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¿Qué incomoda de Acemoglu?

OpiniónEl Economista

Hace unos días, The Economist publicó un artículo inusualmente hostil contra Daron Acemoglu. No se limita a discutir alguno de sus resultados. Desde el subtítulo pregunta: “Daron Acemoglu is revered. Why?”. Más adelante cuestiona si su posición en la cúspide de la profesión —y la enorme influencia que viene con ella— está realmente justificada por su trabajo.

La pregunta es legítima. Acemoglu es uno de los economistas más influyentes de su generación y desde 2024 es premio Nobel. Pero conforme avanza el artículo queda la impresión de que la discusión no es sólo sobre la calidad de su investigación. Hay algo de la agenda intelectual de Acemoglu que parece incomodar a The Economist.

Conviene empezar concediendo algo importante. Yo también tuve problemas con el primer Acemoglu. Cuando estudiaba el posgrado, su célebre trabajo de 2001 con Simon Johnson y James Robinson sobre mortalidad de colonizadores e instituciones me parecía históricamente demasiado lineal. Siglos de conflicto político, construcción estatal y cambio social quedaban comprimidos en una cadena causal extraordinariamente parsimoniosa. Después aparecieron además problemas con los datos y la identificación. The Economist tiene razón en recordarlos.

El problema es juzgar al Acemoglu de hoy como si hubiera pasado 25 años escribiendo variaciones de aquel mismo artículo.

Ocurrió lo contrario. Sus preguntas se hicieron más difíciles. Primero quiso saber por qué unas sociedades tenían mejores instituciones. Después tuvo que preguntarse de dónde venían esas instituciones, quién tenía poder para establecerlas y por qué quienes tenían ese poder podían preferir arreglos que los beneficiaran aunque no maximizaran el bienestar general. De ahí pasó a estudiar cómo interactúan poder político, distribución y cambio institucional. Más recientemente llevó esa misma pregunta a la tecnología: quién decide qué tecnologías desarrollamos, cuáles sustituyen trabajo, cuáles lo complementan y quién termina apropiándose de sus beneficios.

La causalidad dejó de ser una línea y se convirtió en un sistema de retroalimentaciones.

Por eso resulta tan extraña la poca importancia que The Economist concede a la desigualdad al reconstruir su obra. Discutir a Acemoglu sin hablar de desigualdad es un poco como discutir a La Volpe sin hablar de la línea de cinco: se puede, pero uno sospecha que se está perdiendo una parte importante del planteamiento.

No porque Acemoglu haya descubierto la desigualdad. Su contribución fue otra: ayudó a reincorporar distribución y poder dentro del mecanismo causal con el que explicamos el desarrollo. La distribución afecta quién tiene poder; el poder influye sobre las instituciones; las instituciones afectan simultáneamente crecimiento y distribución; y esa nueva distribución vuelve a modificar el poder. En su conferencia Nobel, Acemoglu conectó explícitamente sus primeros trabajos sobre instituciones con su investigación posterior sobre innovación y tecnología.

Es precisamente al llegar a la tecnología donde The Economist enseña sus cartas. Al discutir Power and Progress, el libro que Acemoglu escribió con Johnson, le reprocha presentar mil años de innovación demasiado como una historia de captura por las élites y consecuencias distributivas. Frente a ello propone una afirmación que considera “much more compelling”: que el progreso tecnológico, in and of itself, hizo a la persona promedio muchas veces más rica que antes de la industrialización.

Por supuesto que lo hizo. Acemoglu no niega ese hecho. Su pregunta es cómo ocurrió que una parte importante de esas ganancias terminara siendo compartida. Cuando recibió el Nobel lo resumió en una idea sencilla: la prosperidad compartida nunca ha sido un proceso automático.

Las dos afirmaciones no se contradicen. Pero colocarlas una frente a otra revela el desacuerdo. Una nos dice que la tecnología elevó extraordinariamente la productividad y el bienestar. La otra pregunta qué instituciones y qué relaciones de poder hicieron posible que sus ganancias se extendieran más allá de quienes controlaban inicialmente el capital y la tecnología.

En ese momento dejamos de discutir econometría. Estamos discutiendo dos maneras de entender la economía.

Yo estudié economía en los años noventa. Reconozco la primera porque fue, en buena medida, la economía que aprendí. Los mercados asignan recursos, la apertura permite aprovechar la especialización, la innovación eleva la productividad, buenas instituciones permiten funcionar a los mercados y el crecimiento mejora el bienestar. Buena parte de eso sigue siendo cierto.

El problema es que los treinta años siguientes nos obligaron a hacer más preguntas. La globalización produjo enormes ganancias agregadas, pero también pérdidas concentradas. China creció sin seguir la trayectoria institucional que muchos esperaban. La crisis financiera mostró fragilidades que habíamos subestimado. Desigualdad, concentración y poder de mercado volvieron al centro del debate. Y ahora la inteligencia artificial nos obliga a preguntar no sólo cuánto elevará la productividad, sino qué trabajos sustituirá, cuáles complementará y quién capturará sus beneficios.

La vieja secuencia —mercados, eficiencia, productividad, crecimiento, bienestar— no se volvió falsa. Se volvió insuficiente.

Acemoglu parece haber entendido eso. The Economist, en cambio, parece incómodo con ese movimiento. Cuando Acemoglu propone orientar la inteligencia artificial hacia tecnologías que complementen al trabajo, la revista pregunta quién es exactamente ese “nosotros” que debería decidir la dirección de la tecnología. Es una excelente pregunta. Pero no hace la pregunta simétrica: ¿quién está tomando esa decisión ahora mismo?

La trayectoria actual aparece como un resultado natural del mercado; intentar modificarla, como una intervención que requiere justificación. Ésa no es una posición ideológicamente neutral.

Guardadas todas las proporciones, por eso el artículo de The Economist puede leerse como una pequeña declaración de guerra: la reacción de quienes siguen confiando en las categorías del paradigma con el que terminamos el siglo XX contra quienes intentan incorporar todo lo que hemos aprendido desde entonces.

El problema no es que The Economist tenga una ideología. Todos tenemos un marco para decidir qué preguntas importan. El problema aparece cuando un paradigma se presenta como ausencia de paradigma: crecimiento, eficiencia y productividad como cuestiones propiamente económicas; distribución y poder como preocupaciones políticas añadidas artificialmente al análisis. 

The Economist pregunta por qué Acemoglu es tan reverenciado. No creo que la respuesta sea que siempre haya tenido razón. Su explicación de hace 25 años me parecía históricamente simplista entonces y me lo sigue pareciendo ahora. Tampoco sabemos si tendrá razón sobre la inteligencia artificial.

Su mérito es otro. Acemoglu no pasó 25 años defendiendo las respuestas que encontró al principio de su carrera. Pasó 25 años haciéndose preguntas cada vez más difíciles sobre instituciones, poder, desigualdad y tecnología.

El mundo también se volvió más difícil de explicar durante esos 25 años. Algunos economistas cambiaron con él. Otros siguen buscando las respuestas en los apuntes con los que estudiamos economía en los noventa.

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