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La cultura de la masculinidad en La Pasión de Iztapalapa
Opinión
En la reflexión de cómo se construye la cultura de la violencia en el rol de la masculinidad, me entretiene mucho observar no cuando los hombres construyen una masculinidad violenta sino la suma de acontecimientos y decisiones que hacen que se tomen otros caminos, otras masculinidades. Por eso llama la atención la elección de narrar así, en medio del barrio y ante la multitud, formas de lo masculino que mediante la lucha por la justicia y la expiación, eligen caminos menos violentos de ser hombre.
La Pasión de Iztapalapa es una representación cultural, popular y religiosa que se lleva a cabo anualmente durante la Semana Santa en la zona de los ocho barrios de Iztapalapa, en la Ciudad de México.Desde este año, ya tiene el reconocimiento de Patrimonio Cultural de la UNESCO. Mas allá del hecho cultural que toda persona debiera testificar por lo menos una vez en la vida porque es impresionante, permítanme esbozar un par de reflexiones sobre la masculinidad, basadas únicamente en mi observación personal. Es decir, lo mío no es académico.
La Pasión es una representación teatral, en el sentido de que se elige un elenco que sigue un determinado guión durante una semana y el gran escenario son las calles de los ocho barrios. Sin embargo la ficción como tal ocurre y deja de ocurrir todo el tiempo. Es perfectamente factible que un general romano, inmediatamente después de hacer su escena, reciba una bolsa de plástico con comida que le manda su esposa para la larga jornada. Es decir, la ficción no es estricta. La vida cotidiana no se interrumpe con la narración y la narración no se interrumpe con la vida cotidiana. El espectáculo combina elementos de dramatización, música, y danza, lo que la convierte en un espectáculo visual y emocional. Pero también es acompañado por personas, mayoritariamente hombres, que hacen su penitencia cargando su cruz desde la base hasta la punta del cerro donde ocurrirá la escena de la crucifixión. Los nazarenos, que son estos personajes, también forman parte de la escena cumbre, pero la cruz que cargan y el dolor con el que se purifican, no son de utilería. Es decir, la representación se junta con el ritual.
Hay cruces de todo tamaño y peso. Los nazarenos van subiendo con mucho esfuerzo y a veces tienen fotografías o letreros pegados en sus cruces. Hacen este sacrificio por alguna promesa, expiando alguna culpa o por algún compromiso. Casi siempre están acompañados por otro hombre quien les va animando, dando agua, ayudando a detenerse de pronto. Hay quienes comienzan muy temprano dado que no saben qué tanto tiempo les va a tomar el gran esfuerzo que llevan a cuestas. Casi todos son hombres y llegan a ser alrededor de diez mil. Ya para la tarde, cuando Jesús es muerto en la cruz, ellos se unen a la ficción y levantan sus cruces.
La entrega y el estoicismo de los nazarenos llama la atención por el auto control, pero también por la entrega a un rol que no es necesario para que la historia ocurra, pero es necesario para que la persona transite por sus propios demonios e infiernos y resuelva sus conflictos ¿Qué hace que sean principalmente hombres quienes eligen esta forma de participar y expiar? Qué hace que elijan una heroicidad sacrificial y estóica, que por cierto, no es una heroicidad que se construye a partir de la destrucción de otros, al contrario.