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EL FUTURO BAJO FUEGO

OpiniónEl Economista

En el corazón de la Ciudad de México, donde la vida fluye con el bullicio de quienes sueñan con una mañana mejor, resulta difícil imaginar el silencio que dejan las aulas vacías en Ucrania. No están vacías por vacaciones, sino porque han sido reducidas a escombros por misiles rusos, o porque los niños que debían ocuparlas ya no están entre nosotros.

Escribo estas líneas con un nudo en la garganta, no solo como diplomático, sino como padre y ciudadano de una nación que hoy lucha por su derecho a existir. Al cumplirse cuatro años de la invasión a gran escala, las cifras son un grito de auxilio que el mundo no puede ignorar: más de 770 niños ucranianos han sido asesinados y miles han resultado heridos en ataques deliberados contra zonas residenciales, hospitales y escuelas.

La crueldad de esta guerra se resume en historias que desgarran el alma. El pasado 28 de marzo, en la región de Sumy, las fuerzas rusas bombardearon una zona residencial en el distrito de Shostka. En medio del estruendo y el fuego, Dasha Serhiienko, una joven de 20 años y estudiante del Colegio Médico, realizó el acto de autosacrificio más extremo: interpuso su propio cuerpo para salvaguardar la vida de su hermana pequeña, Yevheniia, de tan solo seis años.

Dasha falleció durante el ataque, convirtiéndose en el símbolo máximo de la abnegación. Sin embargo, la tragedia no terminó allí. A pesar de los esfuerzos sobrehumanos de los médicos y del escudo humano que su hermana le brindó, la pequeña Yevheniia no pudo resistir la gravedad de sus heridas y falleció pocos días después en el hospital. En un solo ataque, una familia fue destruida; los padres heridos hoy lloran la ausencia de sus dos hijas. Este no es un dato estadístico, es el retrato de un terrorismo de Estado que busca segar el futuro de nuestra niñez y juventud.

Lo que estamos presenciando no son "errores colaterales". Rusia ha convertido a la infancia ucraniana en un objetivo militar. Cada misil Iskander que impacta un edificio o cada bomba guiada que cae sobre una vivienda busca un solo objetivo: quebrar el espíritu de nuestro pueblo al arrebatarnos lo más sagrado.

La ONU ha sido clara: el traslado forzoso de miles de niños ucranianos hacia territorio ruso constituye un crimen contra la humanidad. Estos niños son arrancados de sus hogares y privados de su identidad. Es, en esencia, un intento de genocidio moderno que busca borrar a Ucrania desde su raíz.

En México, un país que valora profundamente la familia, la solidaridad ha sido palpable. Sin embargo, no podemos permitir que la distancia se convierta en indiferencia. El silencio ante el asesinato de niñas como Dasha y Yevheniia es el combustible que alimenta la impunidad en Moscú.

Ucrania exige que los perpetradores rindan cuentas ante la Corte Penal Internacional. La comunidad internacional debe detener este terror y garantizar una plena rendición de cuentas por cada vida sacrificada.

A pesar del horror, Ucrania resiste. Nuestros niños son el testimonio de nuestra resiliencia, pero no deberían tener que ser héroes; deberían simplemente tener permitido crecer. Hago un llamado a la sociedad mexicana para que sigan alzando la voz. No permitan que el mundo se acostumbre a estas atrocidades. Cada vida infantil apagada es una derrota para la humanidad entera.

Ucrania seguirá luchando por cada centímetro de su tierra y por la memoria de quienes, como Dasha, dieron todo por proteger lo que más amaban.

* El autor es embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Ucrania en los Estados Unidos Mexicanos.

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