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El ministro y el ladrillo
Roy Campos | Números, Opinión y Política (NOP)
Empiezo aclarando algo que para mí es importante: no conozco a Hugo Aguilar Ortiz, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero casi todo lo que había leído de él hasta ahora eran referencias positivas. Abogado mixteco, originario de Oaxaca, primer indígena en encabezar la Corte desde Benito Juárez, con una trayectoria ligada a la defensa de pueblos originarios.  Nada en ese retrato biográfico lo pintaba como un hombre arrogante.
Digo esto porque la crítica de hoy no va dirigida a la persona, sino a lo que simboliza una escena. Y las escenas, en política, a veces pesan más que los currículums.
El video de Querétaro
El jueves 5 de febrero, afuera del Teatro de la República, en Querétaro, minutos antes del acto por el 109 aniversario de la Constitución, las cámaras captaron algo que se volvió viral en cuestión de horas: el ministro Aguilar, de pie, mientras una mujer se agacha a limpiarle un zapato con un paño blanco; segundos después, un hombre hace lo mismo con el otro pie. Él mira hacia abajo, los observa y espera a que terminen. 
La mujer fue identificada como su directora de Comunicación Social. Aguilar explicó después que ella le había derramado café accidentalmente y que, al darse cuenta de la mancha, se agachó por iniciativa propia a limpiarle el calzado; él, dijo, se sorprendió, no lo esperaba y “en cuestión de segundos” ocurrió la escena. Aseguró que no hubo soberbia, ofreció disculpas por la “percepción generada” y afirmó que en su conducta “no ha habido ni habrá actitudes de superioridad”. 
Hasta ahí, la versión de los hechos. Y puede ser verdad: un incidente, un error humano, una reacción impulsiva de alguien de su equipo por corregir la mancha en plena puerta del acto oficial.
Lo que el ministro hizo… y lo que no hizo
El problema no está sólo en el accidente, sino en lo que vemos que sí pasó: el ministro observa a su colaboradora arrodillada, luego a otro asistente haciendo lo mismo, y no hay un gesto visible de incomodidad, ni un intento de detenerlos, ni siquiera un movimiento del cuerpo que diga “ya, por favor, levántense”. Esa ausencia de reacción es la que convirtió un descuido en símbolo.
El video no dura mucho, pero dura lo suficiente para dejar una imagen difícil de borrar: dos subordinados limpiando los zapatos del presidente de la Corte mientras él espera. En un país donde la desigualdad y el clasismo son tema cotidiano, esa escena pega directo en la retina. Más todavía cuando se trata de alguien que construyó su narrativa pública en torno a la cercanía con “los de abajo”.
No es la primera vez que el calzado de Aguilar se vuelve tema. Meses atrás, una foto de sus zapatos desató acusaciones de presunto lujo; la oposición habló de Ferragamo y él respondió que eran Flexi de “500 pesitos”, que ni conocía la marca italiana.  Ahora el debate no es sobre cuánto cuestan, sino sobre quién los limpia y en qué circunstancias.
El ladrillo del poder
De ahí el título de esta columna: el ministro y el ladrillo. En México decimos que alguien “se subió al ladrillo” cuando el poder le cambia la cabeza. El ladrillo no tiene que ser grande: basta un nuevo cargo, una oficina más amplia, un chofer, dos asistentes. A algunos los ayuda a ver mejor el panorama; a otros les da la ilusión de estar por encima de los demás.
No es un fenómeno exclusivo de Aguilar ni del Poder Judicial. Lo hemos visto en panistas, priistas, morenistas, alcaldes, gobernadores, directores de paraestatales, rectores universitarios y hasta dirigentes de organizaciones civiles. Gente que, al llegar al cargo, empieza a hablar de todo como si fuera experta en todo: de economía, de fútbol, de geopolítica. Gente que confunde la investidura con superioridad personal.
En el caso del presidente de la Corte, el ladrillo es especialmente delicado. No solo porque encabeza un poder del Estado, sino porque su propia biografía —indígena, abogado de causas sociales, defensor de comunidades— se ha presentado como antítesis de los viejos privilegios judiciales. Cuando ese personaje aparece en un video con dos colaboradores limpiándole los zapatos, la contradicción simbólica es inevitable.
Imagen, poder y humildad
¿Significa esto que Aguilar es soberbio por naturaleza? No lo creo. Lo que sí muestra es que el entorno del poder genera rituales: alguien se siente obligado a reparar un error, otro a cuidar la imagen del jefe, y el jefe se acostumbra a que todo gire en torno a él. Si no hay un esfuerzo consciente por evitarlo, el protocolo termina pareciéndose demasiado a servidumbre.
Ahí es donde la reacción posterior importa. En lugar de limitarse a un “estuvo mal, no debió pasar, no lo permitiré de nuevo”, el ministro optó por una explicación técnica del accidente, insistiendo en que no hubo superioridad.  El problema es que, en política, las explicaciones no borran las imágenes. A veces una disculpa sencilla y directa tiene más poder que un comunicado detallado.
La lección detrás del video
La crítica, insisto, no es contra la persona de Aguilar, sino contra lo que este episodio revela del sistema. Un país que acaba de cambiar la forma de elegir a jueces y ministros, que discute si la nueva Corte será más cercana al pueblo o más sometida al Ejecutivo, no puede permitirse símbolos que recuerden jerarquías de hacienda.
El poder es pasajero; las imágenes, no. Todos los que hoy miran desde arriba —ministros, gobernadores, legisladores— terminarán, tarde o temprano, caminando a ras de suelo. Y entonces se encontrarán con quienes alguna vez vieron desde ese ladrillo.
Para el ministro Aguilar, la salida estratégica es más simple de lo que parece: que este episodio sea un punto de inflexión y no el inicio de una narrativa de soberbia. Que nunca más permita un gesto parecido y que él mismo lo diga con claridad. Que recuerde, cada vez que entre al Teatro de la República o a la sede de la Corte, que antes de la toga fue un niño indígena en las montañas de Oaxaca, y que ese origen vale más que cualquier brillo en los zapatos. 
Si logra hacerlo, quizá dentro de unos años no recordemos el video por la humillación implícita, sino como el momento en que un ministro decidió bajarse del ladrillo y demostrar que el poder puede ejercerse sin que nadie tenga que arrodillarse a sus pies.