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Opinión

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Superabundancia, el mundo no se va a acabar

Gabriel Quadri de la Torre | Verde en serio

Tenemos un planeta Tierra finito con recursos naturales y capacidades de carga finitas. Por tanto, pensaríamos que la economía de mercado no puede expandirse indefinidamente cuando existen restricciones físicas, ecológicas y biogeoquímicas evidentes. Algo trágico tendría que interrumpir el proceso de crecimiento en algún momento, sean nuevas revoluciones sociales, catástrofes naturales, escasez aguda y generalizada, guerras por recursos naturales, hambrunas y migraciones apocalípticas, y/o enfermedades epidémicas. Estas hipótesis que evocan claramente a Malthus, fueron reiteradas desde los años setentas del siglo pasado de diversas formas por Paul R. Ehrlich (“The Population Bomb”) de Stanford – recientemente fallecido –, y Dennis y Donella Meadows del MIT y el Club de Roma con “Los Límites del Crecimiento” y sus secuelas. Una y otra vez pronosticaron que en pocos lustros o décadas llegaría el final, con un agotamiento y colapso de las capacidades del planeta Tierra para soportar a la humanidad. Muchos se entusiasmaron con estos pronósticos que permitirían derrocar al capitalismo que odiaban, ya que el socialismo había fracasado en ello de manera estrepitosa y trágica. Pero el final del capitalismo no se materializó. Ehrlich, los Meadows y el Club de Roma ignoraron la formidable inventiva humana, y las capacidades tecnológicas inagotables del capitalismo para adaptarse y encontrar solución a problemas de escasez y agotamiento, de degradación ambiental, y de pobreza. No contaban con que, en el capitalismo, el sistema de precios es un software increíblemente poderoso. Precios más altos indican escasez.

De inmediato, esto pone en marcha una asombrosa maquinaria de investigación, innovación científica y tecnológica, intercambio y colaboración, inversión, creación de empresas y derechos de propiedad, cadenas productivas y nuevos mercados. Por ejemplo, en agricultura y alimentación, hoy, la disponibilidad calórica por persona es 30% mayor que en 1960 (casi 3,000 Kcal diarias) a pesar de que se ha triplicado la población. Ha crecido hasta cinco veces la productividad agrícola por hectárea, lo que también ha redundado en menores presiones hacia la deforestación. Todo ello, debe subrayarse, mientras se ha abatido espectacularmente la pobreza extrema, del 42% de la población global en 1980, a menos del 8% en la actualidad; es decir, de 2,000 millones de personas a 700 millones, con tecnologías más productivas, y creando riqueza y empleo a escalas formidables. En 1980 Ehrlich y colegas cruzaron una apuesta con Julian Simon de la Universidad de Maryland, de que, en diez años, el precio de una canasta básica de metales (cromo, cobre, níquel, estaño y tungsteno) se incrementaría notablemente en términos reales por la escasez. En 1990 los cinco metales tenían un precio real menor al de 1980, eliminando el “ruido” o volatilidad coyuntural en los precios. Ehrlich perdió 576 dólares, cantidad que reflejaba una caída de 36% en términos reales en el precio de la canasta de metales básicos. (Ehrlich declinó una nueva apuesta por 20,000 USD). La caída ha continuado con el tiempo. Inspirados por Simon, Gale Pooley y Marian Tupy han desarrollado un índice de precios para 50 productos fundamentales en 42 países que representan el 85% del PIB global y 66% de la población – incluyendo metales, combustibles y alimentos – normalizado por el salario promedio, y multiplicado por la población mundial, llamado Simon Abundance Index. Entre 1980 y 2025 este índice creció de 100 a 536, y permitió un incremento de 244% en la abundancia per cápita de recursos. Es decir, la disponibilidad de recursos crece más rápido que la población. Esto, llamado Superabundancia, ocurre concurrentemente con la solución a complejos problemas ambientales, sobre todo en países desarrollados y también en muchas naciones emergentes y de ingresos medios. Ahí está la descontaminación asombrosa de grandes ríos en Europa, América del Norte, y aún en China; la Transición Forestal y recuperación de bosques; rehabilitación de ecosistemas y reintroducción de especies clave; reducción radical en la contaminación atmosférica; triunfo de la energía limpia y despliegue acelerado de vehículos eléctricos; resurgimiento de la energía nuclear; restablecimiento de la capa de ozono; combate eficaz a la lluvia ácida; creación de grandes Áreas Protegidas terrestres y marinas; y, prohibición generalizada de plaguicidas organoclorados. El cambio climático, desafío estratégico del siglo XXI, planteando altos costos y riesgos inaceptables, no va a extinguir a la humanidad. La población total del planeta se estabilizará y comenzará a reducirse gracias a la urbanización y al desarrollo económico, al tiempo que las energías limpias se expanden rápidamente a costa de los combustibles fósiles. Obvio, hay una larga agenda de pendientes que tendrá que irse resolviendo gradualmente con nuevas tecnologías e instituciones de gobernanza global y local, como la sobrexplotación pesquera y conservación de los mares y problemas acuciantes que genera la pobreza. Tal es el caso de la deforestación en países tropicales, la basura plástica, y la sobrexplotación y contaminación de recursos hídricos. Estos serán resueltos con tecnología, inversión, y nuevas instituciones y capacidades regulatorias de los Estados, obligadamente, en un escenario de desarrollo económico y consecuente abatimiento de la pobreza.

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.

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