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Opinión

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Rocha Moya-Maru Campos

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar

En nuestro país la política ya no se divide entre izquierda y derecha. Se divide entre los que juran ser inocentes y los que todavía no han sido descubiertos.

Ahí tiene usted al ahora exgobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, quien decidió renunciar “para facilitar las investigaciones” luego de que el gobierno de Estados Unidos prácticamente difundió su retrato como empleado del mes del crimen organizado.

Rocha Moya dijo que es inocente. Y puede ser. En México la inocencia es un derecho constitucional, hasta que aparece un testigo protegido, un audio, un video, una llamada interceptada o un colaborador arrepentido.

Luego siguen los detalles incómodos, esos que tienen la mala costumbre de aparecer cuando más se necesitan discursos patrióticos. Resulta que dos funcionarios del gobierno del sinaloense, decidieron entregarse a la justicia estadounidense. Uno de ellos, el militar en retiro, Gerardo Mérida Sánchez, tenía bajo su responsabilidad combatir a los grupos criminales. (El coyote cuidando el gallinero). El otro, Enrique Díaz Vega, también optó, como informó el Economista el pasado viernes, por cruzar la frontera para ponerse a disposición de las autoridades norteamericanas.

La oposición, naturalmente, olió sangre. El Partido Acción Nacional y Movimiento Ciudadano dijeron que la renuncia no bastaba y exigieron el desafuero. Quieren ver a Rocha sentado frente a fiscales y no escondido detrás de un comunicado redactado con el clásico tono de “todo es una campaña de desprestigio”. Porque en México ya descubrimos que la mejor manera de combatir una acusación grave no es aclararla, sino denunciar persecución política, lo cual es un programa social multipartidista.

Pero el PAN no puede ponerse demasiado digno, porque apenas terminaron de señalar la mugre ajena cuando alguien les prendió la luz del sótano: el caso de la gobernadora panista de Chihuahua, Maru Campos, convertida en la villana favorita del oficialismo, luego del escándalo surgido tras el accidente donde murieron dos agentes de la CIA que operaban en territorio chihuahuense.

La 4T acusó a la señora Campos de traición a la patria, de violación a la soberanía y exigieron juicio político como si estuvieran reviviendo las épocas en que el PRI acusaba de agentes extranjeros hasta a los que escuchaban rock en inglés. Acción Nacional dijo que se trataba de una cacería política, una exageración propagandística y una maniobra para distraer la atención del desastre nacional.

Pero no nos hagamos, la relación de nuestros gobiernos con las agencias estadounidenses siempre ha sido como esos matrimonios tóxicos donde todos saben que el marido tiene otra casa, pero se hacen los sorprendidos cuando aparece la fotografía. Durante décadas los políticos mexicanos han negado cualquier intervención extranjera mientras intercambian información con los organismos de seguridad al norte del Río Bravo. (Remember Gustavo Díaz Ordaz: Litempo-2 y Luis Echeverría: Litempo-8).

La diferencia es que antes todo ocurría discretamente. Hoy, los gobiernos no sirven ni para esconder escándalos. Se les caen secretos igual que se caen los sistemas del Metro.

Así que tenemos dos estampas magníficas de la política nacional. En un lado, Morena defendiendo soberanía mientras un gobernador suyo es acusado de llegar al poder gracias al narco. En el otro, el PAN rasgándose las vestiduras democráticas mientras enfrenta señalamientos de haber permitido operaciones extranjeras en suelo mexicano. Unos con los Mayos y los Chapos respirándoles en la nuca. Otros con la CIA paseándose por Chihuahua como turistas tácticos.

Y el ciudadano de a pie, viendo cómo los partidos se lanzan acusaciones patrióticas con el mismo entusiasmo con que antes se repartían notarías, contratos y candidaturas. La política mexicana ya no parece una democracia. Parece una serie de espionaje escrita por Cantinflas: narcotraficantes, gobernadores desaparecidos, agentes extranjeros muertos y funcionarios jurando inocencia mientras buscan abogado.

Y todavía hay quien se pregunta por qué el mexicano promedio ya no distingue entre derecha e izquierda. Muy sencillo: porque hace tiempo que ambas terminaron operando en el mismo pantano, sólo que con diferente logotipo.

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Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros

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