador de la Facultad Superior de Estudios Aragón de la UNAM, explica que los mecanismos de protección de los dispositivos son actualmente más robustos y que conectar un teléfono robado a una computadora no permite simplemente revisar la información almacenada.
El cambio tecnológico ha desplazado parte del riesgo. De acuerdo con el especialista, los grandes robos de información actualmente pasan con mayor frecuencia por aplicaciones, phishing y técnicas de ingeniería social, incluyendo el secuestro de cuentas de WhatsApp y redes sociales.
Esto significa que robar físicamente un celular y conseguir acceso a la información que contiene son dos problemas distintos.
Gran cantidad de la información que procesamos día a día está relacionada ahora (...) con nuestro teléfono inteligente", explica Aguilar. El dispositivo puede concentrar información sobre el trabajo, la familia, la vida cotidiana y los ingresos económicos de una persona.
El PIN puede cambiar el escenario
El riesgo aumenta si el delincuente consigue conocer el código de desbloqueo.
Aguilar describe un escenario conocido como shoulder surfing (espionaje por encima del hombro), en el que una persona observa cómo otra introduce su PIN o dibuja su patrón de desbloqueo y posteriormente utiliza esa información si consigue sustraer el teléfono. Con el dispositivo desbloqueado, pueden quedar expuestos contactos, fotografías, videos y aplicaciones que permanezcan abiertas.
Las aplicaciones bancarias, explica el investigador, suelen incorporar mecanismos adicionales de seguridad, como contraseñas o autenticación biométrica, mientras que algunas redes sociales pueden presentar mayores riesgos cuando mantienen sesiones abiertas o requieren menos verificaciones.
Por eso, conocer el PIN puede ser más relevante que tener físicamente el aparato: abre la posibilidad de acceder a una parte de la información que, con el equipo correctamente bloqueado, permanecería protegida.
El SMS como eslabón débil
Aunque las aplicaciones financieras son un objetivo evidente por el beneficio económico que representan, no necesariamente son la primera cuenta que un delincuente intentará comprometer.
Aguilar considera que las aplicaciones bancarias cuentan con mecanismos de seguridad particularmente robustos. En cambio, las redes sociales pueden ofrecer una vía para obtener beneficios mediante la suplantación de identidad y el engaño a los contactos de la víctima.
El caso de WhatsApp es ilustrativo. Una cuenta comprometida puede utilizarse para enviar mensajes a familiares, amigos o colegas y solicitar dinero haciéndose pasar por el propietario. En ese escenario, el teléfono robado se convierte en el punto de partida de una cadena distinta: el fraude por suplantación de identidad.
El especialista también señala que la ingeniería social puede utilizarse para obtener códigos de verificación y activar aplicaciones en otros dispositivos.
La pérdida del smartphone puede complicarse cuando el número asociado al equipo también queda expuesto. Aguilar señala que algunos procesos de activación de aplicaciones dependen de códigos enviados por SMS. Por ello, las técnicas de ingeniería social pueden utilizarse para conseguir esos códigos y posteriormente abrir cuentas o aplicaciones en otro dispositivo.
Aquí es importante distinguir entre el robo físico del teléfono y una eventual toma de control de la línea o de las cuentas asociadas a ella.
¿Qué hacer después del robo?
La rapidez de reacción puede reducir el margen de acción de un tercero.
El primer paso es contactar al operador y solicitar el bloqueo de la línea y del equipo mediante el IMEI. El extinto Insitituo Federal de Telecomunicaicones (IFT) señala que el usuario debe conservar este número y que puede consultarlo marcando *#06# desde el dispositivo.
También es recomendable avisar al banco y solicitar el bloqueo de las aplicaciones de banca móvil, de acuerdo con la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef).
Después viene la protección de las cuentas: cambiar contraseñas, revisar sesiones abiertas y verificar los mecanismos de autenticación de correo electrónico, redes sociales y otros servicios.
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La Condusef también recomienda avisar a familiares y amistades sobre el robo para evitar que respondan a mensajes enviados desde una cuenta comprometida que soliciten dinero.
El smartphone concentra hoy una cantidad de información que hace unos años estaba distribuida entre una computadora, una agenda, una cámara, documentos físicos y distintos dispositivos. Por eso, el robo del aparato no necesariamente representa el acceso inmediato a toda esa información, pero sí puede convertirse en el inicio de una cadena de ataques si el delincuente consigue el PIN, una cuenta o el control del número telefónico.
La pérdida, entonces, no termina cuando desaparece el teléfono. El verdadero riesgo puede comenzar cuando alguien intenta convertir ese dispositivo en una llave para entrar al resto de nuestra vida digital.