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‘¿Cómo podría la IA matarnos a todos?’
Jonathan Ruiz Torre | Parteaguas
Así, tal cual, ése fue el encabezado que apareció ayer por la tarde en el sitio de The Wall Street Journal: “¿Cómo podría la IA matarnos a todos? Qué saber sobre el debate del fin del mundo de la IA”.
¿De verdad nos creen tan estúpidos? Ni que anduviéramos comprando teléfonos de 70 mil pesos.
Pero así es. El periódico de negocios más importante de Manhattan imitó a uno de esos diarios de barrio que recuerdo circulando en la colonia Roma de los ochenta, con un enorme encabezado como éste a todo lo ancho del papel: El Fin del Mundo.
En aquellos tiempos, el miedo se basaba en una guerra nuclear supuestamente inminente. Hoy, en la amenaza de una inteligencia artificial superior que decida acabar con nuestra existencia.
El medio neoyorquino brindó detalles, ante la posible escasez de ideas de ChatGPT: rociar un aerosol bioquímico venenoso sobre las ciudades, mutar a la tía Raquel en una suerte de mascota obediente… convertirnos a todos en clips para papeles.
La discusión sobre un futuro cercano catastrófico partió de la renuncia del investigador de Anthropic Jacob Coxon, quien afirmó que su antiguo empleador y su rival OpenAI están compitiendo por desarrollar tecnologías que “podrían acabar con todos nosotros para finales de la década”.
Como hablan de resultados potenciales, no hay manera de sostener una discusión seria basada en hechos. Todo lo que opinemos se basa en la especulación.
Algunos dirán que los extremistas exageran, que es marketing, pues Anthropic está próxima a lanzar acciones al mercado y, paradójicamente, la posibilidad de que se perciba su poder para cancelar nuestro destino puede hacerla más apetitosa para quienes quieren un pedazo del “arma” más poderosa. No abundaré en esa discusión que, por ahora, carece de final.
Voy a centrarme mejor en la oferta de esa compañía que nos hizo dependientes de un objeto prescindible.
Apple ofrece el nuevo iPhone Duo más equipado a cambio de 77,999 pesos. No recuerdo cuánto me costó mi primer coche, pero creo que hoy sí me estaría comprando el equivalente a un viejo vocho por ese precio.
¿Qué me da el iPhone a cambio de esas 224 horas de trabajo de un mexicano promedio?
Un cable blanco, un nuevo chip, una pantalla más grande y, la clave: “Controles para liberar la belleza”. Como si todos la tuviéramos atrapada en algún sitio. De haber sabido.
“Ahora puedes personalizar la textura y el grano para suavizar los detalles de la piel o lograr un look de film fotográfico, sin perder la esencia de la foto original”. Estamos, pues, tentados a comprar un mejor Instagram.
Quien quiera y pueda hacer el gasto, que lo haga. No es de mi incumbencia.
Personalmente, creo que puedo conseguir algo muy similar por menos de la mitad de ese precio. Incluso podría comprar ese mismo aparato por 3,199 dólares, unos 54 mil pesos, pidiéndoselo a ese paisano que todos tenemos en Texas o California, y ahorrarme 24 mil pesos a cambio de usar mi paciencia mientras llega.
Ojo: ese precio no es necesariamente un capricho de los guardianes del legado de Steve Jobs.
El peso de la memoria que contiene cada iPhone se elevó de 10 por ciento a casi la mitad del precio del producto, porque ahora los teléfonos pelean contra los poderosos centros de datos por esos insumos.
En cualquier caso, el uso de la razón debería llevarnos a todos al mercado de los usados, a comprar teléfonos de generaciones recientes —un iPhone 15 o 16— que resuelvan, de una manera ligeramente inferior, los problemas que realmente resuelve ese dispositivo: teléfono, cámara, correo y entretenimiento. Vaya, nada que te salve en una isla desierta.
Concederle un valor mayor a ese producto equivale a compararlo con el drenaje, el agua potable, la electricidad o el transporte aéreo.
Hacerlo supondría que ya nos hackearon el cerebro. Y entonces sí, la IA nos amenaza.