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Por qué la economía mexicana no puede detenerse
La economía responde a las reglas más simples de las matemáticas. Si la población crece y el PIB se mantiene estancado, la rebanada del pastel productivo para cada mexicano es cada vez más pequeña.
Enrique Campos Suárez | La gran depresión
Estamos en el camino de una década perdida porque “la cantaleta del crecimiento” nos da un dato contundente: la tasa de crecimiento anual compuesto de México entre el cierre del 2018 y el 2025 se ubica en torno a 0.8% anual.
Y si la Cuarta Transformación justifica que evitó la expansión económica por cuestiones ecológicas –porque una corriente de pensamiento dice que no necesariamente debemos seguir creciendo por la huella ambiental– va a ser muy difícil que explique por qué construyó una refinería sobre los pantanos de Tabasco; por qué devastó la Selva Maya para poner las vías de un tren que nunca tuvo un dictamen de impacto ambiental; o por qué canceló proyectos de aerogeneración (porque afeaban el paisaje) para permitir el uso masivo de carbón y combustóleo.
Es muy difícil echarle la culpa al pasado neoliberal de la desaceleración económica, porque resulta que en esos tiempos la economía crecía al doble o más de los porcentajes actuales; entonces, lo más sencillo es desacreditar las métricas que miden el avance. La cercanía de los tiempos electorales y la caída en los márgenes de aprobación radicalizan el discurso, y es cuando nos encontramos con esos argumentos de que el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) es una meta superflua y alejada del bienestar social.
El llamado a resignarse a no crecer, bajo el pretexto de que es una cantaleta de la derecha, no es un acto de vanguardia ideológica; es la justificación de la continuidad de una política pública que ha sido incapaz de generar condiciones para el desarrollo.
En esta ocasión, el mundo de “los otros datos” optó por citar al rector de la UNAM, Leonardo Lomelí Vanegas, en una cita tergiversada y enredada, como si este académico sugiriera que no se puede seguir creciendo porque el impacto ambiental sería muy grande. Hasta hoy, el debate económico y académico no ha postulado que el crecimiento sea innecesario; lo que sostiene es que el crecimiento por sí solo no basta si destruye el medio ambiente y si no se traduce en salud, educación y equidad. Confundir la premisa de que “el crecimiento no es suficiente” con la falacia de que “el crecimiento no importa” es una manipulación.
Cuando un Estado paternalista adoctrina a sus beneficiarios con ese tipo de pensamiento, puede ser difícil llevar la contra de esa retórica porque, al final, la dádiva viene con los colores del régimen. Pero la economía responde a las reglas más simples de las matemáticas. Si la población crece y el PIB se mantiene estancado, la rebanada del pastel productivo para cada mexicano se vuelve cada vez más pequeña. Las transferencias directas sin respaldo en la creación de riqueza tienen un límite que ya estamos alcanzando: más deuda y un sacrificio cada vez mayor de la calidad de la inversión pública.
Llevar al ámbito personal de millones de personas ese “no necesariamente debemos seguir creciendo” puede traducirse en un llamado a no necesariamente seguir esforzándose, estudiando o trabajando, porque al final, podemos dañar al medio ambiente.
La fuerza de esas palabras no puede ser la respuesta a la incapacidad pública para impulsar la inversión, la formalidad laboral y la innovación. México merece una visión de prosperidad, no la resignación a la mediocridad.