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El lado invisible del suicidio en las mujeres

OpiniónEl Economista

Las cifras del suicidio muestran una diferencia clara entre hombres y mujeres, pero también dejan preguntas que todavía no tienen suficiente espacio en la conversación pública.

En las Américas, los hombres mueren por suicidio con una frecuencia considerablemente mayor; sin embargo, los intentos de suicidio son más frecuentes entre las mujeres. La Organización Panamericana de la Salud estima que, por cada muerte por suicidio, ocurren alrededor de ocho intentos y que esta proporción es 4.8 veces mayor entre las mujeres que entre los hombres. En 2021, se registraron aproximadamente 3.7 muertes por suicidio de hombres por cada muerte de una mujer.

La diferencia merece atención porque muestra que el comportamiento suicida no se presenta de la misma manera en hombres y mujeres. Tampoco necesariamente responde a las mismas condiciones sociales ni requiere exactamente las mismas estrategias de prevención.

En México, las Estadísticas de Defunciones Registradas del INEGI contabilizaron 8,837 suicidios en 2023. Del total, 81.1% correspondió a hombres y 18.9% a mujeres. La tasa nacional fue de 6.8 defunciones por cada 100 mil habitantes.

Estas cifras son indispensables para dimensionar el problema, pero no cuentan toda la historia. Una parte de esa historia se encuentra en las circunstancias que preceden a una crisis suicida y, entre ellas, la violencia contra las mujeres merece una atención particular.

Violencia y salud mental

La violencia contra las mujeres constituye también un problema de salud pública. La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de 840 millones de mujeres y niñas, casi una de cada tres en el mundo, han experimentado a lo largo de su vida violencia física o sexual de pareja o violencia sexual por parte de otra persona. La OMS reconoce que estas experiencias pueden tener consecuencias importantes para la salud física y mental.

En México, la ENDIREH 2021 encontró que 42.8% de las mujeres de 15 años y más experimentó algún tipo de violencia durante los 12 meses anteriores al levantamiento. La violencia psicológica alcanzó 29.4%, la sexual 23.3%, la física 16.2% y la económica, patrimonial y/o discriminación 10.2%. La encuesta recoge estas experiencias en distintos ámbitos de la vida: pareja, familia, escuela, trabajo y comunidad.

La violencia de pareja puede estar acompañada de miedo, aislamiento, pérdida de autonomía, problemas económicos y afectaciones emocionales. No todas las mujeres que viven violencia desarrollan problemas de salud mental ni todas presentan conducta suicida. Establecer una relación automática sería simplificar un fenómeno complejo. Sin embargo, la evidencia disponible muestra que existe una relación importante entre violencia de pareja y resultados suicidas.

Un metaanálisis publicado en 2026, que reunió 34 estudios con 63,139 mujeres de 17 países, encontró una asociación directa y moderada entre la violencia de pareja y la ideación y los intentos de suicidio. La violencia psicológica presentó la asociación más fuerte con la ideación suicida.

La evidencia mexicana también había señalado esta relación. Un estudio sobre violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja reportó que 64.3% de las mujeres que habían experimentado violencia física y/o sexual señaló consecuencias emocionales; 8% había pensado en suicidarse y 3.4% había realizado un intento. Entre las mujeres que habían experimentado violencia sexual, 25% había pensado en quitarse la vida y 14.1% lo había intentado.

Los sesgos pueden aparecer en la manera en que se interpretan los síntomas, en qué preguntas se consideran relevantes, en qué problemas reciben mayor atención o en la forma en que se incorporan las diferencias entre hombres y mujeres en la investigación.

La OMS reconoce que históricamente buena parte de la investigación médica se ha construido a partir de cuerpos y experiencias masculinas, lo que ha contribuido a vacíos en el conocimiento sobre la salud de las mujeres y puede repercutir en el diagnóstico y tratamiento.

Esta discusión también tiene una dimensión social. Las mujeres pueden haber aprendido a priorizar las necesidades de otras personas antes que las propias, mientras que determinados roles de género pueden hacer que el cuidado de la familia se considere una responsabilidad principalmente femenina.

La psicóloga argentina Mabel Burin planteó hace décadas la idea del “malestar de las mujeres”, para señalar que algunos sufrimientos femeninos no pueden comprenderse separados de las condiciones de vida, las relaciones sociales y los mandatos de género.

El género también está presente en la forma de enfermar

La salud de las mujeres tampoco puede entenderse únicamente desde la biología. La OMS señala que las normas de género, las relaciones de poder y las condiciones sociales influyen en la exposición a riesgos, en el acceso a los servicios, en la calidad de la atención y en las necesidades de salud a lo largo de la vida. También reconoce que los sesgos de género en la investigación, la recopilación de datos, el diseño de los servicios y la práctica clínica han contribuido a generar vacíos de evidencia y de atención.

Una mujer puede llegar a una consulta por insomnio, ansiedad, tristeza, dolor, agotamiento o problemas de concentración. Puede recibir atención para esos síntomas y, sin embargo, quedar sin explorar una situación de violencia, sobrecarga de cuidados, dependencia económica o aislamiento que forme parte de su contexto.

Las mujeres siguen asumiendo una proporción importante de estas tareas. La OMS estima que las mujeres realizan alrededor de 76% del trabajo de cuidados no remunerado en el mundo. Estas responsabilidades se suman, en muchos casos, al empleo remunerado y generan una carga que no siempre es reconocida social o económicamente.

La llamada doble jornada no debe interpretarse como una causa directa de suicidio. Sería una conclusión que la evidencia no permite sostener. Pero sí puede formar parte de un conjunto de condiciones que afectan el bienestar cuando se combina con precariedad económica, falta de apoyo, violencia, problemas laborales o ausencia de espacios para el descanso y el cuidado propio.

¿Qué significa intervenir con perspectiva de género?

No significa que hombres y mujeres necesiten sistemas de atención completamente separados. Significa reconocer que sus experiencias y necesidades no siempre son las mismas.

En las mujeres, una evaluación integral puede requerir considerar, además de la salud mental, antecedentes de violencia, seguridad en el hogar, relaciones de poder, autonomía económica, responsabilidades de cuidado, redes de apoyo y otras condiciones sociales relevantes.

Después de un intento suicida, esta perspectiva resulta todavía más importante. La atención no debería concentrarse exclusivamente en el episodio que llevó a la crisis, sino también considerar el contexto en el que ocurrió y las condiciones que podrían mantenerse después del alta.

Lo que las estadísticas todavía no conectan

México cuenta con información importante sobre suicidio y violencia. INEGI produce estadísticas de defunciones y la ENDIREH permite conocer la magnitud y las características de la violencia contra las mujeres. La OPS y la OMS, por su parte, han mostrado la relación entre condiciones sociales, violencia, salud mental y suicidio.

Con frecuencia, las estadísticas de suicidio se analizan por separado de las estadísticas de violencia. Las consultas de salud mental se registran por separado de las experiencias de violencia. Los problemas económicos y las responsabilidades de cuidado aparecen en otras bases de información.

Prevenir antes de llegar a la crisis

Las cifras de mortalidad siguen siendo fundamentales. En México, los hombres continúan representando la mayoría de las muertes por suicidio. Pero esta realidad no debería invisibilizar la conducta suicida de las mujeres ni las condiciones particulares que pueden acompañarla. En las Américas, además, la tasa de mortalidad por suicidio aumentó entre 2000 y 2021 más rápidamente entre las mujeres que entre los hombres: 23.1% frente a 14.4%.

Necesitamos servicios de salud mental accesibles, pero también profesionales capaces de identificar violencia y otras condiciones sociales relevantes. Necesitamos espacios seguros para que las mujeres puedan hablar y redes de apoyo que funcionen cuando deciden hacerlo. Necesitamos fortalecer la autonomía económica y reducir la sobrecarga de cuidados. Y necesitamos mejores sistemas de información que permitan analizar conjuntamente sexo, género, edad, violencia, condiciones sociales y salud.

* La autora es socióloga, doctora en Ciencias en Salud Colectiva por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco (UAM-X), y maestra en Administración Pública por la École nationale d’administrationpublique (ENAP), Canadá. Su trabajo se ha desarrollado en los campos de la salud pública, salud mental, prevención del suicidio, violencia de género y políticas públicas. Ha realizado investigación y participado en proyectos académicos en México y Canadá, con especial interés en los determinantes sociales de la salud y el bienestar de las poblaciones.

angelabeatrizma@gmail.com

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