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Opinión

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¿Son neutrales los estilos de vida saludables?

Rafael Lozano | Columna Invitada

No es igual comer con tiempo, ingreso, cocina, transporte y oferta cercana, que hacerlo después de una jornada larga, con dos o tres horas de traslado, poco dinero y lo único disponible a la mano. Hay vidas que pueden diseñarse; otras se arreglan, día a día, con lo disponible. Y sin embargo, si a cualquiera de esas dos personas algo le llega a pasar, es probable que escuche la misma frase: no llevaba un estilo de vida saludable. La etiqueta es idéntica. Las vidas, no.

“Estilos de vida saludables” es una expresión tan habitual en la salud pública que pocas veces nos detenemos a preguntar qué presupone. Suena técnica, razonable, hasta amable. No habla de vicios, malas costumbres ni irresponsabilidad. Sólo parece describir la manera en que las personas comen, duermen, se trasladan, trabajan, descansan, consumen o se relacionan. Pero esa neutralidad es engañosa.

La palabra estilo supone que alguien organiza y elige una forma de vivir. Y, desde luego, las personas tomamos decisiones. Tenemos preferencias, cambiamos prácticas, rechazamos algunas cosas y adoptamos otras. Negarlo sería reducirnos a meros efectos del entorno.

Por eso vale la pena preguntar a qué se refiere realmente esa expresión. ¿Describe lo que se elige? ¿Registra patrones? ¿O convierte arreglos forzados de la vida cotidiana en decisiones privadas?

Una parte de la respuesta está en la historia. En 1974, Marc Lalonde incorporó los estilos de vida a un marco que buscaba ampliar el campo de acción más allá de la atención a los enfermos. Propuso, sin restarles valor a los hospitales, médicos y tratamientos, que no fueran considerados la respuesta casi exclusiva a los daños y padecimientos de una población. Para ello distinguió cuatro campos: biología humana, ambiente, organización de la atención y estilos de vida.

Fue un cambio de orientación. Permitió mirar más allá de los servicios y atender a ámbitos de la vida cotidiana —vivienda, trabajo, ciudad, alimentos, transporte, relaciones y tiempo disponible— que participan en la producción y distribución de exposiciones, riesgos y posibilidades de cuidado.

Pero la categoría no operó sola. En las décadas siguientes ganó presencia una epidemiología orientada a identificar variables próximas a ciertos desenlaces: visibles, medibles y, al menos en principio, modificables. El tabaquismo, la alimentación, el movimiento, el sueño o el consumo de alcohol adquirieron así un lugar propio. Esa epidemiología no negaba el ambiente ni la desigualdad. Simplemente, los factores cercanos resultaban más fáciles de observar, cuantificar e intervenir que las condiciones que organizaban su distribución.

La medicina social planteaba otra advertencia: ambiente, servicios y prácticas cotidianas no eran compartimentos separados ni una suma de factores, sino parte de una misma organización social. La cuestión no era negar las prácticas individuales, sino evitar que una distinción analítica se convirtiera en una separación práctica.

Cuando esa separación ocurrió, el riesgo pudo localizarse antes en la persona que en la jornada laboral, el precio de los alimentos, el transporte, la publicidad, la inseguridad o el cuidado de otros. La operación oculta fue convertir una distribución social de exposiciones y restricciones en una suma de decisiones individuales. La expresión “estilos de vida” comenzó a parecer neutral justamente porque permitía realizar ese traslado sin nombrarlo.

Robert Crawford advirtió ese riesgo en 1980. Lo llamó salutismo. Aceptaba que las prácticas cotidianas influyeran en la vida de las personas sin negar el valor del autocuidado. Pero su preocupación era otra: que la salud personal se convirtiera en una obligación moral y que los daños y padecimientos se buscaran, sobre todo, en la modificación de los estilos de vida.

La advertencia sigue siendo vigente, porque toca dos asuntos que suelen confundirse. El primero es la moralización del riesgo. En epidemiología, un riesgo es una probabilidad: indica que, en ciertas circunstancias, algo ocurre con mayor frecuencia. Sin ser un juicio sobre una persona, puede convertirse en una biografía moral, cuando se traduce en estilo de vida. Quien fuma, come de cierta manera o no hace ejercicio ya no aparece sólo como alguien expuesto a un riesgo; comienza a ser considerado alguien que no se cuidó o no hizo lo suficiente para prevenir el daño.

El segundo es la ambivalencia del autocuidado. Cuidarse puede ampliar la autonomía: comprender una condición, tomar decisiones, pedir atención a tiempo, seguir un tratamiento, evitar un daño o sostener una recuperación. El problema aparece cuando se transforma en la obligación de administrar individualmente riesgos cuya producción sigue siendo laboral, urbana, comercial o ambiental. Entonces ya no se ofrece poder para decidir; se exige que cada persona compense con disciplina aquello que el entorno le impone. La diferencia es decisiva: acompañar no es abandonar a alguien a la gestión solitaria de riesgos compartidos.

La Carta de Ottawa, en 1986, dio una formulación más amplia a la promoción de la salud. Reconoció que la atención a los enfermos, aun siendo indispensable, no agota las responsabilidades sobre las condiciones en que transcurre la vida. Por eso incluyó políticas públicas, entornos favorables, acción comunitaria, capacidades personales y reorientación de los servicios. No fue una carta sobre hábitos. Su ambición era mayor.

Sin embargo, la promoción de la salud contiene una tensión que sigue sin resolverse. Puede significar ampliar las posibilidades de las personas para decidir sobre su vida. Pero también puede significar enseñarles a administrar mejor los riesgos que otros produjeron. Puede ser una forma de dar poder o una manera elegante de transferir responsabilidades.

La promoción se vuelve problemática cuando deja de reducir daños y empieza a promover un personaje: alguien activo, delgado, moderado, previsor, emocionalmente equilibrado, informado, productivo y siempre disponible para cuidar de sí mismo. Entonces no sólo se promueven ciertas prácticas. Se promueve una forma correcta de ser.

Ese personaje parece capaz de anticipar, calcular y controlar todo lo que le sucede. Pero nadie puede hacerlo por completo. Una enfermedad, una discapacidad, una pérdida, una crisis económica, una jornada extenuante o la necesidad de cuidar a otros pueden alterar la vida mejor organizada. Convertir la salud en prueba de mérito es olvidar que vivir incluye vulnerabilidad, dependencia, contingencia y límites.

Tal vez el problema esté también en la gramática de la promoción de la salud. Esa fórmula supone que alguien puede definir qué es la salud, promoverla y esperar que otras personas la reciban o incorpore. Pero, en realidad, no sabemos con precisión suficiente qué es la salud como para convertirla en un modelo único de vida. Podemos reconocer daños, limitaciones, exposiciones y riesgos evitables; mejorar servicios, prevenir intoxicaciones, reducir violencia, proteger el descanso o asegurar alimentos. Eso no nos autoriza a decidir cómo debe vivir cada persona para ser considerada saludable, ni a suponer que una vida puede evaluarse por su cercanía a un ideal sanitario.

Tampoco bastaría con sustituir “estilos de vida saludables” por “capacidades”. La palabra suena más generosa, pero puede terminar pidiendo a cada quien que sea más resistente, informado y adaptable frente a condiciones que nadie se atreve a modificar.

Pensemos así: el cuerpo lleva un registro de todo lo que atraviesa desde antes de nacer y a lo largo de la vida — el aire que respiró, el agua, los alimentos, el ruido, el estrés del trabajo, la vivienda. A esa acumulación los científicos la llaman exposoma. Pero las personas no solo reciben esas condiciones: las habitan, las interpretan, las evitan cuando pueden, las modifican colectivamente o quedan atrapadas en ellas cuando no pueden. A ese conjunto de prácticas mediante las cuales personas y comunidades se relacionan con sus exposiciones se le ha llamado antroposoma.

El ambiente, en otras palabras, está humanizado para bien y para mal. Lo organizan mercados, ciudades, trabajo, políticas públicas, redes de cuidado y prácticas cotidianas. Pero la capacidad de acción sobre él nunca está repartida por igual: una comunidad puede organizarse para proteger su agua o exigir transporte; una trabajadora aislada difícilmente puede cambiar por sí sola un horario que destruye su descanso.

Por eso la promoción no debería pertenecer por completo ni a la medicina ni a la salud pública. La medicina puede acompañar el sufrimiento, la enfermedad, el tratamiento y la recuperación de personas concretas. La salud pública puede identificar exposiciones, hacer visibles desigualdades, regular daños y organizar respuestas colectivas. Pero cuando se habla de alimentación, descanso, trabajo, ciudad, cuidados, contaminación, publicidad o vivienda, el problema ya no cabe en una sola disciplina.

La orientación tendría que ser transdisciplinaria. No como una reunión de expertos que agregan perspectivas a un problema ya definido, sino como la disposición a redefinirlo con urbanistas, juristas, economistas, antropólogos, ambientalistas, trabajadores, comunidades y quienes viven esas condiciones. La salud pública no perdería importancia; perdería, quizá, la pretensión de ser propietaria de la promoción. Esa renuncia no la debilita: le permite articular responsabilidades que la exceden.

La pregunta, entonces, no sería cómo lograr que las personas adopten estilos de vida saludables. Sería otra, más directa: ¿qué condiciones convierten ciertas formas de desgaste, exposición y enfermedad en desenlaces previsibles de la vida cotidiana?

Referencias para profundizar en la lectura:

  • Crawford, Robert. “Healthism and the Medicalization of Everyday Life.” International Journal of Health Services, vol. 10, núm. 3, 1980, pp. 365–388.
  • Hardon, Anita, et al. “Anthroposomics: Integrating Anthropological Methods into Exposome Research.” Environmental Health, vol. 24, art. 75, 2025.

*El autor es investigador Emérito del SNII. Profesor Emérito del Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud. Universidad de Washington. rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano

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El autor es profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Facultad de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington. Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor.

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