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El nuevo orden
Ezra Shabot | Línea directa
La globalización como modelo de desarrollo no fracasó. Los niveles y la calidad de vida de millones de seres humanos mejoraron notablemente durante los pasados treinta años. Sin embargo la resistencia de aquellos afectados por esta transformación de gran calado, o sea sectores privilegiados por el proteccionismo económico y vinculados a una visión identitaria de la realidad donde no hay espacio para todos, ha derivado en un aumento significativo de las economías cerradas, el nacionalismo xenófobo y el autoritarismo político como instrumento para la toma de decisiones que afectan a los ciudadanos.
El Brexit, el triunfo de Trump y el crecimiento significativo de los extremos de derecha e izquierda como alternativas legítimas ante la globalización que anulaba en la práctica estos modos de vida, fue configurando este retroceso tanto en el pluralismo político como en el libre comercio como fórmula para garantizar la inclusión social.
Esta realidad propia del mundo occidental tuvo también repercusiones en las sociedades del islam en Asia y África. La llamada “Primavera Árabe”, iniciada en el año 2010 en distintos escenarios del mundo árabe-musulmán, fue parte de esa euforia democratizadora de principios de siglo, pero terminó en el reforzamiento de los gobiernos autoritarios y del fundamentalismo islámico en la zona.
Las olas migratorias desde los fallidos estados musulmanes inundaron Europa con millones de refugiados que ahora pretenden reproducir su estilo de vida en sociedades occidentales. El problema radica en que, a diferencia del mundo judeocristiano, el islam no pasó por un proceso de modernización que diferenciase lo público de lo privado, separase la religión del estado, y volviese compatibles sus prácticas de todo tipo con los derechos universales basados en la cultura occidental, pero supuestamente aceptados por las Naciones Unidas en su totalidad.
Y así llegamos a la confrontación actual que produce un choque inevitable entre el nacionalismo trumpista proteccionista y el fundamentalismo islámico iraní, interesado en expandir su control político en la región, y donde la existencia de un estado judío es inadmisible para estos fanáticos. De hecho en este pensamiento totalitario no hay espacio alguno para aquellos que no se sometan a la doctrina de los ayatolas.
La bola de nieve ha comenzado a rodar y el denominador común en occidente y oriente es el de adjudicar a un chivo expiatorio la responsabilidad por la guerra. Así, el discurso de odio de izquierdas, derechas y fundamentalistas religiosos, repiten el mismo argumento que se oía en la intelectualidad y en las calles de Europa durante la década de los treinta en el siglo pasado: El enemigo común son los judíos y hay que deshacerse de ellos. Esa locura colectiva alcanza nuestro país, e incluso sectores importantes del partido en el gobierno.