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Medio ambiente en la derecha
Gabriel Quadri de la Torre | Verde en serio
Como sabemos, la derecha asciende en el mundo. Numerosos partidos políticos ubicados en el flanco diestro del espectro ideológico han llegado o llegarán próximamente al poder a través de elecciones democráticas. El medio de comunicación y red social de mayor penetración política (X) favorece ahora ideas conservadoras, libertarias o liberales (en el sentido europeo o latinoamericano del término). En Europa, la derecha arropa una fuerte reacción contra la inmigración islámica y su expansiva influencia cultural y política contraria a valores occidentales.
Se habla ya de un “gran reemplazo” demográfico por la inmigración musulmana masiva y la caída notable en la fecundad de la población oriunda. Crece la percepción de mayor delincuencia y terrorismo asociados a la inmigración. Preocupa que muchos inmigrantes musulmanes sean refractarios a la integración, rechacen las instituciones, lengua y cultura de países de acogida, opriman a las mujeres, y abusen de las ayudas sociales. También, que se multipliquen las mezquitas y escuelas religiosas radicalizadas y que incluso los jóvenes musulmanes simpaticen con una mayor religiosidad, y consideren que la ley religiosa islámica (Sharia) debe estar sobre la ley civil. Por otra parte, muchos trabajadores se sienten dejados atrás por el globalismo y olvidados por la izquierda mientras Europa se desindustrializa y pierde empleos industriales. Hay una carga regulatoria y fiscal cada vez más pesada sobre propietarios y agricultores que ven, estos últimos, una competencia desleal en las importaciones.
Los precios de los energéticos se disparan, y las comunidades rurales se abandonan. Entidades supranacionales europeas no electas democráticamente (Comisión Europea) determinan normas y políticas que se sienten intrusivas, ajenas y arbitrarias, e inquieta la dilución de la soberanía de los estados nación. Hay también una reacción contra ideologías “progresistas” de género, de “inclusión y diversidad” y de feminismo extremo abanderadas por la izquierda, y contra cortapisas a la libertad de expresión, mientras se defienden abiertamente tradiciones y valores cristianos.
Se considera que muchas políticas ambientales y climáticas sólo abren la puerta a una mayor intervención del Estado. Se asumen como adversarios no sólo al islam, sino la izquierda (en aberrante alianza con el islamismo), la socialdemocracia, las instituciones supranacionales, intelectuales y académicos “progresistas”, y medios de comunicación subsumidos en la ideología Woke. Es así que, en Europa, la derecha ha sido capaz de despojar a la izquierda de su base política entre trabajadores y agricultores.
En América Latina los ingredientes que han catalizado el ascenso de la derecha son en gran medida diferentes (aunque con algunos rasgos similares). Se relacionan más con el hartazgo con gobiernos populistas de izquierda, el flagelo del crimen y la inseguridad, la corrupción, deterioro extremo de servicios públicos de salud y educación, alianza o tolerancia con el narco, captura de autoridades electorales y del sistema de justicia, compra descarada de votos, ineptitud, mentiras y demagogia, despilfarro de recursos públicos en subsidios clientelares, déficit fiscal y endeudamiento desbocados, estancamiento económico, y complicidad con dictaduras execrables de izquierda como las de Cuba, Venezuela y Nicaragua. (En México, el PAN, de supuesta derecha, no sabe capitalizarlo).
Sin embargo, quiero resaltar aquí un denominador común en casi todas las derechas tanto moderadas como extremas: la ignorancia, pobreza de discurso, y aún animadversión a políticas y temas ambientales y climáticos. En contraste, estos sí son reivindicados – aunque por lo general precariamente – por la izquierda y centro-izquierda. Tal carencia obstaculiza o resta robustez ideológica, proyección y legitimidad al avance de la derecha, sobre todo entre sectores jóvenes y/o ciudadanos con niveles de educación relativamente altos. La oferta política de la derecha en América Latina, salvo tal vez con la excepción de Milei en Argentina y Kast en Chile – en economía y seguridad – apela más a emociones y hartazgos, a ocurrencias disruptivas, e incluso a decisiones potencialmente autoritarias; no tanto a un programa coherente, audaz y de vanguardia. Tan fácil que sería destacar el refuerzo mutuo entre el desarrollo económico, el empleo y la competitividad, por ejemplo, con políticas ambiciosas de transición energética, conservación de la biodiversidad y del paisaje, acceso a la vivienda y derecho a la ciudad, sostenibilidad y calidad de vida en las ciudades, y adaptación al cambio climático. Desde luego que esta no es la única carencia discursiva y programática de las derechas en América Latina.
Pero es obvio que un discurso y programa ambientalista de la derecha debiera articularse intersectorialmente, y fundarse en cosas como creación eficiente de bienes públicos, creación de valor, transparencia, competitividad, competencia, políticas industriales inteligentes, iniciativa privada siempre que sea posible, interferencia y regulación mínimas gubernamentales en la economía, alianzas público-privadas, inversión privada en energía e infraestructura ambiental, contratos con propietarios de tierras, cero impunidad, vigencia plena del estado de derecho, respeto a los derechos de propiedad y a libertades fundamentales, liderazgo multilateral acorde con intereses nacionales, promoción de inversión extranjera, y gasto público en infraestructura productiva. La derecha debe desafiar el monopolio ambiental de la izquierda, y construir un ambientalismo propio, serio y creíble.