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Play ball!: Extrainnings, más literatura y beisbol
Deporte fotogénico, sí la danza del beisbol es hermosa, su literatura lo es todavía más.
Opinión
About the saddest book you ever read, it always makes you cry
The statue's crying too and well he may
-“Piazza New York Catcher”, Belle and Sebastian.
La semana pasada en este espacio escribí sobre la relación literaria entre el beisbol y sus fanáticos, sus “lectores”. Porque el beisbol es un juego que se lee: se nota que alguien es un conocedor cuando se le ve en el estadio rellenando un block de tirillas, esa suerte de crónica numérica de un partido en tiras horizontales de papel. Arte casi muerto, ya no todo mundo sabe llevar así los accidentes del juego. Quien todavía lo haga merece su lugar en Cooperstown, el panteón de los inmortales.
Por sus pausas y sus muchas estrategias, el beis da para el comentario y la ensoñación. Ahí donde el fanático futbolero está sufriendo hasta el infarto durante noventa minutos, el aficionado a la pelota tiene espacio suficiente para pensárselo bien y calcular con calma la próxima decisión táctica del manager: a qué hora saca a su pitcher abridor o cuando le hace un escuís a un jugador especialmente peligroso. La calma y el análisis cauto acaba cuando se llega a esa instancia tan temida como grata: los extrainnings. Cuando se acaba un partido en el alargue, los extrainnings, el ritual beisbolero llama al comentario del experto: “El ampayita nos robó ese ponche”. El hit del triunfo o el out final se agigantan en la memoria del respetable.
Ahí está la literatura, ese “sobrepartido”, los extrainnings en los que se narra, las palabras que se le ponen al hecho para explicarlo. Pienso en qué piezas literarias son los mejores artilugios literarios para narrar la pelota. Por supuesto está el clasiquísimo himno “Take me out to the ball game”. Aunque parece una de piezas hijas de la causalidad y eternamente en el dominio público, digamos como el “Happy birthday”, el autor de “Take me out…” tiene nombre y apellido: el poeta popular Jack Norworth.
Norworth nunca fue seguidor del beisbol pero tenía ojo para el negocio. Un día en el metro de Nueva York vio a una gran cantidad de aficionados en camino al Polo Grounds y escribió. Vendió la rima y se le puso música: el éxito comercial fue inmediato. Nació la tonadilla que hoy suena en todos los parques y diamantes al final de la séptima entrada alta.
La canción, como recoge Nicholas Dawidoff en su Baseball: A literary anthology, es un ruego, alguien (se puede suponer que se trata de un niño dirigiéndose a un adulto) pide encarecidamente que lo lleven al estadio, “take me out to the ball game, take me out with the crowd…”. En la estrofa menciona otra de las presencia infalibles de los estadios de las ligas mayores, los cracker jacks, esa combinación de cacahuates y palomitas acarameladas que truenan muelas si se les muerde de forma descuidada. Pero Dawidoff cataloga en su antología una estrofa menos conocida, la inicial: quien ruega no es un niño sino una chica llamada Katie Casey, que le pide a su novio que no la lleve a un espectáculo, o a ningún otro espectáculo que no sea el juego de pelota. No hay mayor demostración de amor que la posibilidad de atrapar una pelota de faul, o mejor, de jonrón.
Hay novelas clásicas sobre beisbol (estoy deliberadamente recogiendo piezas de la tradición literaria estadounidense, fuera de Élmer Mendoza conozco a pocos autores beisboleros en español, lo que no significa que no existan—desde México hasta Puerto Rico, pasando por Cuba, Venezuela y Dominicana, seguro que hay literatura pelotera—pero a fin de ser honesta no los menciono en este texto porque no los conozco). La mejor, o al menos la más citada, es The natural de Bernard Malamud, famosa también como película protagonizada por Robert Redford.
Malamud hace un bello retrato de la pelota chiquita, esa de las ligas menores y los aspirantes a profesionales. La mejor parte de la novela es la descripción del juego en pueblos pequeños de los que salen jugadores por decenas con el anhelo de llegar a la Mayores. El éxito es tan difícil que el escritor dota a Roy Hobbs, su personaje, con un bat mágico, el Wonderboy. Si bien la novela no es un deus ex machina, el objeto tiene su importancia en la trama, pero no tanta como se podría pensar. Es cierto que los jugadores son cabaleros y tienen su bat, sus spikes, su guante de la suerte. Los aparejos del oficio tienen esa aura que Malamud evoca.
Hay otras novelas y cuentos beisboleros. Uno de los momentos literarios más conmovedores es aquel de The guardian in the rye en el que el adolescente cínico y harto de todo Holden Caulfield recuerda el guante de su hermano menor, fallecido tras una larga enfermedad. El guante estaba lleno de pequeños poemas que el niño había escrito en él para no aburrirse mientras patrullaba el jardín derecho.
The cactus league, de Emily Nemens, es una novela fragmentada en una colección de cuentos que sigue la pretemporada de un equipo en su entrenamiento de primavera. Los equipos de ligas mayores pasan semanas en ciudades alejadas de casa para poner a los jugadores en forma y probar a prospectos. En este caso el equipo en cuestión entrena en Arizona, la “liga del cactus” que da título a la novela. A partir de varios puntos de vista, la autora recoge una historia mayor del juego. Desde el veterano coach de bateo hasta el jugador estrella y el ingenuo principiante, pasando por una groupie y el organista del estadio (no se puede entender un estadio de beisbol sin el organista que anima a la tribuna), Nemens trata con ternura a cada personaje. Todos han conocido el fracaso y tienen un camino enfrente que puede ser la redención final. O no: quizá es el que acabe de condenarlos.
Más cómica es The art of fielding de Chad Harbach (¿más masculina, más activa? La novela de Nemens me parece mejor como literatura: es un estudio de personajes más afortunado que la novela de Harbach, esta última es más divertida). Sigue los avatares de un equipo universitario, en especial del catcher y el shortstop, ambos persiguiendo el sueño ligamayorista. El juego está presente como diversión y pasión pero no se trata de ningún simbolismo aburrido y común: es un juego tal cual, un enfrentamiento de fuerzas. De todos modos Harbach no pierde su oportunidad de encontrar reflexiones existenciales en el diamante. En cierto momento uno de los personajes pierde toda su habilidad atlética, ¿qué se hace en esos casos en los que, por más talento que se tenga, por más disciplina que se empeñe, simplemente se ha perdido el toque? A veces no queda otra que dejarse morir. No digo que eso pase, pero… bueno, si la leen ya verán.
El juego también ha inspirado (gran) poesía. Y es que el juego, entre su cadencia e inevitabilidad, ha regalado momentos que dan para la lírica. Un ejemplo es “Carlton Fisk is my ideal”, de Bernadette Mayer. Un poema descriptivo de los sensuales que son los jugadores, Mayer describe a Fisk, histórico catcher de los Medias Rojas de Boston, como el protagonista de sus sueños húmedos. Como no soñar con esos hombretones de piernas gruesas y brazos invencibles. Fisk sobre todo es recordado por un jonrón que casi les da la Serie Mundial a los patirrojos. Mayer sueña con otro tipo de palo de vuelta entera.
El beisbol no se agota en el diamante ni acaba al final de los 162 partidos. No termina con los 27 outs del juego. Siempre habrá algo más que decir, otro intento de decir algo. Y algo más que amar.