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Opinión

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México ante el dilema del estancamiento y la oportunidad

Irasema Andrés Dagnini | Sextante financiero

El año 2026 inicia con un consenso de crecimiento limitado para México. Banorte proyecta un PIB de 1.8%, apoyado en motores más equilibrados entre consumo, inversión y sector externo, tras un 2025 que cerró con un avance de apenas 0.5% según algunos analistas privados. Por su parte, el FMI mantiene su previsión en 1.5%, destacando la resiliencia del vínculo con Estados Unidos y una política monetaria menos restrictiva.

Según la estimación oportuna publicada por el Inegi, la economía mexicana creció apenas 0.7% en 2025, reflejando un año de estancamiento marcado por la debilidad de la inversión y el consumo interno. Este dato, aunque ligeramente superior a las proyecciones más pesimistas de algunos analistas, que rondaban el 0.5%, confirma que el país cerró el año con un desempeño muy por debajo de su potencial. La cifra oficial se convierte en el punto de partida para las expectativas de 2026, donde el reto será romper la inercia de bajo crecimiento y aprovechar las oportunidades que ofrecen el nearshoring y la transición energética.

Sin embargo, la lectura de Gabriela Siller, economista en jefe de Banco BASE, es más cauta: advierte que México atraviesa un periodo de estancamiento económico y alta inflación, con un crecimiento esperado de apenas 0.8 a 0.9% en 2026, condicionado por la incertidumbre del T-MEC y la falta de inversión fija. Esta divergencia entre pronósticos refleja la tensión entre un entorno global que ofrece oportunidades y un marco institucional interno que limita su aprovechamiento.

En el contexto global, el escenario muestra un crecimiento más dinámico en Asia. India lidera con 6.4% y China con 4.5%, mientras que Estados Unidos y la eurozona se mantienen en ritmos bajos, alrededor de 2.4% y 1% respectivamente. Para México, esta dinámica implica tanto riesgos como oportunidades.

Los riesgos que enfrenta son la volatilidad financiera, las tensiones comerciales y el menor dinamismo del comercio global; mientras que las oportunidades se encuentran en la relocalización de las cadenas de suministro hacia América del Norte y en la demanda creciente de energías limpias.

El nearshoring se ha convertido en la gran promesa para México. Estados Unidos lo considera un pilar de seguridad económica y tecnológica para las próximas dos décadas y México aparece como socio prioritario si logra concretar reformas pendientes, especialmente en el sector energético.

El Consejo Mexicano de Comercio Exterior (Comce) proyecta que las exportaciones mexicanas podrían superar los 700,000 millones de dólares en 2026, impulsadas por manufactura y relocalización. Sin embargo, Deloitte advierte que el nearshoring está parcialmente estancado por la incertidumbre en la revisión del T-MEC y la falta de infraestructura adecuada.

En este sentido, el nearshoring no puede quedarse en narrativa: requiere un proyecto país que combine certidumbre jurídica, inversión en infraestructura logística y energética, y políticas de capacitación laboral.

Transición energética

La transición energética es otro eje clave. México necesita modernizar su matriz energética para mantenerse atractivo en la conversación global. La demanda de energías limpias no solo responde a compromisos ambientales, sino también a criterios de competitividad: las cadenas de suministro internacionales privilegian países con bajas emisiones y marcos regulatorios claros.

La reforma energética pendiente es decisiva. Si México logra avanzar hacia un esquema que combine inversión privada y pública en renovables, podrá consolidar su papel como socio confiable en la región. De lo contrario, corre el riesgo de quedar rezagado frente a otros países latinoamericanos que ya avanzan en esta dirección.

Y más allá de los factores externos, la política interna será determinante. Los programas sociales, como Jóvenes Construyendo el Futuro y las pensiones, amplían la cobertura y sostienen el consumo interno, pero no sustituyen la necesidad de inversión productiva. La revisión del T-MEC es un punto crítico, porque cualquier tensión con Estados Unidos podría frenar el flujo de inversión y limitar el potencial del nearshoring.

Además, la inflación sigue siendo un reto. Aunque se espera una moderación respecto a 2025, el riesgo de que erosione salarios reales persiste. La política monetaria menos restrictiva puede dar oxígeno, pero sin certidumbre jurídica y estímulos a la inversión, el crecimiento seguirá limitado.

Este año será un periodo de definiciones para México. El país enfrenta un dilema: seguir atrapado en el estancamiento o aprovechar las oportunidades del nearshoring y la transición energética para impulsar un crecimiento más robusto.

La clave está en convertir las narrativas en proyectos concretos. El nearshoring requiere infraestructura, capacitación y certidumbre jurídica; la transición energética demanda reformas que abran espacio a inversión en renovables; y es indispensable fortalecer el estado de derecho para atraer capital.

México tiene ventajas estructurales, proximidad geográfica, integración comercial y capital humano, pero necesita decisiones firmes para que estas se traduzcan en crecimiento sostenido. El 2026 puede ser el inicio de una nueva etapa, siempre que se rompa la inercia del estancamiento y se construya un proyecto país que combine competitividad, sostenibilidad y bienestar social.

Economista y analista de economía y finanzas. Consultor de personas físicas y morales. Docente nivel superior, conferencista. Miembro del Consejo Asesor de UVM-Coyoacán. Editor de Vínculo Económico, canal digital. Comentarista en radio y televisión y colaborador en revistas especializadas del sector financiero.

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