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¿Por qué Bimbo no saca su “Nespresso”?
Jonathan Ruiz Torre | Parteaguas
Aquí puede haber otra razón por la cual México no logra convertirse en un país próspero.
Hace unos 10 años, durante una comida, un directivo de Bimbo me platicaba que la empresa tenía la intención de innovar, de diseñar nuevos productos que le abrieran nuevas rutas de crecimiento.
En esos días, la máquina Nespresso, de Nestlé, cumplía casi 10 años en México. El ejecutivo la utilizó como referencia para explicarme que la empresa panadera buscaba desarrollar algún modelo para producir pan de manera instantánea en casa.
Estamos en 2026 y eso no ha ocurrido.
Este año, los directivos de Bimbo dicen que la empresa batalla contra la inflación y, lejos de presentar un modelo de crecimiento ambicioso, acaban de reducir sus expectativas.
Anunciaron una disminución cercana al 20 por ciento en las inversiones estimadas para este año.
Bimbo también ha dejado de hablar del negocio de sus camiones eléctricos Vekstar, que hace un lustro prometían una ruta interesante. De acuerdo con lo que me dijo otro directivo de la compañía hace un par de años, ese negocio llegó a tener una relevancia comparable con la de Barcel, su división de botanas.
Bimbo, con ventas estancadas en cifras cercanas al equivalente a 23 mil millones de dólares desde 2023, parece hacer pan con lo mismo.
El valor de las acciones de la compañía ha bajado aproximadamente 40 por ciento desde entonces. Y estamos hablando de “la panadería de México”, porque, reconozcámoslo, no tiene competencia real.
Los países que apuestan por la economía de mercado necesitan empresas fuertes. Y las empresas fuertes se sostienen sobre una visión, algunas veces incluso apoyada principalmente en una historia.
Ahí está Tesla, cuyos ingresos dependen aproximadamente en 70 por ciento de la venta de automóviles, un negocio que se ha vuelto casi tan poco innovador como el pan.
Pero, a la hora de presentar resultados, su líder, Elon Musk, habla más bien del Robotaxi, de la inteligencia artificial o de Optimus, el humanoide que, en teoría, pronto va a limpiarnos la sala, aunque por ahora nada de eso mueva realmente la aguja del negocio.
Gracias a esa narrativa, Musk obtuvo capital para nuevas aventuras. Sacó al mercado a SpaceX, una empresa que refleja cómo, al final, a quienes controlan grandes fondos de capital les gustan tanto los cuentos bien contados como una hoja de cálculo relativamente ordenada.
Perdonen el ejemplo extremo, pero resulta útil para reflejar un problema nacional:
Los mexicanos, junto con sus empresas, son poco proclives al riesgo y, como consecuencia, también a la inversión. Es un lastre que, en menor grado, también cargan las empresas europeas.
En realidad, son Estados Unidos, mediante el capital privado, y China, mediante el capital del Estado, las naciones que invierten en las aventuras que dan potencia a sus economías.
Lo que reveló el INEGI esta semana es una tristeza: acumulamos ya 158 meses consecutivos de pesimismo, durante los cuales la mayoría ha considerado que no es un buen momento para invertir en la manufactura en México. La última opinión positiva data de junio de 2013.
El problema comenzó durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, cuando “no se daban cuenta de que no se daban cuenta” de que el Estado perdía el control de la seguridad y de que se desvanecía la motivación para invertir en la economía.
Andrés Manuel López Obrador continuó ese deterioro al mostrar desprecio por emprendedores y empresarios. Y, de acuerdo con la institución encargada de las estadísticas nacionales, la presidenta Claudia Sheinbaum no ha logrado provocar una percepción distinta entre los inversionistas, pese a su Plan México. El gobierno no provoca y las empresas no arriesgan.
Por el camino que llevamos, hasta Walmart batalla para vender, de acuerdo con los resultados que sus directivos reportaron para Bodega Aurrerá. Ni siquiera Mamá Lucha ha impedido que sus clientes migren hacia las compras del día a día en tiendas de conveniencia.
Y Bimbo, pese a todo su poder de mercado, no es capaz de recurrir a una verdadera innovación para cambiar el rumbo de una organización que, en lo fundamental, sigue haciendo lo mismo que hacía hace décadas.
Con ello les niega a su gente y a México la posibilidad de observar un nuevo tipo de prosperidad, surgida de este y de otros grandes corporativos.