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Vigencia de "El Señor Presidente"
Lucía Melgar | Transmutaciones
Publicada en 1946 en México, la novela "El Señor Presidente" de Miguel Ángel Asturias (Premio Nobel 1967) es uno de los textos fundamentales de la narrativa latinoamericana, en particular de la que entreteje ficción y realidad e ilumina las tinieblas de la dominación autoritaria en el siglo XX. Asturias fusiona una aguda crítica de la política guatemalteca con la originalidad creativa de las vanguardias europeas para dar vida a un mundo degradado por un poder omnipresente y brutal. Ante el actual predominio de la política de la crueldad y la violencia desmedida en nuestro planeta, releer esta obra invita a reflexionar sobre el dominio del miedo y la complicidad social en los abusos del poder y sobre la capacidad de la mejor literatura para enfrentarnos al horror sin paralizarnos.
Escrita entre 1922 y 1932, sobre todo en París, donde el autor se sumergió en el estudio de la cultura maya, la novela deslumbra por sus imágenes visuales, cubistas y expresionistas, por sus juegos rítmicos y su mezcla de voces que recuperan la viveza de la oralidad. La incantación inicial nos sumerge en un mundo de sombras que se revela más estremecedor que la miseria descarnada de los mendigos que se apiñan por las noches en el Portal del Señor: “¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre!”
Accidente y producto de violencia ciega y deshumanización, el asesinato de un alto funcionario detona la furia de las fuerzas gubernamentales que tejen una red de falacias contra enemigos potenciales e imaginarios. Las víctimas de esta urdimbre incluyen a personajes encumbrados –hasta que pierden el favor del tirano– y seres inocentes triturados en un engranaje aceitado por la saña y la obediencia abyecta.
El Presidente de este desdichado país es un hombre resentido, ávido de venganza, cercano a potencias ocultas. En las escasas escenas donde aparece en primer plano destacan su crueldad, su vulgaridad y su siniestra capacidad de tejer trampas a quienes quiere perder. Su poder es tal, sin embargo, que domina desde las sombras: se siente en “árboles de orejas”, en los círculos concéntricos de espionaje, en la conducta de sus cortesanos, cumplidos agentes de la voluntad suprema. En palabras del Auditor, corrupto y voraz: “En estos puestos se mantiene uno porque hace lo que le ordenan y la regla de conducta del señor Presidente es no dar esperanzas y pisotearlos y zurrarse en todos porque sí”.
Aniquilar a cualquiera porque sí se traduce en matar a palos a un secretario torpe, en torturar hasta la muerte a un hombre reducido a un tronco desmembrado que se aferra a la verdad; en infligir un sufrimiento atroz a una mujer que sólo ha referido hechos ciertos, en ocultar donde se ha enterrado a un “opositor” ejecutado, en ensañarse en el cuerpo y el espíritu de un condenado que sólo sobrevive por la ilusión del amor. Ni la verdad, ni la solidaridad, ni la caridad, ni la lealtad, ni –menos– el amor tienen cabida bajo un régimen totalitario.
Pese a la represión desmedida que despoja de humanidad hasta a los más miserables, resuenan en la obscuridad voces de resistencia, como la del estudiante encarcelado cuya convicción revolucionaria (de antemano derrotada en la novela) nos recuerda el ímpetu de cambio que derrocó a más de una dictadura. Si hoy la esperanza revolucionaria puede parecer ingenua, la siguiente reflexión acerca del impacto de la violencia en el ciclo de la vida (atribuible al autor implícito) resuenan contundentes en este mundo de guerras de exterminio y políticas ignominiosas: “El peso de los muertos hace girar la tierra de noche y de día el peso de los vivos… Cuando sean más los muertos que los vivos, la noche será eterna, no tendrá fin, faltará para que vuelva el día, el peso de los vivos.”
Releer hoy esta novela es un viaje al pasado y una inmersión crítica en la actualidad.