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Opinión

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De inversiones y más

Alexia Bautista | Columna invitada

Para quienes seguimos el ambiente de negocios en México, la Convención Nacional Bancaria funciona como un termómetro bastante confiable. Claudia Sheinbaum, a diferencia de su mentor, ha decidido asistir con regularidad, primero como candidata y ahora como presidenta.

Este año hubo un destello interesante. La referencia explícita al contexto internacional, concretamente al alza en los precios del petróleo tras la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán. Lo subrayo porque es poco frecuente escuchar a los dirigentes de este país hablar de lo que sucede más allá de nuestras fronteras. En un país donde el debate público suele encerrarse en sí mismo, mirar hacia afuera ya es una señal positiva.

Lo demás sonó conocido. La insistencia en que México necesita inversión, crecimiento y al sector privado es, a estas alturas, un consenso obvio y cada vez menos disputado. También el más difícil de materializar. Porque una cosa es reconocerlo y otra muy distinta construir las condiciones para que ocurra.

El guion se repite. Del Plan México (que no termina de despegar), pasamos al Plan de Inversión en Infraestructura para el Desarrollo con Bienestar, y ahora a una nueva ley para fomentar la inversión. Cada capítulo llega con nombre nuevo y con la misma promesa. Todo luce bien en papel o, mejor dicho, en diapositivas, ese formato que se ha convertido en el idioma oficial de la política pública. El problema es que la realidad no siempre cabe en una diapositiva.

Porque si bien hay países donde el Estado actúa como rector eficaz de la economía, México no ha demostrado ser uno de ellos de manera sostenida. Aquí la lógica es otra. La inversión es bienvenida siempre que se someta a reglas que, con frecuencia, resultan restrictivas hasta el desincentivo. Los límites son necesarios y deseables, nadie lo discute, pero hay una diferencia entre regular y desincentivar. En una economía mixta, ignorar los incentivos del sector privado no es una postura más justa; es, con frecuencia, una más costosa para todos.

Del lado del sector privado, observo que, si antes predominaba un optimismo cauteloso, sobre todo en vísperas de que Sheinbaum asumiera la presidencia, hoy lo que se percibe es algo más cercano a la cortesía formal. Distintos líderes empresariales hablan con corrección política y hartos condicionales: “si hay claridad en las reglas, si hay consistencia, si la presidenta se involucra”. Y los condicionales revelan que algo no termina de encajar. Claro que, si las estrellas se alinean, México puede crecer. Pero la alineación de los astros nunca ha sido una estrategia económica particularmente robusta.

La presidenta anunció que dedicará la mitad de su tiempo a la promoción de inversiones y encabezará personalmente un nuevo Consejo de Inversiones. La intención es loable, pero cuando el jefe de Estado tiene que suplir lo que las instituciones no hacen solas, parte del engranaje no está funcionando. Al final, México no necesita más anuncios. Necesita que los anuncios ocurran.

Ahí está el caso emblemático de Tesla en Monterrey que por meses alimentó la narrativa del nearshoring y que, simplemente, no llegó.

Hoy, por cierto, circula la historia de una posible colaboración entre Petrobras y Pemex. Narrativa atractiva, y conveniente de cara a una eventual visita de Sheinbaum a Brasil. Pero Petrobras es hoy una empresa profundamente distinta a Pemex. Su transformación implicó decisiones difíciles que Pemex aún no ha tomado como la venta de activos y la reconfiguración de su modelo de negocio. Una alianza sin reconocer esa asimetría es, en el mejor de los casos, un anuncio más.

México no está falto de ideas. Está falto de ejecución. No basta con una buena trama, hace falta que la historia, efectivamente, ocurra.

Analista internacional y exdiplomática mexicana.

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