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Medio tiempo: Jacinta y Perico discuten sobre lo que la FIFA no puede robarnos
Tal vez la vida se pasa más lentamente en los días de gracia mundialista, y por eso Jacinta y Perico se dan el momento de debatir al calor de unas malteadas antes del juego decisivo.
Opinión
Jacinta Bogavante está esperando. La fuente de sodas está vacía: la calma antes de la tormenta porque al ratito comienza el juego de ¿México contra Alopecia? ¿Diabetes contra Argelia? Hay tantos países en esta justa mundialista que una se confunde. “De verdad que eres boba, Concha”, me dice Jacinta con ese rayo telepático que el escritor tiene con sus personajes. “Si hubieras terminado la carrera al menos sabrías la geografía necesaria para localizar Cabo Verde en el mapa político de la caprichosa África”. Dejemos mejor que Jacinta mejor se concentre en lo que sigue.
Espera Jacinta a Pacífico Togarashi, conocido como Perico. Perico, recordarán ustedes, es sobrino del titán del pensamiento Magnífico Togarashi, enemigo jurado del editor, periodista y escritor José Azeite, padrino de Jacinta. A pesar de la enemistad entre los adultos, Jacinta y Perico son mejores amigos y se juntan cuando algo altera sus mentes adolescentes.
—Cómo te tardas, Perico—dice Jacinta con ese tono regañón que guarda para Azeite y Perico, a los que gusta de asustar con aire de maestra de kinder. Jacinta sabe que eso descoloca a los hombres.
—Disculpa, es que estaba buscando mi jersey de la verde con el número de mi ídolo, Johan Vázquez. Hoy se le gana a Ecuador. ¿Ya pediste?
—La duda ofende. Tu malteada de moka sin chocolate y con extra de crema de cacahuate, el sabor de la tibieza. La mía, de fresa, canela fuego y una bola de grosella, rojo intenso sangre. Cada quien bebe su veneno y su talante.
—Ora, ora. ¿Ahora soy tibio?
Jacinta toma aire. Se prepara para lo que será una diatriba bíblica… justo cuando ve que Perico saca su celular para revisar los tiktoks de los seleccionados. Para su horror, Perico comienza a grabar: “Estoy aquí con Jacinta, una amargada que demuestra que las mujeres no entienden la fokin’ vibra mundialista. El futbol, fuego y fiesta, no es para la constitución feme…”.
Rauda, Jacinta le mete a Perico una patada aprendida en su clase de artes marciales mixtas. La panza guanga del muchacho se contrae con el golpe con tal fuerza que ni un tecito de ruda con árnica le quitarán el dolor horas después.
—¿QUÉ TE HACE CREER QUE NO ENTIENDO EL MUNDIAL, SO BORRICO? Si te invité acá es para que platiquemos del Mundial del modo más preciso.
“Lo que pasa, Perico (ya deja de retorcerte, que fue una patadita de entrenamiento), es que veo mucho hocico y pocas manos en las críticas a FIFA y su Mundial. Sí, su Mundial. Ya se ha dicho que este Mundial sacó a los fans del futbol de los estadios y los dejó sentados en su casa o en las cantinas. Y sin embargo los estadios han estado a rebosar. La sociología del futbol está cambiando de manera radical, Perico, y nadie lo está diciendo con sus letras”.
Perico se detiene a pensar. Cuando no es un niñato de catorce años, Perico suele ser muy perspicaz. “¿Estás hablando del precio de los boletos, Jacinta? Porque eso ya se ha dicho en demasía, harta ese regaño. Porque sí, el futbol, como casi todo espectáculo, es un lujo en este mundo del capitalismo tardío. Mira los conciertos de las grandes bandas de rock o los actos globales de pop: ya no son para los juanes sin calzas”.
Jacinta piensa un momento antes de interrumpir a Perico. “Es cierto, pero a lo que me refiero es que el verdadero espectáculo ya no está en la cancha ni en las tribunas. Fíjate en los tiktoks de México. No son de los borrachos en el estadio Azteca, son de los borrachos del Zócalo o el Ángel. El espectáculo es la sociedad y el simulacro, como dice el filósofo posmoderno Jean Baudrillard”.
“Baudrillard ya lo había dicho hace cuarenta años, Perico: en el capitalismo ya no se trata de la comparación entre dos bienes reales, sino entre un bien real y uno que es su sucedáneo, un simulacro. El público con dinero para ir al estadio está comprando la simulación de la fanaticada tradicional del futbol, esa que antes se veía en las gradas: salvaje, vulgar y vital, incontrolable. Desde sus posibilidades, esos aficionados adinerados quieren mimetizarse con la canalla con la que en la vida cotidiana no se juntarían ni por asomo. Son consumidores de una imitación teatral en la que ellos mismos son los actores y el estadio es mero decorado limpio y, si me permites la cursilería, blanqueado”.
Perico sorbe su vaso preparando su respuesta. “Ya entiendo por dónde vas, Jacinta. Pero olvidas algo, la gente que pagó su boleto tiene todo el derecho a esa actuación, está respetando los códigos del capitalismo en el que todos vivimos tan contentos (o simulamos vivir contentos). El público que no puede pagar los boletos, el tradicional de los estadios, también tiene su papel en la comedia. Solo que su simulacro es otro: es el de sentarse en la tele gritando y saltar a las calles como si estuvieran de verdad en la tribuna. Son ellos la tribuna que grita gol”.
“Compramos espectáculos en la medida que el capitalismo nos permite”, continuó Perico. “Pero el fondo de nuestro bolsillo no es la medida de nuestra diversión. La sociología del relajo no ha cambiado mucho. Los fanáticos de las carreras de cuadrigas romanas se divertían a mares en el coliseo y también en las tabernas después de que su auriga favorito hubiera triunfado (o perdido, que el público también se regodea en la derrota y se divierte con ella. Razones para la embriaguez de los sentidos sobran). La diferencia es la distancia física, no emocional. Podemos ver el juego desde una televisión y la diversión será la misma que en el estadio. La FIFA no nos ha robado nada”.
Perico siguió: “Si acaso, nosotros le hemos birlado algo a la FIFA: el monopolio del goce. Así como ellos pergeñan desde sus oficinas suizas estrategias para convencer al público de consumir al son que ellos y solo ellos toquen, el público se rebela en mil millones de modos de resistir. Esos que están en las cantinas y salen a celebrar en plena tormenta para nadar en los charcos de Reforma, sin saberlo son revolucionarios contra el capitalismo voraz de la FIFA. En términos políticos, son resistentes pasivos, porque con su alegría natural están enfrentándose a estructuras de poder sin que esa sea su intención”.
Un momento pasó. Los dos muchachos se detuvieron a pensar. Perico, muy feliz con sus argumentos. Jacinta, no necesariamente convencida. La ahijada de José Azeite reflexiona: “Puede que tengas razón que la FIFA no nos ha robado mucho, Perico, pero estamos frente a un intento de domesticar para siempre la locura del futbol. Mira las pausas de hidratación. Ya decía Eduardo Galeano desde hace décadas que la FIFA iba a viviseccionar el juego en cuatro cuartos al estilo del futbol americano, y ya lo hicieron, una forma muy higienizada, pero también descarada, de meter más comerciales. La gente abuchea en el estadio y hace coraje frente a la pantalla, pero las televisoras, verdaderas dueñas del futbol, están felices. Eso, tan pian-pianito, sí cambia el modo en que se goza del juego”.
Perico se enciende. “¡No me hagas encabronar! Las pausas de hidratación son el peor invento desde que quisieron cambiar la receta de la Coca Cola. Ojalá sean un fracaso, pero lo dudo: a la FIFA le debe estas cayendo una lanota y las televisoras del mundo, alegres cobran a costa de cambiar el juego. Otros cambios han sido para proteger a los jugadores y quieren hacer pasar las interrupciones como otra forma de cuidarlos. Pero eso sí, con una publicidad de por medio. La hipocresía encabrona”.
Ya empezaba a llenarse la fuente de sodas, ya se prendía la tele. El preámbulo de la locura se siente en el aire como una corriente electromagnética. La FIFA no puede controlar eso, quiere pensar Perico, pero quizá Jacinta tenga razón y lo único que nos queda es el simulacro de la pasión. Como una malteada de moka sin chocolate, el futbol quizá ya solo sea para los tibios. Pero en las calles, un par de horas después, un grito unísono anuncia que no todo pueden robarnos.