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Opinión

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La universidad ante el quiebre del primer empleo: jóvenes, IA y sentido en disputa

Jorge Alberto Hidalgo Toledo | Columna invitada

La puerta que durante décadas ordenó el porvenir ya no se abre con la misma llave. Durante generaciones, la universidad fue una forma de administrar la esperanza: un territorio donde la familia depositaba sacrificios, el joven ensayaba identidad y la sociedad prometía que, al final del trayecto, habría un lugar legítimo para comenzar. Hoy esa promesa cruje. No porque el conocimiento haya perdido valor, sino porque el umbral que conectaba formación y trabajo se ha vuelto más estrecho, más opaco, más algorítmico. La inteligencia artificial no sólo está modificando empleos, está interviniendo en el rito de iniciación laboral de una generación que todavía no termina de entrar al mundo adulto cuando el mundo adulto ya le exige experiencia, dominio técnico, plasticidad emocional, productividad inmediata y una serenidad que nadie le enseñó a construir.

Durante buena parte del siglo XX, ingresar a la universidad significó mucho más que adquirir una credencial. Era pertenecer a una conversación histórica. Allí se heredaban autores, métodos, lenguajes, disciplinas, comunidades, causas. La universidad mediaba entre la intimidad familiar y el mundo común. Convertía el talento en vocación, la curiosidad en método, el impulso juvenil en proyecto público. Su fuerza no residía únicamente en transmitir contenidos, sino en organizar una cierta arquitectura de sentido.

Con el tránsito hacia la sociedad del conocimiento, esa vocación se desplazó. La universidad comenzó a operar también como dispositivo de movilidad social. Para miles de familias, estudiar una licenciatura era la vía más legítima para cruzar una frontera: de la precariedad al salario estable, del anonimato laboral a la posición profesional, del esfuerzo heredado al proyecto propio. El título universitario se convirtió en una especie de pasaporte moral y económico. No garantizaba todo, pero parecía abrir la puerta correcta. Esa puerta sigue existiendo, pero ya no conduce siempre al mismo lugar.

La expansión de la educación superior es real. La UNESCO estima que existen alrededor de 264 millones de estudiantes inscritos en educación superior en el mundo, aunque la tasa global de participación ronda apenas el 43%, con diferencias profundas entre países y regiones. La paradoja es evidente: nunca hubo tantos estudiantes universitarios y, al mismo tiempo, nunca fue tan visible la fragilidad de la promesa universitaria.

En México, la tensión adquiere rostro propio. La SEP reportó para el ciclo 2023-2024 una tasa bruta de cobertura en educación superior de 43.8%, frente al 42.1% del ciclo anterior, y los reportes oficiales vinculados al Programa Nacional de Educación Superior señalan que la matrícula alcanzó aproximadamente 5.39 millones de estudiantes. El dato puede celebrarse como avance, pero no debe leerse con ingenuidad. Más matrícula no equivale automáticamente a más futuro. Puede significar también más jóvenes ingresando a un sistema que todavía no resuelve cómo acompañarlos hacia un mercado laboral que se reorganiza con una velocidad brutal.

La crisis contemporánea de la universidad no se reduce a una caída de matrícula, a una dificultad presupuestal o a un problema de actualización curricular. Es una crisis de promesa. Muchas instituciones construyeron su propuesta de valor alrededor de la empleabilidad, las redes de contacto, el ascenso profesional y el acceso a mejores puestos. Esa narrativa funcionó mientras el mercado necesitaba incorporar jóvenes como aprendices. Pero el nuevo entorno laboral comienza a alterar justamente esa pedagogía inicial del trabajo.

Antes, el joven ingresaba a una organización en posiciones de entrada: asistente, trainee, practicante, analista junior, auxiliar, redactor, diseñador inicial, ejecutivo de cuenta, programador en formación. Eran puestos modestos, a veces rutinarios, en ocasiones ingratos. Pero allí se aprendía el oficio invisible de trabajar: observar una junta, ordenar información, preparar un reporte, redactar una minuta, revisar bases de datos, equivocarse bajo supervisión, comprender jerarquías, leer silencios, anticipar necesidades, incorporar el tono institucional. Ese aprendizaje no siempre aparecía en el contrato, pero constituía la alfabetización tácita de la vida profesional. Hoy muchas de esas tareas son precisamente las más automatizables.

El Future of Jobs Report 2025 del World Economic Forum estima que, hacia 2030, se crearán 170 millones de empleos y se desplazarán 92 millones, con una disrupción equivalente al 22% de los empleos actuales. El mismo informe advierte que 39% de las habilidades centrales cambiarán hacia 2030. No estamos ante una sustitución mecánica simple. Estamos ante una reorganización de la cadena de valor del aprendizaje laboral.

La tragedia no reside únicamente en el desplazamiento de tareas. Reside en la posible interrupción de la cadena formativa. Si las organizaciones deciden capacitar a sus mandos medios en inteligencia artificial para que hagan mejor su trabajo y, además, absorban las tareas que antes realizaban jóvenes de primer ingreso, ganarán eficiencia inmediata, pero destruirán su propia cantera. Reducirán costos en el presente y empobrecerán la transmisión del oficio hacia el futuro. Una empresa sin aprendices se vuelve una institución sin memoria por venir.

Richard Sennett, en su libro The craftsman, recordaba que el oficio no se aprende sólo acumulando información, sino habitando una práctica con paciencia, repetición, criterio y relación con otros. El artesano no domina su mundo por obedecer instrucciones, sino por interiorizar la materia con la que trabaja. Algo similar ocurre con el primer empleo: no es únicamente un ingreso económico; es una escuela de realidad. Allí el joven descubre que el conocimiento no flota en abstracto, que toda idea debe atravesar tiempos, cuerpos, tensiones, intereses, límites y responsabilidades.

La inteligencia artificial puede ayudar a escribir, programar, diseñar, analizar, simular, diagnosticar y automatizar. Pero no puede reemplazar, sin pérdida social, el espacio donde una generación aprende a responder por lo que hace. La eficiencia sin iniciación produce trabajadores funcionales, pero no necesariamente profesionales con criterio. Produce operadores rápidos, no sujetos responsables. Produce productividad, quizá; comunidad, no siempre.

América Latina enfrenta este proceso con desigualdades acumuladas. El Banco Mundial y la OIT estiman que entre 26% y 38% de los empleos en la región podrían estar expuestos a la inteligencia artificial generativa; entre 2% y 5% podrían enfrentar automatización plena, mientras que entre 8% y 14% tendrían posibilidades de transformación productiva si existieran condiciones suficientes de acceso, infraestructura y capacitación. La diferencia entre riesgo y oportunidad no está escrita en la tecnología. Está escrita en la desigualdad.

La automatización no cae sobre cuerpos abstractos. Cae sobre biografías atravesadas por género, clase, región, capital cultural, redes familiares y acceso tecnológico. La evidencia del Banco Mundial y la OIT advierte que los empleos más expuestos tienden a ser urbanos, formales, de mayores ingresos y con mayor nivel educativo, pero también que mujeres y jóvenes pueden enfrentar riesgos específicos en ciertas áreas de automatización. Por eso hablar del primer empleo sin perspectiva de género sería una forma de ceguera institucional. La joven que busca su primera oportunidad no sólo compite contra otros candidatos y contra sistemas automatizados; compite contra brechas previas de cuidado, redes profesionales menos robustas, sesgos de contratación, violencias digitales y expectativas sociales que todavía administran de manera desigual el derecho a intentar.

Tampoco basta el relato cómodo del “nativo digital”. Los jóvenes pueden poseer fluidez instrumental, pero no siempre criterio organizacional. Los adultos pueden tener experiencia, pero no siempre alfabetización algorítmica. La fractura intergeneracional no se resuelve reemplazando a unos con otros, sino creando pactos de mentoría recíproca. Los mayores transmiten oficio, prudencia, lectura institucional, memoria de errores. Los jóvenes aportan exploración, plasticidad, sensibilidad cultural, lenguajes emergentes. La IA puede ser el territorio común donde ambas generaciones dejen de sospecharse y vuelvan a aprender juntas.

En México, además, la elección de carrera revela una tensión profunda entre tradición, prestigio y futuro. El Instituto Mexicano para la Competitividad señala en Compara Carreras 2025 que cinco carreras predominan desde 2005: Administración, Ingeniería Industrial, Derecho, Psicología y Contabilidad. Algunas profesiones tradicionales podrían perder hasta 25% de su demanda laboral en los próximos años, mientras los perfiles asociados a datos e inteligencia artificial crecen con fuerza y los egresados de ciencias exactas y computación representan apenas 8% del total.

El dato no debe interpretarse como desprecio hacia las carreras tradicionales. Sería pobre y tecnocrático hacerlo. Lo que muestra es una dislocación entre imaginarios familiares de estabilidad y transformaciones efectivas del mercado. Muchas familias siguen asociando ciertas profesiones con seguridad simbólica. Muchos jóvenes eligen desde mapas heredados. Muchas universidades siguen comunicando sus programas con lenguajes de prestigio que pertenecen a otro ciclo histórico. Mientras tanto, el mercado laboral exige evidencias, portafolios, capacidad de aprendizaje continuo, comprensión de datos, criterio ético, alfabetización tecnológica, pensamiento complejo y comunicación estratégica.

Las humanidades y las ciencias sociales ocupan aquí un lugar incómodo y necesario. No han perdido relevancia; han perdido capacidad pública para narrar su urgencia. Cuando la inteligencia artificial reorganiza el lenguaje, la memoria, la identidad, la imagen, la autoridad, el conocimiento, el deseo y la verdad, resulta absurdo declarar prescindibles los saberes que estudian precisamente el sentido, el poder, la cultura, la subjetividad, la mediación, la justicia y la dignidad. La paradoja es cruel: cuando más necesitamos humanidades, menos logramos defenderlas ante jóvenes que sienten que no pueden darse el lujo de estudiar algo que no prometa empleabilidad inmediata.

Paulo Freire entendió que educar no es transferir contenidos, sino crear condiciones para leer críticamente el mundo. Esa lectura hoy debe incluir algoritmos, plataformas, economías de datos, automatización, desigualdad cognitiva y reputación digital. La alfabetización universitaria ya no puede limitarse a dominar disciplinas; debe formar sujetos capaces de interrogar los sistemas que ordenan la vida social. La universidad que no enseñe a leer la inteligencia artificial como cultura, economía, poder y lenguaje estará formando usuarios sofisticados, no ciudadanos críticos.

El taller donde aprende la esperanza

La universidad no debe responder a esta crisis “metiendo IA” en todos los programas como quien coloca una lámpara nueva en un edificio antiguo. La inteligencia artificial no es un accesorio curricular. Es una nueva condición de producción simbólica, económica y organizacional. Obliga a rediseñar el puente entre formación, trabajo y sentido.

Ese puente tendría que atender al menos cuatro trayectorias juveniles. La primera corresponde a quienes están por egresar y buscan su primer empleo. Para ellos, la universidad necesita crear un semestre de transición laboral aumentada, con diagnóstico de habilidades, portafolio profesional, proyectos reales, mentoría, alfabetización avanzada en IA y acompañamiento emocional. La segunda incluye a quienes acaban de egresar y necesitan convertir su título en experiencia verificable. Allí se requieren residencias profesionales pagadas, certificaciones aplicadas, redes de mentores y participación en problemas reales de empresas, organizaciones sociales e instituciones públicas. La tercera comprende a quienes ya egresaron, siguen en casa y no logran afianzarse laboralmente. Para ellos hacen falta clínicas de reingreso profesional, reskilling, salud emocional, reputación digital, entrevistas, marca personal y bolsa de proyectos. La cuarta abarca a quienes nunca recibieron formación híbrida suficiente para enfrentar la digitalización del mundo. Allí urge una alfabetización en IA generativa, automatización, comunicación profesional, datos, ciudadanía digital y ética aplicada. Pero el núcleo de la estrategia debe ser más ambicioso: proteger el primer empleo.

Así como hablamos de transición energética justa, deberíamos hablar de transición laboral juvenil justa. Las empresas no deberían usar la inteligencia artificial para cancelar posiciones de entrada, sino para rediseñarlas. El joven no debe competir contra la máquina desde el primer día; debe aprender a trabajar con ella bajo supervisión humana. El primer empleo aumentado tendría que ser un espacio pedagógico remunerado, con mentor, evaluación formativa, rotación por áreas, participación real en proyectos y evidencia pública de aprendizaje.

La vida humana no se agota en producir ni en fabricar objetos; alcanza su dimensión más propiamente pública cuando aparece ante otros, actúa, inicia algo, participa en una trama común. El primer empleo tiene algo de esa aparición. Es la entrada a una comunidad de responsabilidad. Si ese umbral desaparece, no sólo se pierde una plaza laboral. Se pierde una forma de natalidad social: el derecho de comenzar ante otros.

La universidad, entonces, debe dejar de pensarse como institución de admisión y egreso. Debe convertirse en institución de acompañamiento vital. Sus egresados no pueden ser tratados como antiguos clientes, sino como miembros de una comunidad extendida. La empleabilidad ya no puede reducirse a una bolsa de trabajo; debe convertirse en una ecología de trayectorias. Microcredenciales con sentido, observatorios de empleabilidad, laboratorios de IA, mentorías intergeneracionales, rutas de reconversión, proyectos con impacto social, vínculos empresariales responsables, espacios de cuidado psicológico y redes de aprendizaje permanente.

La OCDE ha señalado que México enfrenta desajustes de habilidades más altos que el promedio regional de sus países miembros: 36% de los trabajadores se encuentra en empleos que no corresponden a su nivel educativo, con diferencias importantes entre entidades. Ese dato expone una herida estructural: no basta formar más profesionales si el sistema no sabe articular educación, territorio, vocación productiva y proyecto de vida.

La cuestión económica es evidente. Pero debajo de ella hay una dimensión más honda. El trabajo no es sólo ingreso. Es pertenencia, tiempo compartido, reconocimiento, aprendizaje, contribución. Cuando una generación queda suspendida entre el título y la oportunidad, no sólo pierde dinero; pierde narrativa. Se queda sin el relato que le permite decir: “estoy entrando al mundo, estoy aprendiendo, estoy aportando, estoy siendo visto”. El primer empleo también distribuye capital simbólico: da nombre, posición, referencias, confianza, red, lenguaje. Cancelarlo o precarizarlo es intensificar una desigualdad que después se presentará falsamente como falta de mérito individual.

El joven hiperformado, hiperevaluado e hiperexigido corre el riesgo de vivir la educación como una sala de espera ansiosa y el trabajo como una carrera contra sistemas que nunca se cansan. Frente a ello, la universidad no puede limitarse a producir adaptabilidad. Debe producir resonancia: vínculos significativos con el conocimiento, con los otros, con la técnica, con la comunidad, con el futuro.

La inteligencia artificial no cancela la universidad. La obliga a decir la verdad sobre sí misma. La obliga a dejar de vender certezas donde sólo hay complejidad. La obliga a abandonar la comodidad del título como promesa automática y recuperar su vocación más profunda: formar conciencia, no sólo competencia; criterio, no sólo habilidad; comunidad, no sólo networking; sentido, no sólo empleabilidad.

El primer empleo no debe ser la víctima silenciosa de la revolución algorítmica. Si desaparece ese umbral, desaparece también el derecho de una generación a comenzar. Y una sociedad que cancela la primera oportunidad de sus jóvenes cancela, sin saberlo, su propia continuidad moral.

La universidad debe volver a ser puente. No un puente nostálgico hacia el mundo que se fue, sino un puente audaz hacia el mundo que todavía puede ser construido. Un puente donde la técnica dialogue con la ética, donde la inteligencia artificial no sustituya la esperanza, donde las humanidades recuperen su fuerza pública, donde las mujeres jóvenes no paguen otra vez el costo de la transición, donde las generaciones aprendan juntas y donde cada estudiante descubra que su futuro no está escrito por una máquina, por un mercado ni por una estadística. Está escrito, todavía, en la posibilidad humana de aprender, vincularse, crear y responder por el otro. La pregunta que queda ardiendo no es si los jóvenes estarán listos para el trabajo del futuro, sino si nosotros estaremos dispuestos a no cerrarles la puerta antes de que puedan tocarla.

Doctor en Comunicación Aplicada por la Universidad Anáhuac; miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel 1. Expresidente de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación, AMIC y del Consejo Nacional para la Enseñanza e Investigación de las Ciencias de la Comunicación, CONEICC. Investigador en temas de Cultura digital e Inteligencia Artificial. Actualmente es Coordinador General del Human & Nonhuman Communication Lab de la Facultad de Comunicación en la Universidad Anáhuac México.

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