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¿Una derrota de Trump ayudaría a México?

OpiniónEl Economista

En México y en Estados Unidos varios sectores tienen la esperanza de que las elecciones en nuestro vecino del norte cambien para bien el escenario para el mundo y nuestro país. Esta ilusión se nutre de la baja popularidad de Trump y sus errores, que han desembocado en tensiones globales e inflación para los consumidores estadounidenses. Pero tal vez lo que obtengamos a cambio sea una situación inédita: un enfrentamiento entre el Ejecutivo y el Legislativo y el debilitamiento de una democracia ya mermada en nuestro vecino del norte.

Un triunfo demócrata en la Cámara de Representantes y el Senado en las elecciones intermedias podría activar una crisis constitucional latente centrada en los límites del poder presidencial y la fiscalización legislativa. Trump ha demostrado su inclinación hacia el uso intensivo de la autoridad ejecutiva unilateral. Una muestra de ello ocurrió cuando el Capitolio aprobó de forma bipartidista una resolución para retirar las fuerzas armadas de las hostilidades con Irán, orden que el Pentágono ignoró bajo la justificación del mando presidencial directo.

Supongamos que, ante la rebeldía de Trump, un Congreso demócrata utilizara el poder del dinero para frenar políticas clave. Podría darse el riesgo de un bloqueo institucional si la Casa Blanca instruye a sus agencias a ignorar las leyes del Congreso o las solicitudes de supervisión. Con esto, se entraría en un terreno de desobediencia administrativa que desgastaría la gobernabilidad ordinaria. Habría una serie de investigaciones ordenadas por los demócratas acerca de temas como los archivos Epstein o el beneficio logrado por el presidente aprovechando su puesto.

Es conveniente recordar que un reciente fallo de la Corte Suprema en Trump v. United States otorgó una amplia inmunidad penal a los presidentes por actos oficiales. Varios expertos subrayan que esto elimina barreras tradicionales contra abusos del ejecutivo. Hay otro recurso del hombre naranja: apelar a la retórica del mandato popular, es decir, el presidente lo es por un mandato del pueblo. ¿Nos suena conocido este argumento? Esto podría escalar el conflicto de una disputa técnica a una crisis de legitimidad del propio sistema.

La mayoría de los analistas argumentan que el marco institucional estadounidense es lo suficientemente fuerte para evitar un colapso del sistema, pero anticipan un periodo de parálisis severa y polarización extrema. En lugar de una ruptura abrupta de la democracia, el escenario más probable es un prolongado litigio en los tribunales y batallas presupuestales que pondrán a prueba la resistencia de los contrapesos constitucionales de los Estados Unidos.

Sin embargo, hay que recordar que existen varios autores que han señalado que el diseño institucional estadounidense podría ser frágil ante un líder con rasgos autoritarios, como Trump. Un autor ya clásico es el historiador Arthur M. Schlesinger Jr. en su libro La presidencia imperial, de 1973. Escrito al calor del escándalo de Watergate y la Guerra de Vietnam, Schlesinger señala que la separación de poderes funciona en tiempos de paz, pero en tiempos de crisis, el Ejecutivo tiende a absorber las facultades del Legislativo y el Judicial. Schlesinger no está solo, hay otros autores como Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro Cómo mueren las democracias, 2018, entre otros.

Para México, un cambio de control legislativo en el Congreso estadounidense modificaría la forma, pero mantendría intactas las demandas estructurales, las presiones comerciales y las prioridades de seguridad hacia México (el fondo). En lo comercial, se pasaría de la amenaza unilateral de aranceles a una hiperfiscalización técnica y legalista de los demócratas. El uso de paneles de disputa del T-MEC se intensificaría para presionar en materia laboral, reglas de origen automotriz y el rechazo estructural a la inversión o componentes provenientes de China.

En seguridad no habría cambios sustantivos. El cambio de dominio en el Capitolio no mitigaría las bravatas trumpianas contra nuestro país: amagos de intervenciones militares directas o la designación de carteles como terroristas. Los demócratas estarían de acuerdo en lo esencial con la Casa Blanca. En lo que toca a la migración, se frenaría el financiamiento al muro y al ICE, lo que daría cierto respiro a las comunidades de migrantes indocumentados, pero Trump ha logrado convencer a gran parte de la ciudadanía de que los migrantes representan un peligro, incluso a muchos que no votarán por los republicanos. Creo que, a estas alturas, los demócratas también quieren que México actúe como el muro real de contención migrante. Necesitan evitar crisis fronterizas por el costo político interno que representa.

Recordemos a Il Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. El cambio para México sería, pues, de forma y no de fondo.

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