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La trampa de las tijeras

OpiniónEl Economista

Nos prometieron que creceríamos al 7% anual. Luego al 5%. Hoy, apenas crecemos menos del 1%. Esta semana nos enteramos de que estamos virtualmente en recesión.

La realidad ha alcanzado al dogma y a la falta de planeación. Durante el sexenio de López Obrador, la improvisación económica —con la Presidencia manejando la economía como si fuera una mañanera más— causó lo que hoy tiene que sostener Claudia Sheinbaum. Y los números de esta semana son la factura más clara de ese desastre.

El IGAE cayó 0.9% mensual en enero, el peor arranque de año desde 2009. A tasa anual, la economía creció apenas 0.5%, una fracción del 2.3% de diciembre. Los tres sectores productivos retrocedieron simultáneamente: agricultura, industria y servicios. No es un bache estacional: es agotamiento estructural de un modelo que privilegió transferencias sobre inversión.

La industria lo confirma. La producción manufacturera, que representa dos terceras partes del sector industrial y cerca del 20% del PIB, cayó 1.1% mensual y acumula diez contracciones anuales en once meses. La construcción retrocedió otro 1.1%, evidenciando el fin del ciclo de grandes obras públicas que nunca generaron el efecto multiplicador prometido. Minería y energía tampoco escaparon. La debilidad no es sectorial: es generalizada.

Pero el golpe más duro llegó el lunes. La inflación de la primera quincena de marzo se disparó a 4.63% anual —la más alta para ese periodo en una década—, rebasando el 4.37% que esperaban los analistas de Bloomberg. El jitomate subió 32% en quince días; los agropecuarios, 9.69% anual. Y la subyacente, en 4.46%, revela que las presiones no son solo un problema de clima: están enquistadas en la formación de precios.

Aquí está la trampa, y es clásica. Una economía que se enfría necesita estímulo monetario; una inflación desbocada exige restricción. Banxico no puede hacer ambas cosas a la vez. Tras pausar su ciclo de recortes en febrero y recorrer al 2027 la convergencia a su meta de 3%, la Junta decide hoy bajo presiones cruzadas. El mercado está partido: unos piden recorte de 25 puntos base por la debilidad del IGAE; Banamex y Banorte exigen mantener la tasa en 7%.

El único contrafuerte es el consumo. Las ventas minoristas crecieron 4.7% anual en enero, hilando trece meses positivos gracias a la masa salarial y al auge del comercio digital, que creció casi 24%. Pero este pilar tiene fecha de caducidad si la inflación sigue devorando poder adquisitivo, las remesas se debilitan y el tipo de cambio —oscilando entre 17.70 y 17.90— se tensiona por la guerra en Medio Oriente y la amenaza arancelaria permanente de Trump.

El factor que convierte todo en riesgo sistémico: la revisión del T-MEC en julio. La inversión fija bruta ya se contrajo ante la incertidumbre sobre reglas de origen, y las reformas constitucionales que desmantelan organismos autónomos y politizan al poder judicial ahuyentan al capital extranjero justo cuando más se necesita.

Banxico decidirá hoy entre dos males. Pero ni un recorte ni una pausa resuelven lo de fondo. Lo que heredó Sheinbaum no se arregla con política monetaria: se necesita un giro de timón en política económica, recuperar la inversión pública productiva y enviar señales de certidumbre institucional.

O México encuentra ese rumbo, o las tijeras de la estanflación terminarán cortando lo único que aún sostiene a esta economía: la confianza.

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