Lectura 4:00 min
La desconfianza del mercado a ocho años
Enrique Campos Suárez | La gran depresión
La más reciente Encuesta sobre las Expectativas de los Especialistas del Sector Privado del Banco de México deja ver que, si las condiciones del mercado provocan un incremento fuerte y repentino en el tipo de cambio, el ajuste en la expectativa debe darse en esa misma proporción. Sin embargo, cuando la estimación es a mediano plazo y con base en las condiciones de la propia economía, vale la pena prestar atención a datos tan reveladores y preocupantes como las proyecciones de inflación general que hacen estos expertos en el horizonte de cinco a ocho años.
Los analistas consultados por el propio Banxico mantienen sistemáticamente anclada la inflación general por encima del objetivo de 3.0% y no prevén que pueda converger a dicha meta ni siquiera en un lapso de ocho años. Esto representa, evidentemente, un duro mensaje de desconfianza de los mercados hacia la meta oficial, el cual choca con la retórica de una mayoría de integrantes de la Junta de Gobierno que parece echar las campanas al vuelo con los resultados actuales.
Mientras, aquí planean seguir con sus bajas en la tasa de interés de referencia, en el mundo hay urgencia por anclar y controlar las expectativas de inflación, las cuales responden a una descomposición evidente: presiones salariales persistentes, encarecimiento de insumos, costos energéticos descontrolados y una persistente incertidumbre geopolítica.
Por su parte, las principales economías del G20 reaccionan a este entorno global con extrema cautela y sesgos restrictivos firmes para evitar un rebote, en México parece instalarse una complacencia peligrosa de cara a la decisión de política monetaria de este jueves. A reserva de un giro en sus discursos, lo que priva como narrativa de una mayoría de tres de cinco integrantes de la Junta de Gobierno es la promoción de una postura menos restrictiva, bajo el argumento de la debilidad de la economía y minimizando las presiones evidentes en la inflación como impactos “transitorios”.
No solo se trata de dejar sin cambios la tasa de interés esta semana, sino de evitar el envío de señales prematuras de triunfo que ignoren los riesgos estructurales; de evitar que parezca que hay más interés en los asuntos presupuestarios que en los monetarios, y de no ignorar que vulnerar la paridad cambiaria con esos mensajes acaba por retroalimentar la inflación en una economía tan altamente interconectada con el exterior.
Es una perversión que quede la impresión de que esa mayoría del Banxico intercambia un bálsamo para la salud fiscal -mediante una tasa de interés más baja- a cambio de una ayuda al control inflacionario vía el “doping” que suponen los multimillonarios estímulos aplicados al IEPS de las gasolinas y el diésel; la propia Secretaría de Hacienda presume dónde estaría la inflación si no fuera por su intervención tributaria.
Evaluar las tasas con datos anestesiados por subsidios genera un espejismo de control. Más allá de preguntarse qué podría pasar cuando la estrechez en las finanzas públicas obligue a retirar este escudo fiscal, queda en los mercados la impresión de que esta colaboración al alimón diluye la línea de la autonomía monetaria.
Banxico no puede construir política monetaria sobre cimientos fiscales prestados ni poner en juego su mermada credibilidad.
Analistas consultados por Banxico mantienen sistemáticamente anclada la inflación general por encima del objetivo de 3.0% y no prevén que pueda converger a dicha meta ni siquiera en un lapso de ocho años.