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Opinión

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La transformación de la violencia en Tabasco

Rafael Lozano | Columna Invitada

A principios de agosto, el INEGI publicó las cifras preliminares de defunciones por homicidio correspondientes a 2025 en México. A nivel nacional, la tasa descendió de 25.8 homicidios por cada 100 mil habitantes en 2024 a 21.4 en 2025. Pero en el estado de Tabasco ese no fue el caso: la tasa pasó de 33.8 a 35.9. Hay que tener cuidado: quedarse en la comparación con el año anterior reduce la dimensión del cambio.

En 2023, Tabasco registró 11.1 homicidios por cada 100 mil habitantes; dos años después la tasa llegó a 35.9. En apenas un par de años se multiplicó por más de tres. El estado pasó de una situación de violencia interpersonal relativamente contenida al nivel de violencia homicida más alto de su historia reciente.

Durante cerca de 25 años Tabasco se mantuvo casi siempre con una tasa de un dígito: menos de 10 homicidios por cada 100 mil habitantes. Hubo fluctuaciones y algunos años peores que otros, pero durante buena parte de ese periodo su perfil de mortalidad por homicidio era muy distinto del actual.

Antes de que Tabasco cambiara su tendencia, algunas regiones del estado ya seguían trayectorias distintas. Los Ríos ocupa el extremo oriental y llega hasta la frontera con Guatemala; la Chontalpa se extiende hacia el occidente, en buena parte del corredor petrolero; Centro reúne a Villahermosa y su entorno; la Sierra se despliega hacia el sur del estado y Pantanos ocupa buena parte del centro-oriente. Sus trayectorias de violencia no han sido iguales.

La primera señal apareció en la región de Los Ríos, integrada por los municipios de Tenosique, Balancán y Emiliano Zapata. Su condición fronteriza, las rutas migratorias y distintos mercados ilegales hicieron que esa parte del estado alcanzara niveles elevados de homicidios antes que el resto.

Desde mediados de los años 2000 comenzó a dibujarse otra trayectoria. Las regiones de Centro, la Chontalpa y posteriormente la Sierra empezaron a ascender; después de 2015 todas las regiones llegaron a registrar tasas de homicidios de dos dígitos. Al mismo tiempo, el crecimiento del robo de hidrocarburos dio un nuevo valor a determinados territorios. Ductos, carreteras, puntos de distribución y rutas dejaron de ser solamente infraestructura económica para convertirse también en espacios codiciados por las economías ilegales.

Entre 2020 y 2023 ocurrió algo distinto: los homicidios descendieron de manera importante.

La pandemia redujo durante un tiempo la movilidad y buena parte de la actividad cotidiana. Al mismo tiempo aumentó la presencia de fuerzas federales de seguridad, incluidas las Fuerzas Armadas y la Guardia Nacional, alrededor de grandes proyectos federales y en el combate al robo de hidrocarburos. La construcción de la refinería de Dos Bocas, en la Chontalpa, y del Tren Maya, en Los Ríos, absorbió una cantidad importante de mano de obra local. Además, durante esos años disminuyó la confrontación abierta entre las principales organizaciones criminales que operaban en el estado.

Esos factores coincidieron con el descenso, pero no significaban que hubieran desaparecido las condiciones que alimentaban la violencia. La movilidad regresó, la fase más intensiva de construcción de las grandes obras terminó y la confrontación entre organizaciones criminales volvió a intensificarse. Diversos análisis sitúan a finales de 2023 la fragmentación de La Barredora y la disputa con el Cártel Jalisco Nueva Generación como el comienzo de una nueva etapa.

En 2024 la situación volvió a cambiar. La historia regional se aprecia mejor agrupando los años según sus principales cambios de trayectoria.

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Los Ríos comienza el periodo con niveles comparativamente altos, pero no termina encabezando la violencia. Centro, la Chontalpa y la Sierra recorren el camino contrario: parten de niveles menores, comienzan a ascender desde mediados de los años 2000, pasan a tasas de dos dígitos después de 2015 y alcanzan sus niveles más altos en 2024-2025.

La Sierra ofrece quizá la imagen más clara de esa transformación. Teapa había permanecido durante buena parte de la serie con tasas de un dígito. Pero en 2024 alcanzó cerca de 84 homicidios por cada 100 mil habitantes. Por tratarse de un municipio con pocos habitantes, la tasa puede cambiar mucho con relativamente pocos homicidios y por eso, debe leerse con cautela. Aquí el dato importa menos por el récord que por lo que representa: la violencia había llegado a territorios que antes no formaban parte de su geografía más intensa.

Lo ocurrido en 2024 y 2025 no fue, entonces, simplemente un aumento generalizado de los homicidios. Cambió también el mapa de la violencia. El municipio de Centro —no toda la subregión del mismo nombre— reunió por sí solo alrededor de la mitad de los homicidios del estado en 2025. Allí se encuentra Villahermosa.

Esa concentración territorial tiene también una expresión en la manera en que la población vive la inseguridad. La Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del propio INEGI sólo representa a Villahermosa y no debe extrapolarse al conjunto de Tabasco. Pero tampoco toma el pulso de un lugar marginal: observa la capital, situada precisamente en el municipio donde se concentra una parte muy importante de los homicidios.

En diciembre de 2023, casi siete de cada diez personas adultas entrevistadas en Villahermosa consideraban inseguro vivir en su ciudad. Un año después eran más de nueve de cada diez. Para diciembre de 2025 la proporción había disminuido, pero todavía superaba ocho de cada diez.

El homicidio y la percepción de inseguridad no miden lo mismo ni tienen por qué moverse exactamente juntos. Uno registra el desenlace más extremo de la violencia; la otra recoge lo que las personas ven, escuchan y experimentan, las rutinas que modifican y los lugares que dejan de frecuentar. Colocarlos uno junto al otro ayuda a entender que la transformación no ocurrió únicamente en una estadística.

La tasa estatal resume; las regiones muestran las diferencias; el municipio localiza la concentración; la percepción permite acercarse a cómo se vive. Pero todavía falta una pregunta: ¿qué es lo que se disputa?

Como ha planteado recientemente Claudio Lomnitz, quedarse sólo en los delitos o en los nombres de las organizaciones criminales puede ocultar una parte importante del problema. Conviene preguntar alrededor de qué economías se organiza la violencia. En Tabasco esa pregunta conduce al robo de hidrocarburos, las rutas migratorias, las carreteras, la infraestructura petrolera y el control de territorios que permiten mover personas, mercancías y recursos. Lomnitz ha insistido justamente en mirar las economías que son reguladas mediante violencia, en lugar de reducir el problema a una suma de delitos independientes.

Eso ayuda a leer el mapa de otra manera. Los Ríos, la Chontalpa, Centro o la Sierra no son simplemente lugares donde por azar subieron los homicidios. Son territorios cuyo valor económico, logístico o estratégico ha cambiado y, con él, también las disputas por controlarlos.

Pero esas economías tampoco actúan en el vacío. El descenso observado entre 2020 y 2023 recuerda que también cuentan la movilidad, el empleo, la presencia del Estado y su capacidad para controlar rutas, infraestructura y territorios. No basta con sustituir una explicación basada exclusivamente en “el narco” por otra que lo atribuya todo a pobreza o desigualdad. La violencia surge de relaciones más complejas entre economías, organizaciones, instituciones y territorios. Lomnitz cuestiona que esta pueda reducirse simplemente a desigualdad o distribución de dinero.

La violencia en Tabasco tampoco apareció de un día para otro en 2024. Venía cambiando desde años atrás: primero en territorios específicos, después alrededor de nuevas economías ilegales y rutas estratégicas, más tarde bajo una combinación excepcional de circunstancias que coincidieron con una reducción de los homicidios y finalmente en una nueva disputa que alcanzó regiones hasta entonces menos afectadas.

Conviene entonces regresar al punto de partida. Que la tasa nacional de homicidios haya bajado en 2025 es una buena noticia y merece reconocerse. Pero la mejoría no fue uniforme. Baja California Sur, Sinaloa, Sonora y Tabasco quedaron fuera de esa tendencia. Y los promedios estatales esconden, a su vez, municipios donde la violencia se concentra con mucha mayor intensidad.

Esa es quizá la lección que deja Tabasco. No basta con preguntar si México mejora; hay que mirar dónde no mejora, dónde se concentra la violencia, qué vuelve estratégicos a esos territorios y qué condiciones permiten que la violencia persista.

Los homicidios pueden bajar en promedio y seguir concentrándose en lugares concretos. Tabasco es una de esas excepciones: no sólo aumentaron los homicidios, cambió el mapa de la violencia.

El promedio nacional mejora. Los territorios no necesariamente lo hacen al mismo tiempo.

Referencias para profundizar la lectura

Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Defunciones por homicidio. Reporte de resultados 28/26. México: INEGI; 3 de agosto de 2026. Disponible en: https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2026/edr/DH2025en-jn_RR.pdf

Sánchez Valdés VM. El incremento en la violencia en Tabasco. Nexos. Caminos sin ley. 10 de diciembre de 2024. Disponible en: https://seguridad.nexos.com.mx/el-incremento-en-la-violencia-en-tabasco/

El autor agradece a Juan Jose González su apoyo en la curación de datos.

*Investigador Emérito del SNII. Profesor Emérito del Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud. Universidad de Washington. rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano

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El autor es profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Facultad de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington. Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor.

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