Lectura 6:00 min
Usar el Río Tijuana para reinventar la frontera EU–Mexico para el siglo XXI
Opinión
La reciente propuesta de legisladores de California para condicionar la renovación del T-MEC al avance en la solución de la crisis ambiental del Río Tijuana ha generado preocupación en distintos sectores económicos y políticos de la frontera. Y con razón. El simple hecho de que una problemática ambiental regional pueda convertirse en moneda de cambio dentro de la negociación comercial más importante de América del Norte debería obligarnos a reflexionar seriamente sobre la magnitud del problema que hemos dejado crecer durante décadas.
Sin embargo, más allá de la reacción inmediata o del nacionalismo defensivo que suele aparecer en estos momentos, quizá los fronterizos deberíamos entender este episodio como una oportunidad histórica para replantear el modelo de desarrollo de la frontera México–Estados Unidos.
Porque el verdadero problema no es únicamente el Río Tijuana. El problema de fondo es que durante décadas la frontera norte creció económicamente más rápido de lo que crecieron sus capacidades urbanas, ambientales e institucionales.
La región fronteriza se convirtió en uno de los motores manufactureros más importantes del continente, pero sin la inversión pública equivalente en infraestructura hidráulica, movilidad, vivienda, saneamiento, transporte, energía y planeación urbana. El resultado está a la vista: ciudades económicamente dinámicas, pero profundamente rezagadas en calidad de vida y sustentabilidad.
La contaminación transfronteriza es simplemente el síntoma más visible de ese desequilibrio.
Por eso, en lugar de ver la discusión sobre el T-MEC únicamente como una amenaza, quizá deberíamos verla como una ventana para proponer una nueva generación de cooperación fronteriza. Y ahí es donde el Banco de Desarrollo de América del Norte (NADBank) podría convertirse nuevamente en un instrumento estratégico.
El NADBank nació como resultado paralelo al TLCAN de 1994, bajo la lógica de que una integración económica acelerada requería también inversión ambiental binacional. La idea era correcta. El problema es que el banco nació con capacidades limitadas frente a la velocidad y magnitud del crecimiento fronterizo.
Treinta años después, la realidad exige algo mucho más ambicioso.
Hoy necesitamos discutir una nueva versión del NADBank: una institución con mayor capacidad financiera, técnica y jurisdiccional para atender no solamente el rezago de infraestructura ambiental, sino también para impulsar proyectos integrales de planeación urbana sustentable en ambos lados de toda la frontera.
La frontera del siglo XXI no puede seguir pensándose únicamente como una plataforma manufacturera de bajo costo. Tiene que convertirse en una región modelo de desarrollo urbano, innovación hídrica, infraestructura verde, energía limpia y competitividad sustentable e impulso a nuestro talento binacional.
Y aunque esta visión pueda parecer aspiracional, en realidad no es nueva.
México ya tuvo un antecedente extraordinariamente visionario en los años sesenta con el Programa Nacional Fronterizo (PRONAF), impulsado por el ingeniero Antonio J. Bermúdez, presidente de CANACINTRA Ciudad Juarez quien después de visitar Taiwan y su creciente modelo industrial impulsado por empresas de EEUU empezó a generar dividendos que una generación después ha dado como resultado el mayor productor de semiconductores del mundo.
El Ing. Bermúdez tuvo la visión y agallas de solo proponer sino convencer al presidente Gustavo Díaz Ordaz de crear al PRONAF para atender la masiva llegada de mano de obra mexicana que llego a las ciudades fronterizas con la terminación del programa Bracero de manera abrupta por el gobierno de Estados Unidos en 1964.
El PRONAF, se construyó no solo con la visión fronteriza del Ing. Bermúdez sino con la dirección del prestigioso arquitecto Mario Pani, entendía algo fundamental: que la frontera no debía verse únicamente como periferia del país, sino como una plataforma estratégica de modernización nacional y una herramienta de industrialización para que la frontera tuviera otro sector que el turístico.
A través del PRONAF se promovieron proyectos de urbanismo, infraestructura, imagen urbana, desarrollo económico y planeación regional en distintas ciudades fronterizas. En muchos sentidos, ahí se sentaron las bases institucionales y urbanas que posteriormente facilitarían el proceso de industrialización maquiladora.
Pocas veces se reconoce que el modelo de industrialización fronteriza mexicana fue observado como un caso exitoso de integración manufacturera exportadora por otros países en la atracción de empresas americanas. De hecho, modelos similares de zonas económicas especiales orientadas a exportación fueron posteriormente utilizados por economías asiáticas como China durante su proceso de apertura económica.
La diferencia es que mientras Asia evolucionó hacia modelos que no solo dependen de la manufactura barata sino que crearon la infraestructura de educación y de planeación urbana para desarrollar empresas y sectores nacionales que ahora compiten con empresas americanas y europeas en diferentes industrias como la de automóviles.
Las ciudades fronterizas mexicanas quedaron atrapadas en esquemas de crecimiento reactivo y de baja inversión pública que dan como resultado problemáticas como la del Río Tijuana y el Río Nuevo en el caso de Mexicali-Valle Imperial.
Hoy tenemos la oportunidad de corregir ese rumbo.
La revisión del T-MEC podría convertirse en el momento adecuado para construir una agenda fronteriza mucho más moderna y ambiciosa y de largo plazo: una agenda donde Estados Unidos, México y Canadá entiendan que la competitividad de Norteamérica dependerá también de la calidad urbana y ambiental de sus zonas industriales.
Eso implica pensar en corredores verdes, infraestructura hídrica binacional, tratamiento avanzado de aguas, vivienda digna, movilidad inteligente, parques industriales sustentables y mecanismos permanentes de financiamiento regional.
Pero también implica algo más profundo: entender que la frontera no debe ser solamente la región más productiva del país, sino también la más humana, equitativa y sustentable.
La paradoja es evidente. La región que más aporta a la integración económica de Norteamérica sigue enfrentando algunos de los mayores rezagos urbanos y ambientales del continente.
Tal vez la crisis del Río Tijuana sea precisamente el punto de inflexión que necesitábamos para iniciar una nueva conversación sobre el futuro de la frontera.
Y quizá esta vez no deberíamos limitarnos a resolver la emergencia inmediata, sino atrevernos a construir la visión de largo plazo que la región merece.
*El autor es CEO, The Border Group.