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Celebrar sin olvidar; criticar sin amargura

OpiniónEl Economista

El tercer triunfo al hilo de la selección mexicana de futbol en este mundial infame dio lugar a toda suerte de reacciones y, por supuesto, interpretaciones. La mayoría de dichas reacciones fueron de júbilo, incluso de personas que normalmente no ven este juego y no están enterados de nada de lo que pasa en ese mundo. Tengo amigos inteligentes que son afectos al juego del balompié que estaban felices. Los análisis no se hicieron esperar: “somo un país tan jodido que tenemos que aferrarnos a estos triunfos”, “claro que celebran en este país de ignorantes”, “el futbol no es nada importante”, “el gobierno usa el juego como distractor”.

Por casualidad, escuché la siguiente frase: “El fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes”. En principio no sabía quién la había dicho, pero se le atribuye a Jorge Valdano. En mi ignorancia futbolera, tuve que recurrir a Wikipedia para averiguar que: “…es un exfutbolista, exentrenador, comentarista y conferenciante argentino. Campeón de la Copa Mundial de la FIFA con Argentina en México 1986”. Una persona que sabe de lo que habla con la que estoy de acuerdo. Pero también debo decir que el futbol no es un juego de ignorantes; para los aficionados y apasionados es una magia que los embruja y les causa un profundo fervor por una camiseta y sus colores. Les llena de emociones y a veces, cuando su equipo pierde, de frustraciones. Respeto a las personas aficionadas al juego y a los villamelones que de vez en cuando se asoman a él. Por cierto, nadie sabe un carajo acerca de las razones que llevan a los aficionados a celebrar. La alegría no necesita permiso.

El mundial es infame, pero no por los devotos al balompié, sino por la FIFA, Trump y los gobiernos. No creo que nadie olvide sus problemas personales y los del país por los triunfos y las celebraciones. Tal vez, incluso, los aborde con una mejor actitud. Lo bueno de las cortinas de humo es que tienden a disiparse con el aire y vaya si está haciendo viento en México y el Mundo. Como es evidente, no soy afecto al futbol. Nunca lo fui y debo confesar que no he visto ninguno de los partidos, de ninguna selección, pero asisto asombrado a las pasiones que despierta el jogo bonito, como le decía Pelé (a quien sí reconozco).

En paralelo a lo que se jugaba en el Estadio Azteca-Banorte-Ciudad de México, en otro rumbo del planeta, en Venezuela, se vivía una situación espantosa porque dos terremotos, una hora antes de que empezara el partido México-Chequia, habían azotado una amplia región del país. De nuevo las imágenes conocidas por las y los mexicanos(as): edificios derrumbados, otros a punto de caer, muertos y heridos. Algún medio pronosticó que al final del recuento probablemente las víctimas ascenderían a 10 mil. Ojalá se equivoque, pero tal vez nunca lo sabremos porque los gobiernos dictatoriales suelen esconder las cifras intentando esconder la realidad.

Me llama la atención la tibieza de la presidenta Sheinbaum para anunciar el envío de personal de la SEDENA a Venezuela en contraste con la emoción que le imprime al anuncio de ayuda humanitaria a Cuba. Tal vez si todavía estuviera Maduro en el gobierno sería vehemente.

En Venezuela llueve sobre mojado, es un país asolado por una dictadura feroz que ha empobrecido esa nación y obligado a más de un cuarto de su población a salir al mundo a buscarse la vida. Y ahora suceden los terremotos. Los días nos traerán noticias, la mayoría tristes. Me asomo a las redes sociales y veo multitud de mensajes de la diáspora tratando de saber cómo están sus familiares y amigos que se quedaron en la patria. 

El mundo y sus complejidades nos muestra un país feliz por un triunfo deportivo y otro país desgarrado por la tragedia. Ambas cosas son reales, pero tienen dimensiones distintas. Celebrar una no significa no lamentar la otra. Hay muchas otras naciones donde la vida es sinónimo de lucha y tragedia, pero en un rincón cabe la alegría que no debe ser indiferencia.

En México, afuera de los estadios los familiares de los desaparecidos exigen ayuda para encontrar a los suyos, quieren saber dónde quedaron, pero también piden que ya no pase esto más, que las hijas y los hijos regresen a casa de las escuelas, que no sean levantados por el crimen organizado. Ahora enfrentan una campaña que los acusa de recibir financiamiento y trata de desprestigiarlos. Un gobierno que no los ve ni los oye.

No, la alegría no nos hace olvidar ese México doloroso y duro. En lo personal, trato de criticar sin amargura ni odio. Podemos terminar convertidos en lo que detestamos. También respeto la alegría y la celebración sin olvidar.

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