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Trump quiere un Papa a su medida, pero León no lo es ni será
Eduardo Ruiz-Healy | Ruiz-Healy Times
“Si yo no estuviera en la Casa Blanca, León no estaría en el Vaticano.” Así escribió Donald Trump el domingo pasado en su red TruthSocial al referirse al papa León XIV. Lo acusó de ser “débil con el crimen” y “débil con las armas nucleares”, de no objetar que Irán posea la bomba y de criticar su intervención en Venezuela. Más tarde, dijo: “No creo que esté haciendo un buen trabajo. Le gusta el crimen, supongo. No soy un gran admirador del papa León.” Fue la primera vez en la historia moderna que un presidente estadounidense criticó públicamente a un pontífice.
El detonador fue el secretario de Defensa Pete Hegseth, que le dio un sesgo religioso a la guerra de Irán, al citar el Salmo 144 —“Bendito sea el Señor, mi roca, que adiestra mis manos para la guerra”—, al rezar en el Pentágono para que “cada bala encuentre su blanco contra los enemigos de la justicia” y proclamar al anunciar la tregua que “Dios merece toda la gloria.”
Ese lenguaje llevó a León XIV a responder, en su homilía del Domingo de Ramos, con Isaías 1:15: “Aunque multipliques las oraciones, no escucharé: tus manos están llenas de sangre”, y a sentenciar que Jesús, rey de la Paz, rechaza la guerra y que nadie puede invocarlo para justificarla.
Como fraile agustino, el Papa parte de una premisa precisa: la paz es el fruto de un orden justo, la tranquilidad del orden (tranquillitas ordinis) que define San Agustín. El uso de la fuerza solo es legítimo si restaura la justicia. Cuando genera más caos y víctimas civiles, pierde toda legitimidad.
Desde esa lógica, condena a los dos bandos. El régimen de los ayatolas es la encarnación de lo que San Agustín llamó banda de ladrones (magna latrocinia), que usa el nombre de Dios para financiar a terroristas, desarrollar armas nucleares y reprimir sangrientamente a su pueblo. Para León, el gobierno iraní opera fuera de cualquier estándar de justicia. Pero de las democracias occidentales, él espera otra conducta. Al reprobar la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel, denuncia la “soberbia del justo”, que consiste en creer que toda acción es legítima por venir de una democracia. O sea que una teocracia actúe sin frenos no sorprende, pero que una democracia bendiga sus bombas con salmos es inadmisible.
El 84% de los católicos estadounidenses ve favorablemente a León XIV, según una encuesta de Pew Research. Trump predice el declive de su pontificado, pero los datos dicen lo contrario: las parroquias de EU registran un alza promedio del 38% en las conversiones, con picos del 139% en Los Ángeles.
“No tengo miedo de la administración Trump, ni de hablar en voz alta del mensaje del Evangelio”, respondió León XIV el lunes al volar rumbo a Argelia —la tierra de San Agustín—. Y añadió: “No somos políticos. Demasiados inocentes están siendo asesinados. Alguien tiene que decir que hay un camino mejor”. Sobre TruthSocial, dijo con ironía: “El nombre del sitio lo dice todo”.
En su mensaje, Trump le exige que sea un gran papa y no un político. León está haciendo exactamente eso al recordarle al mundo que ningún poder temporal —ni una teocracia tiránica ni una sin importar quien la encabece— queda eximido del juicio moral. Eso, precisamente, es lo que no le gusta a Trump.
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