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El nuevo lujo: desconectarse
Claudia Ivett Romero-Delgado | Columna invitada
Hace no mucho, el lujo se medía en objetos: un reloj, un viaje, un automóvil. Hoy, en cambio, empieza a medirse en algo mucho más escaso y, paradójicamente, menos visible: la capacidad de desconectarse. No revisar el celular cada cinco minutos. No responder correos a cualquier hora. No vivir atrapados en una cadena interminable de notificaciones. En 2026, el verdadero lujo no es tener más tecnología, sino poder apagarla.
Vivimos en una economía donde la atención se ha convertido en un recurso central. Las plataformas digitales, las empresas y los sistemas de trabajo remoto compiten por capturar cada minuto disponible. El resultado es una normalización de la hiperconectividad: estar siempre disponibles ya no es una excepción, sino una expectativa. Y en ese contexto, desconectarse comienza a ser visto como un privilegio.
No todos pueden hacerlo. Para millones de personas, especialmente en economías urbanas como la mexicana, la conexión constante es una exigencia laboral. El mensaje fuera de horario, la reunión inesperada, la urgencia que no puede esperar. En muchos sectores, desconectarse no es una opción real sin consecuencias. La promesa de flexibilidad digital se ha transformado, en la práctica, en una extensión silenciosa de la jornada laboral.
Aquí aparece una primera paradoja: la tecnología que prometía liberarnos del tiempo rígido ha terminado por difuminar los límites entre trabajo y vida personal. Ya no salimos del trabajo; el trabajo nos acompaña en el bolsillo. Y cuanto más accesible se vuelve, más difícil resulta establecer fronteras.
Pero hay una segunda dimensión aún más profunda: la desigualdad. La desconexión no solo es una decisión individual, sino una condición estructural. Quienes tienen mayor autonomía laboral, estabilidad económica o posiciones jerárquicas pueden permitirse ignorar mensajes, tomar pausas o incluso hacer “detox digital”. En cambio, quienes dependen de la inmediatez —freelancers, trabajadores de plataformas, empleados en esquemas precarizados— viven en una lógica de disponibilidad permanente.
Así, la desconexión se convierte en un marcador de clase. No todos tienen el mismo derecho al descanso, al silencio o al tiempo propio. En este sentido, hablar de bienestar digital sin considerar las condiciones materiales es, en el mejor de los casos, ingenuo y, en el peor, profundamente excluyente.
A esto se suma un elemento cultural: la productividad como valor moral. Durante años, se ha construido una narrativa en la que estar ocupados equivale a ser valiosos. Descansar, en cambio, suele percibirse como falta de ambición o disciplina. Bajo esta lógica, la desconexión no solo es difícil, sino también incómoda. Genera culpa.
Sin embargo, algo comienza a cambiar. La fatiga digital, el burnout y la saturación informativa están generando una reacción. Cada vez más personas buscan espacios de silencio, momentos sin pantalla, rutinas que les permitan recuperar cierto control sobre su tiempo. No se trata de rechazar la tecnología, sino de renegociar su lugar en la vida cotidiana.
El problema es que esta renegociación sigue siendo individual cuando, en realidad, debería ser colectiva. No basta con recomendaciones de autocuidado si las estructuras laborales y económicas siguen premiando la disponibilidad constante. La discusión sobre la desconexión debe pasar del ámbito personal al organizacional: políticas claras de horarios, límites en la comunicación digital y reconocimiento del derecho al descanso.
Porque en el fondo, lo que está en juego no es solo el uso de la tecnología, sino la forma en que concebimos el tiempo. ¿Es un recurso que debe optimizarse al máximo o un espacio que también necesita pausas, vacíos y momentos improductivos?
En un entorno donde todo compite por nuestra atención, recuperar el derecho a no estar disponibles se vuelve un acto casi subversivo. Y quizás por eso mismo, tan valioso.
Hoy, el verdadero lujo no es tener acceso ilimitado a la información, sino poder elegir cuándo no acceder a ella. No es estar en todas partes al mismo tiempo, sino tener la posibilidad de estar, plenamente, en un solo lugar.
Desconectarse no debería ser un privilegio. Pero mientras lo siga siendo, seguirá marcando una de las desigualdades más invisibles de nuestra época.
* La autora es académica de la Escuela de Comunicación de la Universidad Panamericana.
X: @Ivett5151