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Los patrones que te hacen tomar malas decisiones de dinero

Joan Lanzagorta | Patrimonio
Dicen que las decisiones de dinero se deben tomar con la cabeza y no con el corazón. Aunque suena muy sensato, es imposible dejar las emociones de lado. Siempre hay miedos, creencias y sesgos que influyen.
Todas nuestras decisiones, en todos los aspectos de la vida, incluido el financiero, contienen algo de emoción. Y muchas veces eso es bueno. Por ejemplo: el miedo a llegar a la vejez sin dinero es lo que lleva a muchas personas a empezar a ahorrar. El cariño por los hijos es lo que hace que alguien contrate un seguro de vida. Sin emoción, muchas de esas decisiones ni siquiera las tomaríamos, porque nos faltaría ese motivo.
Pero las emociones también nos llevan con frecuencia a tomar malas decisiones de dinero. Esas decisiones, por lo general, siguen alguno de estos cuatro patrones. 1. Comprar para sentirte mejor
A veces compras algo porque estás triste, enojado o estresado. Tuviste un mal día en la oficina, discutiste con tu pareja o simplemente estás aburrido un domingo en la tarde, y con esa sensación abres una app, llenas el carrito y finalizas la compra. O te vas al centro comercial y sales con unos zapatos o un accesorio que no habías contemplado.
La emoción es pasajera. Pero la compra y el cargo a la tarjeta permanecen. Cuando te das cuenta de ello y te cuestionas, lo más probable es que no lo relaciones con cómo te sentías ese día. Posiblemente ni lo recuerdas. En cambio, te vas a dar una explicación perfectamente razonable: estaba en oferta, lo necesitaba, me lo merecía.
Por eso sirve de poco decir que las decisiones de dinero hay que tomarlas con la cabeza: la emoción ya influyó en la compra y ni siquiera te diste cuenta.
Comprarte algo de vez en cuando, que te haga sentir mejor, no tiene nada de malo. Un gusto pequeño, que puedes pagar, te ayuda a levantar el ánimo, y no tiene una gran consecuencia. Pero si se convierte en una forma habitual de lidiar con lo que sientes, puede volverse un enorme problema. Lo he visto muchas veces. 2. Compararte con los demás
Detrás de muchas compras hay otra emoción: la de pertenecer a un grupo o a una clase social y no querer quedarte atrás de los demás.
Cuando alguien cercano estrena coche, se compra la pantalla plana más grande o el celular que se dobla, es común sentir que tú también tienes que hacerlo. Aunque no te alcance.
Así es como muchas personas se endeudan: comprando cosas que los demás puedan ver. Las redes sociales lo hacen todavía más fácil, porque ahora te comparas también con personas que ni conoces. Ellas te muestran solo lo que te quieren enseñar: las cosas que tienen o su éxito. Pero no su verdadera situación financiera. Por eso parece que a todos les va mejor que a ti. 3. Comprar por miedo a perder la oportunidad
Esa emoción se explota mucho en el marketing: "Últimas piezas", "la oferta termina hoy", "quedan dos horas" y hasta te ponen un contador. Todos esos mensajes están pensados para que decidas rápido y compres por impulso, sin pensar. Funcionan, porque a nadie le gusta sentir que dejó pasar una buena oportunidad. Psicología aplicada.
De esta manera, compras cosas que no tenías planeadas, o las compras sin comparar precios, para no perder esa ventana de oportunidad, que muchas veces es ficticia.
Usualmente lo combinan con otras técnicas. Por ejemplo: si además te ofrecen pagarlo a meses sin intereses, tu cerebro se fija solo en lo que vas a pagar cada mes, que parece pequeño, y no en el precio total, que pasa a segundo plano.
Pero recuerda: un descuento en algo que no necesitabas o que no tenías contemplado sigue siendo un gasto que te puede causar un desequilibrio financiero en los siguientes meses. 4. Vender tus inversiones por miedo cuando el mercado cae
Las emociones también influyen en lo que haces con tus inversiones. Los mercados financieros son volátiles por naturaleza. Y en ocasiones tienen caídas muy bruscas. Cuando eso sucede, la gente siente emociones muy profundas e incluso irracionales.
La primera reacción suele ser esperar, pensando que pronto la situación volverá a cambiar. Pero una pérdida duele mucho más de lo que alegra una ganancia del mismo tamaño. Por eso mucha gente vende justo en el peor momento, cuando los precios están más bajos. Así, una caída que podía ser temporal se convierte en una pérdida real, porque quien vendió ya no tiene la inversión si los precios vuelven a subir. Lo mismo pasa en sentido opuesto: cuando una inversión ya subió mucho, muchas personas compran para no quedarse fuera, justo cuando los precios están más altos.

