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Opinión

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El fin de los dos amores comerciales

Si México quiere conservar el acceso preferencial que le permite el T-MEC, debe construir un muro efectivo a la proveeduría asiática y dejar de ser sólo un puente de paso con esa región.

Enrique Campos Suárez | La gran depresión  

Dice un refrán africano que cuando los elefantes pelean, el que sufre es el pasto. Bien, pues México está justamente debajo de las enormes patas de esos dos gigantes comerciales que ahora se amenazan.

La advertencia lanzada por China ante la nueva embestida arancelaria de Donald Trump contra más de 60 países deja ver la paradoja del mundo actual: ante el proteccionismo estadounidense, Pekín responde que “las guerras comerciales no benefician a nadie”.

Ahora, el objetivo de la Casa Blanca no es realmente equilibrar su balanza de pagos ni proteger los empleos locales; lo que persigue Trump con su ofensiva arancelaria global es reconfigurar la hegemonía geopolítica mediante el aislamiento de la maquinaria exportadora china.

Si China habla de “guerra comercial”, hay que escuchar con cuidado esas palabras, porque lo que adelanta el régimen asiático es que no se quedará con los brazos cruzados, y eso tiene un impacto global. En el caso de México hay una afectación directa dentro de esa ambigüedad en la que ha pretendido jugar con las dos economías.

Y ahí están los datos. Más allá de la simbiosis comercial con Norteamérica, México tiene a China como su segundo proveedor de mercancías, con un récord de importaciones el año pasado de 133,240 millones de dólares.

Y, más allá de las fotos cordiales en Palacio Nacional, uno de los mensajes más poderosos de la Oficina del Representante Comercial de la Casa Blanca (USTR) a México es que hay que disminuir esa proveeduría asiática, porque una buena parte se cuela a Estados Unidos. Y cuando los términos ya son de guerra comercial habrá poco espacio para la plácida neutralidad comercial nacional.

China es el mayor dilema de la política comercial mexicana, porque, en su papel de proveedor global de bienes intermedios y de capital, ha encontrado en este país una evidente forma de triangulación de componentes automotrices y electrónicos que terminan en el mercado de aquel país al que le endereza la frase de “guerra comercial”.

La delegación estadounidense se lo ha dejado claro a su contraparte mexicana: no más puerta trasera para el trasbordo de bienes o la triangulación de capitales chinos que buscan eludir los gravámenes de la Sección 301 del Trade Act de aquel país. La advertencia, aun antes de este incremento de las tensiones bilaterales de los gigantes comerciales, es que si México quiere conservar el acceso preferencial que le permite el T-MEC, debe construir un muro efectivo a la proveeduría asiática y dejar de funcionar como un puente de paso con esa región.

China no es el mejor ejemplo de equidad comercial; la cantidad de barreras que impone a las importaciones lo hace causante de muchas de las reacciones que ahora tiene Washington. Pero, ciertamente, hoy gana en la narrativa de presentarse como un defensor del libre comercio que hoy rechaza Estados Unidos.

Como sea, la prioridad para México, atrapado entre estas dos potencias, es salvaguardar la supervivencia del T-MEC y el acceso preferente al mercado estadounidense. Este país no tiene que elegir un bando, porque ya lo escogió; tiene que dejar de jugar a los dos amores comerciales lo antes posible.

Si México quiere conservar el acceso preferencial que le permite el T-MEC, debe construir un muro efectivo a la proveeduría asiática y dejar de ser sólo un puente de paso con esa región.

ecampos@eleconomista.mx

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Su trayectoria profesional ha estado dedicada a diferentes medios. Actualmente es columnista del diario El Economista y conductor de noticieros en Televisa. Es titular del espacio noticioso de las 14 horas en Foro TV.

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